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367 Días Con Invierno

367 Días Con Invierno

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Batalla por el trono / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Romance / Romance paranormal
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.

NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap 15

Narrado por: Aura

El Velo de la Niebla Blanca no era simplemente clima. Era un muro sólido de ceguera.

Apenas di tres pasos fuera del patio de armas, el mundo desapareció. El blanco absoluto lo devoró todo. No había cielo, no había suelo, no había Fortaleza a mis espaldas. Solo el sonido de la ventisca aullando y el crujido de mis propias botas sobre la nieve virgen.

—¡No te separes! —rugió la voz de Caelum a mi derecha.

Giré la cabeza. Apenas podía distinguir la silueta de su capa negra a un metro de distancia. La lanza de hielo en su mano emitía un fulgor azul opaco que luchaba por penetrar la densidad del ambiente.

—¡No veo nada! —grité, apretando la empuñadura de Deshielo con ambas manos. El calor esmeralda de mi espada creaba una burbuja de aire limpio de medio metro a mi alrededor, pero más allá de eso, la niebla parecía retroceder y avanzar como un depredador respirando—. ¡Caelum, la niebla se está cerrando detrás de nosotros!

—¡Mantén el paso! —ordenó el Dios del Invierno—. ¡Los gólems están adelante, formando la línea de choque! ¡Sigue mi voz!

Di un paso hacia él. Luego otro.

De repente, el viento cambió de dirección. Un olor dulzón, a tierra húmeda y polen podrido, barrió la nieve.

Una ráfaga de viento verde, antinatural y espesa, nos golpeó por el flanco izquierdo. El impacto físico me tiró al suelo. Caí de rodillas, usando a Deshielo como bastón para no morder la nieve.

—¡Emboscada mágica! —bramó Caelum en algún lugar a mi derecha—. ¡Rompan filas!

Me puse en pie de un salto.

—¡Caelum! —grité, agitando mi espada. El fuego verde cortó la niebla, pero el rastro azul de su lanza había desaparecido.

—¡Aura, retrocede hacia las rocas! —su voz sonó distorsionada, como si viniera de debajo de la nieve, o tal vez de las copas invisibles de los pinos.

Corrí hacia donde creía que había escuchado la orden, pero mis botas tropezaron con raíces gruesas que no estaban allí un segundo antes. La niebla se espesó hasta volverse una sopa lechosa. El frío y el calor de mi espada chocaban, creando nubes de vapor que me cegaban aún más.

Estaba sola.

—¡Caelum! —volví a gritar.

El silencio que siguió fue absoluto. El aullido del viento se apagó de golpe. El Velo había aislado el sonido.

Agarré la empuñadura de obsidiana con tanta fuerza que mis nudillos quemados protestaron. Giré sobre mí misma, apuntando con Deshielo en un círculo completo.

Un crujido de ramas rotas resonó a mis espaldas.

Me giré rápidamente.

A diez pasos de distancia, la niebla blanca se abrió lentamente. Una figura caminaba hacia mí. Llevaba una armadura gris abolida, el tabardo rasgado con el escudo del jabalí de plata. Caminaba cojeando, sujetándose el costado con una mano manchada de sangre oscura.

—¿Aura? —la voz era rasposa, débil.

Di un paso atrás, bajando ligeramente la espada.

—¿Padre? —mi voz tembló. Era Lord Vane. Mi padre adoptivo. El hombre que me había criado en la corte de Aethelgard. Su rostro estaba amoratado por el frío y sus ojos suplicaban ayuda.

—Hija mía... —el anciano extendió una mano temblorosa hacia mí—. El frío... me está destrozando los huesos. Ayúdame. Tienen la capital. Tienen a tu madre.

Di un paso hacia él. Mi instinto gritaba que corriera a sostenerlo.

Pero el calor de Deshielo latió contra mi palma. El fuego primigenio del solsticio rugió en la hoja de cristal negro.

Me detuve. Levanté la espada de nuevo, apuntando directamente al pecho del anciano.

—Mi padre está en la capital de Aethelgard —dije, endureciendo la mandíbula—. A quinientas leguas de aquí. Protegido por los muros de piedra y la guardia real.

El rostro de Lord Vane se contorsionó. La tristeza desapareció de sus ojos, reemplazada por una rabia animal.

—Niña estúpida —escupió la aparición.

El anciano se deshizo en un remolino de hojas secas y savia negra. De los restos de la ilusión, saltó hacia adelante un soldado real. Llevaba una armadura ligera de bronce y cuero verde. Su rostro estaba cubierto por un yelmo con forma de halcón. En cada mano empuñaba una cimitarra curva, empapada en un líquido humeante.

—¡Por la Primavera! —gritó el soldado, lanzando un tajo cruzado directo a mi cuello.

No hubo tiempo para posturas de combate elegantes.

Levanté a Deshielo en un bloqueo bruto y vertical.

Las dos cimitarras chocaron contra el cristal negro de mi espada. El impacto hizo saltar chispas esmeraldas y pedazos de bronce derretido. El soldado gruñó por el esfuerzo, intentando presionar sus hojas contra mi rostro.

—¡Eres muy lenta para llevar el fuego, humana! —burló el asesino a través de su yelmo.

—¡Y tú hablas demasiado! —grité.

Giré la muñeca, deslizando el filo caliente de Deshielo por las hojas de las cimitarras. El fuego primigenio de mi arma fundió el acero barato del soldado en un segundo. Sus espadas se partieron por la mitad con un silbido agudo.

El soldado tropezó hacia adelante por la inercia.

Aproveché el hueco. Apreté los dientes, di un paso al frente y clavé a Deshielo directamente en el hueco de su coraza de cuero, justo debajo de las costillas.

El soldado soltó un grito ahogado. La hoja hirviente cauterizó la herida al instante en que entró. Sus ojos se abrieron de par en par detrás del visor del yelmo. El olor a carne quemada y pelo chamuscado inundó mi burbuja de aire.

Saqué la espada de un tirón seco y lo pateé en el pecho. El cuerpo sin vida cayó hacia atrás, perdiéndose en la niebla blanca.

Respiré de forma entrecortada, mirando la sangre hirviendo que se evaporaba rápidamente de la hoja de mi espada. Era el primer hombre que mataba.

Pero no hubo tiempo para asimilarlo.

—¡Ha matado a Kael! —gritó una voz áspera a mi izquierda.

—¡Rodeadla! ¡Usad las redes de espinas! —ordenó una segunda voz a mi derecha.

La niebla se arremolinó violentamente. Cuatro sombras emergieron simultáneamente desde los cuatro puntos cardinales. Eran exploradores de la vanguardia de Elian, todos vestidos con camuflaje verde y armados con lanzas largas y redes tejidas con lianas vivas llenas de púas.

—¡No la matéis! —gritó el que parecía ser el líder, un hombre corpulento con la mitad del rostro tatuado con hojas de roble—. ¡El Príncipe quiere a la batería humana viva! ¡Cortadle las piernas si hace falta!

—¡Venid a cortarlas! —rugí.

El explorador de la izquierda lanzó su red de espinas.

Levanté el brazo libre y agarré la red en el aire. Las púas se clavaron en mi guante de cuero, pero antes de que pudieran buscar mi piel, canalicé el fuego desde mi pecho hasta mis dedos. La red se incendió con una llamarada dorada y se convirtió en cenizas en un instante.

El soldado retrocedió, sorprendido.

Cargué contra él. Levantó su lanza para defenderse, pero Deshielo cortó el asta de madera maciza como si fuera mantequilla. No me detuve. Continué el arco de mi ataque y le crucé el pecho con un tajo diagonal. La armadura de cuero cedió instantáneamente. El hombre cayó gritando.

—¡Por detrás! —me avisó mi propio instinto al escuchar el crujido de la nieve.

Me tiré al suelo de lado. La hoja de una lanza pasó a centímetros de mi oreja, arrancándome unos mechones de cabello. Rodé sobre el hielo negro y me incorporé sobre una rodilla.

Dos de los soldados se abalanzaron sobre mí al mismo tiempo. Sus lanzas apuntaban a mis hombros, buscando inmovilizarme.

Incrusté la punta de Deshielo directamente en el suelo de nieve y hielo sólido.

—¡Arde! —grité, liberando toda la rabia contenida en un pulso explosivo.

Una onda de choque de fuego esmeralda salió disparada desde la hoja de la espada, viajando por el suelo congelado. La nieve se evaporó violentamente. El hielo estalló en pedazos. La onda expansiva golpeó a los dos soldados en las piernas, quemando sus armaduras y lanzándolos por los aires hacia la niebla densa. Sus gritos se apagaron al chocar contra los troncos invisibles de los árboles.

Me levanté, jadeando, buscando al líder de los tatuajes.

Estaba parado a cinco metros, con la lanza bajada, observándome con los ojos muy abiertos. El calor que yo desprendía había despejado un círculo de diez metros de radio a nuestro alrededor. Estábamos parados en un cráter de tierra negra y chamuscada en medio del invierno eterno.

—No eres una simple Sacrificada —murmuró el líder, retrocediendo un paso—. Eres un monstruo de las llamas.

Levanté a Deshielo. La espada palpitaba con una luz tan intensa que casi cegaba.

—Soy la dueña de la fragua —respondí, caminando hacia él—. Dile a Elian que su fuego me pertenece.

El hombre no dudó. Tiró la lanza al suelo, dio media vuelta y corrió hacia la niebla blanca a la velocidad del rayo.

No lo perseguí. Dejé caer la punta de mi espada al suelo chamuscado, apoyando ambas manos en la empuñadura mientras mis pulmones quemaban por el esfuerzo y el aire gélido que volvía a cerrarse sobre mí.

—¡Caelum! —volví a gritar, mi voz ronca.

Un estruendo ensordecedor sacudió la tierra bajo mis botas. No fue un trueno. Fue el sonido de miles de botas marchando al unísono, acompasado por el sonido rítmico de tambores de guerra golpeando con un ritmo lento y fúnebre.

La niebla frente a mí comenzó a disiparse, empujada por una magia mucho más antigua y oscura que la de los exploradores.

A cien metros de distancia, bajando por la ladera del valle, apareció el ejército de la Primavera.

Eran miles. Filas interminables de infantería acorazada en escamas verdes y bronce, estandartes con el Sol del Sur ondeando en el viento mágico. Y en el centro de la formación, montado sobre una bestia que parecía un lobo gigante hecho de madera retorcida y savia brillante, venía un hombre con una armadura dorada. En su mano derecha descansaba una espada larga, de hoja recta, forjada en el mismo cristal esmeralda que la mía, pero manchada de un aura venenosa.

El Príncipe Elian.

Me quedé paralizada, sintiendo por primera vez el verdadero peso del terror. Yo sola había matado a un grupo de exploradores, pero lo que tenía frente a mí era una marea imparable.

A mi derecha, la niebla estalló en una lluvia de escarcha y sangre.

Caelum salió proyectado hacia atrás, rompiendo la pared blanca del Velo, y se estrelló brutalmente contra el suelo a diez metros de mí. Su lanza de hielo estaba partida por la mitad. Su túnica negra estaba desgarrada y un corte profundo le cruzaba la mejilla, derramando sangre negra sobre la nieve.

—¡Caelum! —corrí hacia él, arrojándome de rodillas a su lado.

El Dios del Invierno se apoyó sobre un codo, tosiendo pedazos de hielo escarlata. Levantó la vista hacia el ejército que se acercaba.

—Esos no eran... exploradores —gruñó Caelum, agarrando el brazo con el que sostenía mi espada para impulsarse y ponerse de pie—. Usó la niebla... nos separó... trajo al núcleo duro directo al frente.

Me paré a su lado, levantando a Deshielo. Estábamos solos. La Vanguardia de gólems no se veía por ninguna parte, probablemente atrapada en otro sector del Velo.

El ejército de la Primavera se detuvo a cincuenta metros. El sonido de los tambores cesó de golpe.

El Príncipe Elian levantó su Espada Verde y apuntó directamente hacia nosotros.

—¡Hermano! —la voz de Elian resonó por todo el valle, amplificada por magia, cargada de un odio milenario—. ¡Te traigo el verano que nos robaste! ¡Y vengo a reclamar a mi Sacrificada!

Caelum escupió sangre negra en la nieve y materializó una nueva lanza de hielo en su mano derecha.

—Si quieres a la chica, Elian —rugió Caelum, su voz haciendo temblar el aire helado—, vas a tener que pasar por encima de mi núcleo destrozado.

Levanté mi espada, pegando mi hombro al suyo. El fuego de Deshielo y el frío del Cero Absoluto se mezclaron en una tormenta perfecta a nuestro alrededor.

—Que vengan —dije, mirando directamente a los ojos del Príncipe de la Primavera.

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Yerlis Ramos
Muy Muy buenas las imágenes 🤭🤭🤭 la del custodio ni hablar.🤣🤣🤣🤣
Yerlis Ramos
muy buenas las imágenes .
Yerlis Ramos
buenísima la imagen .. 10/10
Yerlis Ramos
hermoso Capitulo. 🥰👏👏
Yerlis Ramos
Excelenteeee..
Yerlis Ramos
🥰🥰 Excelente comienzo 🥰🥰
Katy
Muchas felicidades fascinante historia ,gran imaginación 😘😘😘
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