Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 6
Era sábado.
Llevaba más de un mes en este mundo absurdo y, aunque todavía no entendía la mitad de las cosas, al menos había dejado de tener ataques de pánico cada cinco minutos.
Cyran seguía siendo mi sombra. Mi guardaespaldas. Mi... ¿amigo?
No sabía qué éramos.
Solo sabía que cuando no estaba, lo extrañaba. Y eso me aterraba.
—Vístete bonito —me dijo por teléfono esa mañana (ahora ya sabía usar el teléfono, gracias a él)—. Te recojo en una hora.
—¿Para qué?
—Sorpresa.
Y colgó.
—¿Sorpresa? —repetí al teléfono mudo—. ¿Qué clase de sorpresa?
Una hora después, bajé las escaleras con el vestido más "normal" que encontré en mi armario (una cosa azul que me llegaba a la rodilla y que en mi época habría sido considerado ropa interior, pero aquí parecía aceptable).
Cyran me esperaba en la puerta.
Y cuando me vio, se quedó quieto.
Demasiado quieto.
—¿Qué? —pregunté, sintiendo el calor en las mejillas—. ¿Me queda mal?
—No —dijo, y su voz sonó rara—. Te queda... perfecto.
Lo miré. Él desvió la mirada rápidamente.
—Vamos —dijo—. El coche espera.
—¿Coche? —repetí con horror—. ¿Vamos a montar en una de esas bestias de metal?
—No son bestias. Y sí, vamos a montar.
—Cyran...
—Confía en mí.
Suspiré.
—Eso es mucho pedir.
Pero fui.
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El parque de diversiones
Cuando vi las luces, los colores, la música atronadora y las estructuras gigantes que se movían en el aire, pensé que había entrado en algún tipo de infierno diseñado específicamente para torturarme.
—¿Qué... qué es esto? —grité por encima de la música.
—¡Un parque de atracciones! —gritó él de vuelta.
—¡PARECE LA CORTE DEL DIABLO!
Cyran se rió. Esa risa que ya me resultaba adictiva.
—¡Vamos, te va a encantar!
Y me tomó de la mano.
Su mano. Caliente. Firme. Envuelta alrededor de la mía.
Esto no significa nada, pensé. Solo es para no perderme. Solo es práctico. Solo es...
Mentira. Significaba todo.
Y él lo sabía.
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El primer juego
Me llevó a una carpa llena de peluches.
—¿Ves esos monos gigantes? —señaló unos muñecos horribles pero enormes—. Te voy a ganar uno.
—¿Cómo?
Me explicó las reglas: había que tirar unos aros y encajarlos en botellas. Sonaba fácil.
Era mentira.
Cyran falló una vez. Dos veces. Tres.
—Creí que eras un príncipe guerrero —dije con sorna—. ¿No se supone que tienes buena puntería?
Me miró con una ceja levantada.
—¿Te estás burlando de mí?
—Tal vez.
—Pues prepárate.
En la cuarta ronda, encestó todos los aros.
El dueño de la carpa puso cara de dolor mientras le entregaba el mono gigante. Cyran me lo dio con una sonrisa de niño chico.
—Para ti.
—Es horrible —dije, abrazándolo.
—Lo sé. Pero es tuyo.
Sonreí. No pude evitarlo.
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La noria
El atardecer llegó sin avisar.
Cyran me llevó a una rueda gigante que subía lentamente al cielo. Dentro de una cabina diminuta, los dos solos, viendo cómo el sol teñía de naranja un mundo que aún no entendía.
—Es hermoso —susurré.
—Tú eres hermosa —dijo él.
Me giré a mirarlo.
Sus ojos. Esa tormenta. Pero ahora mezclada con algo más. Algo que no sabía nombrar.
—Cyran...
—Lo sé —me interrumpió—. Sé que no confías en mí. Sé que piensas que soy un extraño. Y sé que hay cosas que no entiendo de ti, igual que tú no entiendes de mí.
—Entonces...
—Pero no me importa. No me importa nada de eso. Porque cuando te miro, todo lo demás desaparece.
Mi corazón dejó de latir.
—No digas esas cosas —susurré.
—Son verdad.
—No pueden ser verdad. No después de... —corté la frase.
No podía decir no después de que me mataras. No aquí. No ahora.
Él lo notó. Algo en su mirada se oscureció por un instante.
Pero luego sonrió. Esa sonrisa suya. La que me desarmaba.
—No importa el pasado —dijo—. Solo importa el ahora. Y ahora estás aquí. Conmigo. Mirándome como si... como si no te importara que esté loco por ti.
—Estás loco —confirmé.
—Lo sé.
—Muy loco.
—También lo sé.
—Pero... —tragué saliva—. Pero quizás... quizás a mí también me gusta un poco la locura.
Sus ojos se abrieron. Sorpresa. Esperanza. Algo que parecía demasiado real para ser mentira.
—¿Seraphina?
—No digas nada —pedí.
Y me acerqué.
El beso fue suave. Breve. Casi un roce.
Pero cuando me separé, su expresión era la de un hombre que había esperado siglos por ese momento.
—¿Por qué? —preguntó en un susurro—. ¿Por qué ahora?
Porque me haces sentir segura. Porque me haces reír. Porque me esperas cada mañana. Porque me defendiste. Porque eres el primero que no me trata como una bicho raro. Porque...
—Porque quiero —respondí.
Y sonreí.
Él no dijo nada. Solo me abrazó.
Y en su abrazo, por un momento, olvidé que alguna vez lo odié.
Olvidé que me mató.
Olvidé todo.
Solo existía él. Su calor. Su corazón latiendo contra el mío.
Y por primera vez desde que llegué a este mundo... me sentí en casa.
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Bajando de la noria
Cyran no me soltó la mano en todo el camino de regreso.
Cuando llegamos a mi puerta, me miró con una intensidad que me derritió.
—¿Esto significa...?
—No significa nada —mentí—. Bueno, significa algo. Pero no sé qué. ¿Podemos... podemos solo sentir sin ponerle nombre?
Asintió.
—Todo el tiempo que necesites.
—¿Me esperarás?
—Siempre.
Entré a mi casa. Cerré la puerta. Me apoyé contra la madera con el corazón desbocado.
¿Qué acabo de hacer?
¿Qué significa esto?
¿Y por qué... por qué no me arrepiento?
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Mientras tanto, en la calle
Cyran caminaba de vuelta a su casa.
Pero no caminaba. Flotaba.
Tocó sus labios con la punta de los dedos.
—Me besó —susurró—. Ella me besó.
Una risa escapó de su garganta. Luego otra. Luego un sollozo.
—Doscientas años —murmuró—. Doscientos años esperando que me mirara así. Y lo logré. Lo LOGRE.
Se detuvo en medio de la calle. Miró al cielo.
—Gracias —dijo—. Gracias a quien sea que haya hecho posible esto.
Luego, más bajo:
—Y lo siento, Adriel. Lo siento mucho. Pero esta vez... esta vez gané yo.
Y en sus ojos, por un instante, brilló la misma tormenta de siempre.
Pero también algo nuevo.
Algo que parecía... ¿felicidad?