Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 16
Capítulo 16: Confusión y rechazo.
Pov: Ryan
Necesitaba aire. La fiesta se sentía demasiado cerrada, demasiado ruidosa. Las risas, la música, la gente apretada… todo se mezclaba en un murmullo que me incomodaba. No era nada grave. Solo necesitaba despejar la cabeza. Quitarme esos pensamientos absurdos. No tenía sentido seguir dándoles vueltas. Mireya era una chica. Una niña. Podría ser mi hermana. Pensar en ella de otra manera era ridículo. Tenía novia. Una buena novia. Alguien que se merecía mi atención. No distracciones.
Salí al exterior. El aire estaba más fresco. Se sentía bien en los pulmones. Me detuve un momento, mirando la calle iluminada por las luces de la fiesta que se filtraban desde la casa. La música seguía sonando, pero más lejana. Perfecto. Podía pensar con claridad.
Soy un idiota, me dije.
¿Por qué estaba dejando que mi cabeza se fuera por caminos que no debía? Tenía novia. Ashlie. Y ella se merecía lo mejor. No dudas. No distracciones. Ella siempre había estado ahí. Sonriente, paciente, divertida. Una relación normal. Buena. Entonces, ¿por qué mi mente se había ido a la sonrisa de Mireya?
Sacudí la cabeza. No tenía sentido.
Fue en ese momento que la vi.
Ashlie llegaba caminando por la acera, iluminada por la luz tenue del porche. Su cabello se movía con la brisa y su sonrisa apareció en cuanto me vio. Venía con paso ligero, como si estuviera emocionada de estar allí. Y lo estaba. Siempre lo estaba.
—Llegaste —dije, intentando sonar normal.
Ella sonrió.
—Claro. No me iba a perder la fiesta. Además, quería verte.
Su voz era cálida. Familiar. Y eso me hizo sentir aún más culpable por los pensamientos que había tenido minutos antes. No debía complicarlo. No había nada que complicar. Tenía una buena novia. Una relación estable. No debía buscar problemas donde no los había.
Respiré hondo y me acerqué a ella.
—Perdón por salir así —dije—. La fiesta estaba un poco cargada. Necesitaba aire.
Ashlie ladeó la cabeza.
—Está bien. A veces las fiestas son un caos. Lo importante es que estés aquí.
Sus palabras fueron simples, pero sinceras. Me miró con esa expresión amable que siempre tenía, como si realmente le importara. Y me sentí peor por haber dejado que mis pensamientos se desviaran.
No soy un mal tipo, pensé.
Pero había fallado en algo. En mantener la cabeza en su lugar. En recordar lo que importaba.
Me acerqué un poco más y la besé.
El beso fue corto, natural. No había pasión exagerada ni dramatismo. Solo un gesto. Un recordatorio. Ella era mi novia. Esto era lo correcto. No había lugar para dudas.
Mientras tanto, dentro de la fiesta…
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Pov: Mireya
Había visto a Ryan salir. Se veía confundido, como si algo lo molestara. No sé por qué lo seguí. No tenía sentido. No era asunto mío. Pero mis pies se movieron antes de que pudiera detenerme. Quizá solo quería asegurarme de que estuviera bien. Quizá era curiosidad. No lo sé.
Salí al exterior y lo vi.
Con Ashlie.
Besándola.
No fue un beso exagerado. No como en las películas. Solo un gesto entre dos personas que se quieren. Un momento normal. Lógico. Y por eso me sentí estúpida. No debería haber dolido. No tenía derecho a doler. Sabía que eran pareja. Lo había visto antes. Entonces, ¿por qué me apretó el pecho como si alguien hubiera cerrado una mano alrededor de mi corazón?
Respiré hondo, pero el aire no sirvió. Sentí un nudo en la garganta, pequeño pero molesto. No quería llorar. No era para tanto. No había motivo. Era solo una escena. Dos personas besándose. Nada que me afectara. Y sin embargo… dolía.
Fue un dolor silencioso. No como un golpe fuerte, sino como una punzada que se quedaba ahí, constante. Como cuando te das cuenta de algo que no quieres admitir. No era celos. No podía ser celos. Eso sería ridículo. Él era mayor. Tenía novia. Yo no significaba nada en esa historia. Solo la chica nueva. La vecina. Nada más.
Entonces, ¿por qué me sentía tan vacía?
Fue como si algo se rompiera por dentro, aunque no hubiera nada que romper. Una ilusión, tal vez. Algo que no existía pero que mi mente había construido sin permiso. Quizá por la sonrisa de Ryan en la fiesta. Quizá por la forma en que me había mirado. Quizá porque, por un segundo, había pensado que podía haber algo distinto. Algo imposible. Algo estúpido.
Me sentí pequeña.
Como si hubiera hecho algo mal. Como si mis emociones fueran un error. Un fallo en mi cabeza. No tenía sentido. No había razón para sentir esto. Ellos eran pareja. Yo lo sabía. Y aun así, el dolor seguía ahí.
Bajé la mirada. No quería seguir viendo. No quería seguir pensando. Mis manos temblaron un poco, apenas lo suficiente para notarlo. Las apreté en puños, intentando controlarlo. No servía de nada. El nudo en el estómago seguía. El peso en el pecho seguía.
Soy una idiota, me dije.
¿Por qué me afecta?
No debería. No tiene sentido.
Sentí vergüenza. Como si mi reacción fuera un secreto que no quería que nadie descubriera. Como si hubiera mostrado algo de mí que no debía existir. Algo débil. Algo tonto.
Y lo peor era que no podía explicarlo.
No podía decir: “Me duele”.
Porque no tenía derecho a doler.
No podía decir: “Me siento mal”.
Porque no había razón.
Ellos estaban juntos. Era normal. Era su vida. No la mía.
Entonces, ¿por qué me sentía así?
El dolor no era enorme. No me destruía. Pero estaba ahí. Pequeño. Persistente. Como una herida que no sangra, pero que sigue ardiendo. Y eso me hizo sentir aún más estúpida.
No soy nada para él, pensé.
Solo la chica del vecindario.
Nada importante.
Y esa verdad, tan simple, fue la que más dolió.
Porque en el fondo… por un segundo… había querido ser algo más.
Y ahora me sentía ridícula por haberlo pensado.