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Pasado Y Caos

Pasado Y Caos

Status: En proceso
Genre:Maldición / Terror / Mundo de fantasía
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Reylocura@2004

Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.

NovelToon tiene autorización de Reylocura@2004 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: El rostro que no pertenece

El eco en los muros

El orfanato parecía contener la respiración.

Los pasillos estaban en silencio, pero cada pared guardaba un murmullo que nadie se atrevía a

nombrar.

Elena se despertó de golpe, con manchas de tinta bajo el brazo. No recordaba cuándo se había

quedado dormida, ni siquiera si había pasado un día o dos desde la última vez que lo recordó.

Al mirar alrededor, vio que otros niños también estaban despiertos, con los ojos abiertos como si

hubieran salido del mismo sueño. Ninguno hablaba. Solo escuchaban.

Mauricio marcado

En su oficina, el Padre Mauricio permanecía sentado, con la sotana manchada de tinta en un brazo.

Cada vez que intentaba recordar la última oración que había rezado, las palabras se le escapaban. Se

sorprendió a sí mismo olvidando incluso el Padre Nuestro.

Padre Mauricio —No es olvido… —susurró—. Es que algo me está robando la memoria.

Sobre el escritorio reposaba el diario que le había entregado Elena. Lo había revisado con miedo,

convencido de que allí encontraría una respuesta. Pero lo que encontró fueron frases que no

recordaba haber leído nunca, escritas como si alguien hubiese transcrito sus propios pensamientos

mientras dormía.

Mauricio comprendió que no podía quedarse. El diario no lo obedecía, lo estaba consumiendo.

El retorno del diario

Buscó a Elena en el dormitorio. La despertó con suavidad. Ella abrió los ojos de golpe, como si hubiera

estado esperando ese momento.

El Padre le entregó el cuaderno, con las tapas aún húmedas de tinta.

Padre Mauricio —No me pertenece —dijo con un hilo de voz—. Si lo guardo más tiempo, me borrará lo

que soy. Solo tú puedes resistirlo.

Elena dudó, pero al tomarlo, sintió que el libro pesaba más que antes, como si hubiera absorbido la

violencia de la oficina, el grito de Jacinta y los rezos del sacerdote. El cuerpo estaba tibio, latiendo

como piel viva.

Jacinta fragmentada

En otro pasillo, Jacinta caminaba con pasos arrastrados. Su sombra parecía ir en dirección contraria a

su cuerpo.

Se detuvo frente a un espejo rajado y observó su reflejo.

El reflejo sonrió. Ella no.

Jacinta —¿Soy yo? —susurró.

La voz del monstruo se coló desde el cristal, suave, como si viniera desde muy lejos:

Entidad —Eres lo que queda de mí.

Jacinta apoyó la frente en el espejo, sintiendo que por primera vez no estaba sola.

El tiempo roto

Elena se sentó en el suelo del dormitorio, rodeada de otros cuadernos viejos.

Intentó contar los días. Recordaba haber escrito “ayer” varias veces, pero no sabía a qué “ayer” se

refería.

Los relojes del pasillo marcaban horas distintas, algunos giraban hacia atrás, y el calendario del

orfanato estaba tachado en exceso, como si alguien hubiera repetido los mismos días más de una vez.

Elena —No son días distintos… —murmuró—. Es el mismo día que se repite diferente.

El diario absorbió esas palabras como si las hubiera estado esperando.

El eco en los pasillos

Esa noche, mientras los niños dormían, Elena salió de su cuarto con el diario apretado contra el pecho.

El pasillo estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz de la luna filtrándose por las rendijas.

Caminó unos pasos… y de pronto escuchó un ruido: pasos detrás de ella.

Se giró. Nada.

Pero el eco continuaba, acompañando a los suyos, como si alguien invisible la siguiera.

Al mirar hacia atrás, se dio cuenta de que el pasillo no terminaba donde debía. Era más largo, y más

largo cada vez que volaba.

Una grieta oscura se abrió en la pared, y desde ella salió un murmullo que la heló:

Voz misteriosa —No corras. Ya llegaste muchas veces a este lugar.

Elena cerró los ojos, pero al abrirlos se encontró de nuevo en su habitación, con el diario sobre la

mesa, como si nunca hubiera salido.

Los niños sin nombre

En el comedor, al amanecer, los niños desayunaban en silencio.

Elena se dio cuenta de que algunos no responden cuando se les llamaba por su nombre. Nicolás,

Silvana, Raúl… todos presentes.

Pero tres niños, sentados al final de la mesa, no reaccionaron.

Margaret los observó con atención.

Margaret —¿Cómo se llaman ellos? —preguntó.

Nadie respondió. Ni siquiera los mismos niños.

Sus bocas masticaban, sus ojos estaban fijos en la nada, pero cuando Elena los miró de cerca, notó

algo terrible: sus rostros eran vagos, como dibujos mal borrados.

El diario, sobre sus rodillas, escribió solo:

"No olvidaron sus nombres. Los nombres olvidaron a ellos."

Jacinta, desde la otra mesa, sonrió.

Jacinta —El orfanato lo está eligiendo. —dijo en un murmullo.

Entidad/Jacinta —Y ustedes todavía creen que pueden huir.

El diario como testigo

Cuando abrió el cuaderno, encontró páginas nuevas. En ellas estaba escrito, con detalle, lo que había

pasado en la oficina entre Jacinta y el Padre Mauricio.

Frases que ella nunca escuchó.

Símbolos que nunca había dibujado.

Palabras que no pertenecían a su mano, pero aparecían con su letra.

Elena comprendió: el diario no solo guardaba recuerdos de quienes lo tocaban. También escribía lo

que la casa misma presenciaba.

Al final de las páginas, un mensaje:

"El rostro que buscas no es mío… es de todos los que recuerdan."

El rostro imposible

Elena pasó las hojas con manos temblorosas. Poco a poco, en la tinta se fue formando una imagen.

Un rostro compuesto por otros rostros:

ojos de niños, bocas cosidas, piel hecha de papel arrugado, lágrimas de tinta.

El rostro no pertenecía a nadie en particular, pero a la vez era el de todos.

Elena cerró el diario de golpe, con un nudo en el estómago.

En el pasillo, Jacinta rió bajito.

Epílogo

El Padre Mauricio, solo en la capilla, rezaba en voz baja.

Cada vez que intentaba continuar, olvidaba lo que seguía.

Su voz se cortaba, dejando huecos en la oración.

Miró la cruz sobre el altar y susurró, casi con resignación:

Padre Mauricio —¿Qué recordaré mañana?

Las velas chisporrotean. Una sombra recorrió las paredes, sin dueño, sin rostro propio, esperando a

que alguien lo recordara para volver a ser.

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