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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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18. Alguien siempre paga
La puerta del Despacho se cerró. Padre e hija estaban uno, frente al otro; hasta ahora el duque de Salamanca se había quedado callado, convencido de la venganza que debía ejercitarse, pero cuando vio a ese hombre pretender acorralar a su hija, aún estando él presente, se preguntó si era correcto mandarla a la boca del lobo.
Antonio fue el primero en hablar.
- “No tienes que hacerlo”, dijo Antonio con seriedad.
Susanne no respondió enseguida. Caminó hasta la ventana. Afuera, el ducado seguía en pie. Durante su aprendizaje, había aprendido lo valioso que era para los nobles su legado.
- “Sí, tengo que hacerlo, no me mientas. Tú lo sabes” dijo ella al fin, ella no había borrado de su mente todo el dolor que vivió.
Antonio apretó los puños.
- “Puedo buscar otra salida”, afirmó Antonio.
Ella giró.
- “No hay otra salida que no termine conmigo escondida, anulada o muerta. Él no va a soltar esto. Y tú no puedes enfrentarlo sin perderlo todo”, respondió Susanne con calma. Antonio bajó la mirada.
- “Te va a tocar, te va reclamar como si fueras una cosa, no sé si entiendas lo que ese hombre puede hacer sintiéndose con derecho a que le cumplas como mujer”, dijo Antonio con voz rota.
Susanne se acercó. No había lágrimas. Ya no.
- “No soy una niña. Sé lo que implica. Sé lo que va a exigir”, expresó Susanne.
- “No deberías tener que pagar ese precio”, replicó Antonio.
- “Nadie debería”, asintió ella. “Pero alguien siempre paga”.
Antonio la miró, desesperado.
- “No será un engaño como el hizo el otro para que cedieras, al menos te fingió amor, y fue algo ocasional. Es muy probable que sean varios los meses en que estarás en su cama ¿Y si te destruye?”, cuestionó Antonio.
Susanne respiró hondo.
- “Entonces me destruirá un hombre que no sabe con quién se casó. Voy a acostarme con él”, dijo Susanne, sin rodeos. “Voy a sonreírle. Voy a dejar que crea que me está domando. Porque mientras él se cree dueño, yo estaré mirando dónde causar la herida, dónde asegurar su derrota, dónde deberá encontrar la muerte”, añadió con rabia.
Antonio dio un paso hacia ella.
- “Hija…”, dijo Antonio.
- “Escúchame”, interrumpió Susanne. “No lo hago porque sea fuerte. Lo hago porque alguien tiene que hacer justicia, si no lo hago yo, ellos jamás se van a detener. Y yo no voy a permitir que siga usando mujeres como carne de contrato, ni matando gente inocente para ocultar sus atrocidades”.
Antonio cerró los ojos.
- “Te estoy entregando al enemigo”, expresó Antonio.
- “No. Me estás enviando infiltrada”, corrigió Susanne, y se permitió, un temblor mínimo en la voz. “Y si para destruirlo tengo que dejar que me toque, entonces que sepa, aunque nunca lo entienda, que jamás me tendrá, porque seré un cuerpo en su cama, pero mi alma nunca será suya”.
Antonio la abrazó. No como duque. Como padre.
- “Prométeme una cosa”, pidió Antonio.
- “Dime”, dijo Susanne.
- “Que si llega el momento en que ya no puedas más… huirás”, expresó Antonio.
Susanne apoyó la frente en su pecho.
- “Si huyo, no será antes de verlo caer”, susurró ella.
Susanne se separó. Ya no era la muchacha escondida. Ya no era solo Susanne, la sirvienta a la que engañaron y pisotearon. Era una mujer que iba a casarse con su enemigo con los ojos muy abiertos.
Cuando Renato llegó a su palacio, en el ducado de Restrepo se sirvió una copa apenas cerró la puerta de despacho. No estaba molesto. Estaba estimulado.
Caminó despacio por el despacho, repasando cada gesto de la muchacha. La forma en que no retrocedió. El tono suave, pero firme. No había súplica. No había miedo. Eso era nuevo.
- “Dieciocho años…, criada como princesa, encerrada por muchos tiempo por su enfermedad”, murmuró.
Demasiado joven para entender cómo funcionaba el mundo. Y, aun así, había osado marcarle límites.
Él sonrió. No era amor lo que sentía. Era otra cosa. El impulso viejo, conocido, que siempre aparecía cuando una mujer no se rendía de inmediato; aunque “Samantha” tenía mucho más altanería.
Las más orgullosas siempre caen más hondo, pensó. Se sentó, apoyando los codos sobre el escritorio.
No la deseaba solo por su cuerpo, aunque lo imaginaba con claridad suficiente, aunque en el camino, todas las formas en que quería poseerla. La deseaba por lo que representaba, una voluntad que aún no había doblado.
- “Te educaron bien, tendré que corregir eso”, dijo en voz baja.
No con golpes. No con brutalidad abierta. Renato no era torpe. Lo haría con presencia, con insistencia, con la lenta certeza de que, una vez casada, no habría salida digna; aún con toda su aura de “duquesa heredera”.
Ella aprendería a obedecer porque sería más fácil que resistir, porque él sabría esperar, orque todas, tarde o temprano, lo hacían, y Lady Samantha no iba a ser la excepción.
Le dio un sorbo a la copa.
- “Y cuando lo hagas, creerás que fue tu elección, porque me amarás como todas las demás”, añadió.
Eso era lo que más le gustaba, pensar en domarla, creer en su orgullo que él podría hacer que la creída “duquesa heredera”, finalmente estuviera a sus pies.
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