En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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Recuerdos desbloqueados
Ian, aún en shock por la descarga de energía, tomó a Anya de la mano para sacarla de aquel refugio que, por un breve tiempo, había sido el único testigo de la extraña comunión entre ellos. Subieron al auto y él tomó el volante, sabiendo que debía conducir tan rápido como el motor se lo permitiera; el aire todavía vibraba con la presencia de Marcus.
Anya lo miraba fijamente desde el asiento del copiloto. No sabía cómo explicar la sensación de haber tocado su herida; ese fuego que le recorrió el cuerpo con un ardor más profundo que el de la propia marca. El color en sus mejillas se tornó carmesí al recordar el sueño de noches atrás. Rápidamente apartó la vista, temiendo que Ian leyera en sus ojos los sentimientos que, como flores silvestres en medio de un desastre, empezaban a brotar en su interior.
—Debemos encontrar un lugar donde pasar la noche —comentó Ian, rompiendo el silencio y devolviendo a Anya a la cruda realidad.
—Estamos lejos de cualquier hotel o zona habitable —respondió ella, repasando mentalmente la geografía de la zona.
—Cerca de aquí hay una casa que fue borrada de los mapas hace años. Nadie sabe de su ubicación actual. Nos resguardaremos allí de la tormenta.
La noche cayó acompañada de un aguacero torrencial que reducía la visibilidad a cero. Ian se desvió por un camino estrecho, casi devorado por la vegetación, que conducía a una mansión antigua de estructura impecable. Una belleza gótica que parecía congelada en el tiempo.
—Nunca había visto este lugar —comentó Anya, asombrada.
—Esta casa ha estado oculta por diseño. Sus dueños originales querían estar lejos de todo el mundo.
—¿Cómo sabes eso?
—Solo lo sé —respondió él, con una nota de melancolía que Anya no pasó por alto.
Entraron sigilosamente, conscientes de que Marcus tenía ojos en cada sombra. La oscuridad reinaba en el interior, y la lluvia golpeaba los ventanales con una furia que parecía tener vida propia. Anya encendió la linterna de su móvil mientras Ian, con una precisión asombrosa, encontraba lámparas de aceite y velas en los rincones.
—Conoces muy bien este lugar —observó ella.
—Uno de mis dones es la intuición —respondió él con su habitual frialdad.
—Creo que deberías trabajar más ese don —murmuró Anya para sí misma—. Para ser un hombre de más de cien años, necesitas ser más ágil con las explicaciones.
—Ten cuidado —advirtió Ian, ignorando el sarcasmo—. La casa es antigua y podría haber maderas falsas. Arriba hay una habitación donde puedes descansar. Yo me quedaré vigilando.
Anya subió las escaleras, dejando a Ian abajo, rodeado por la luz vacilante de las velas. Al entrar en la habitación principal, una oleada de familiaridad la golpeó. El pecho se le llenó de una nostalgia pesada, el eco de algo que pudo ser pero que la tragedia truncó. Se recostó en la cama y el aroma a jazmín la envolvió de nuevo; a pesar de ser una casa abandonada, las sábanas se sentían frescas, como si alguien hubiera estado esperando su regreso.
Se quedó profundamente dormida, pero el sueño que la alcanzó no fue un refugio, sino una pesadilla. Caminaba por un valle oscuro, con el corazón doliéndole y la marca de la mano derecha ardiendo como hierro candente. En el suelo, vio una flor de jazmín y se agachó para tomarla. Pero en el sueño, Anya no usó su mano derecha. Usó la izquierda. Al principio pensó que era por el dolor de la quemadura, pero entonces los recuerdos de 1926 se reprodujeron con una claridad quirúrgica: ella no era diestra. Nunca lo había sido.
Despertó agitada, gritando el nombre de Ian. Él entró en la habitación en un segundo, apuntando con su arma a las sombras del cuarto.
—¿Qué sucede? ¿Viste algo? —preguntó, acercándose a la cama.
—Ian... yo no pude haber disparado. Al menos no de forma consciente —dijo ella, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
Ian la miró confundido, bajando ligeramente el arma.
—Anya, ya basta de eso. Te vi. Estabas frente a mí con el revólver.
—¡Escúchame! —ella le tomó la mano con desesperación—. Soy cirujana, Ian. Conozco la lateralidad del cerebro. En mi sueño, en el recuerdo que acabo de recuperar, intenté tomar una flor con la izquierda porque mi mano derecha estaba... muerta. No tenía fuerza. Si yo te hubiera disparado por voluntad propia, lo habría hecho con mi mano dominante. Pero en el muelle, la mano que sostenía el arma se movía como si fuera un objeto ajeno. Alguien más estaba usando mi brazo derecho como una herramienta. Yo no disparé, Ian. El arma disparó a través de mí.
Ian se quedó en silencio, procesando las palabras de la mujer que, según las leyes de su mundo, era su asesina. La lógica de Anya era aplastante. Si ella no era la dueña de sus actos, la "deuda de sangre" que los mantenía unidos era un fraude monumental.
—Si eso es verdad —susurró Ian, y su voz tembló de rabia—, entonces Marcus no solo te usó a ti para matarme. Me usó a mí para torturarte durante un siglo por un crimen que nunca cometiste.
—Yo no te quite la vida, nunca lo hubiera hecho. Hubiera preferido quitarme la mía antes de lastimarte a ti —aseguro Anya mirándolo fijamente a los ojos.
—¿Cómo estás tan segura de eso?, ¿Cómo puedes saber que la Anya del pasado no hubiera jalado del gatillo?
Anya acarició el rostro de Ian con la yema de sus dedos, en sus ojos el amor del pasado unido con los sentimientos del presente se pudo reflejar.
—Porque yo te amaba con mi vida y mi alma, porque yo aún te amo y este sentimiento es mucho más fuerte que yo. Por eso prefiero dar mi vida a cambio de la tuya y por eso sé que nunca te lastimaría.
Anya tomo la iniciativa al unir sus labios en un apasionado beso que la llevo a recordar porque esa casa le era tan familiar.