Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 23 – ENCUENTROS INESPERADOS
El día comenzó con un cielo despejado.
Pero Ariel lo sintió igual.
Esa ligera tensión bajo la piel.
Esa certeza silenciosa de que algo… iba a moverse.
No era miedo.
No del todo.
Era memoria.
Estaba preparando el desayuno cuando escuchó los pasos acercarse a la puerta.
Se detuvo.
El tiempo justo.
Lo suficiente para reconocer lo que venía antes de verlo.
—Ariel…
La voz lo encontró primero.
Conocida.
Lejana.
—Hace tiempo que quería verte.
Ariel se tensó.
No retrocedió.
Kael apareció detrás de él, como siempre.
Presente.
Firme.
—¿Quién es? —preguntó, con calma contenida.
Ariel sostuvo el aire un segundo.
—Alguien que conoce quién fui… y quién soy ahora.
Giró apenas el rostro hacia Kael.
—No necesitas intervenir. Aún no.
Kael no discutió.
Pero tampoco se apartó.
El visitante los observó a ambos.
Midió el espacio.
La distancia.
El vínculo.
Y asintió.
—Solo quería asegurarme de que estabas bien —dijo—. He oído cosas… y no todas son ciertas.
Ariel abrió la puerta.
Lo dejó pasar.
No por obligación.
Por decisión.
Se sentaron.
Las palabras llegaron.
Rumores antiguos.
Historias deformadas.
Verdades que otros seguían usando como armas.
Ariel escuchó.
Sin interrumpir.
Sin absorberlas.
Ya no.
Cada frase que antes lo habría quebrado… ahora solo confirmaba algo:
Eso ya no era él.
Cuando el visitante se marchó, el silencio volvió a la casa.
Más limpio.
Más claro.
Ariel se dejó caer en el sofá, exhalando lentamente.
Kael se sentó a su lado, rodeándolo con un brazo.
—Estás bien —dijo.
No fue pregunta.
Ariel cerró los ojos un momento.
—A veces siento que el pasado siempre va a encontrar la forma de volver…
Kael apoyó su frente contra la suya.
—Puede volver —dijo—. Pero ya no se queda.
Ariel abrió los ojos.
—¿Y si algún día pesa más?
Kael negó suavemente.
—Entonces lo cargamos juntos.
Una pausa.
—Pero no vamos a huir.
Ariel respiró hondo.
Y asintió.
Esa tarde salieron con los niños.
El parque estaba lleno de vida.
Risas.
Pasos desordenados.
Voces que no sabían de juicios.
Ariel observó a Kael con ellos.
Cómo se agachaba para estar a su altura.
Cómo enseñaba sin imponer.
Cómo cuidaba sin invadir.
Y algo en su pecho se apretó.
No de miedo.
De emoción.
Había sobrevivido.
Sí.
Pero más que eso…
Había construido algo.
Los niños corrieron hacia el carrusel.
Ariel los siguió con la mirada… y luego buscó la mano de Kael.
Entrelazó sus dedos.
—Te amo —susurró, sin pensarlo.
Kael lo miró.
Y en sus ojos no había duda.
—Y yo a ti.
Una pausa leve.
—Cada día más.
El carrusel giraba.
Lento.
Constante.
Ariel se inclinó.
El beso fue suave.
Sin urgencia.
Sin miedo.
El mundo seguía ahí.
Pero ya no importaba.
Esa noche, de regreso en casa, Ariel se sentó frente a la chimenea.
El fuego se movía despacio.
Como todo lo que ahora era parte de su vida.
Kael se acomodó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.
—Nunca pensé que podría sentirme así —dijo Ariel en voz baja—. Completo.
Sus dedos se cerraron suavemente.
—Incluso con todo lo que pasó…
Kael lo abrazó más fuerte.
—Todo valió la pena —murmuró—. Porque nos trajo aquí.
Los niños se durmieron poco después.
Ariel los observó.
Cómo respiraban.
Cómo descansaban sin miedo.
Kael los cubrió con cuidado.
Como siempre.
Como si cada gesto fuera importante.
Y lo era.
—Gracias por quedarte —susurró Ariel—. Incluso cuando yo no sabía cómo hacerlo.
Kael se inclinó, besando su cabello.
—Amarte también es resistir contigo.
Una pausa.
—Siempre.
Esa palabra se quedó en el aire.
Ariel cerró los ojos.
El pasado no desaparecía.
Nunca lo haría.
Pero ya no tenía lugar donde quedarse.
El viento nocturno movió suavemente las cortinas.
La casa respiraba.
Viva.
Segura.
Ariel se recostó junto a Kael.
Y, en el silencio, hizo una promesa.
No en voz alta.
No hacía falta.
Esta vez…
no iba a huir.
Esta vez…
iba a quedarse.
Siempre.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”