En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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La fragilidad de la paz
El silencio en la cabaña de Esteban no era la paz que Ian buscaba; era más bien un vacío a presión, una burbuja de aire en el fondo de un océano oscuro. Tras la revelación de Esteban sobre aquel Recolector borrado de la historia, el ambiente se había vuelto gélido. Ian sentía el peso del dispositivo cifrado en su bolsillo como si fuera una brasa ardiendo contra su pierna.
—Si ella es la última de su línea —insistió Ian, volviendo a la pantalla por un segundo—, y no hay descendencia, ¿qué es lo que protegen? ¿Por qué gastar tantos recursos en eliminarla?
Esteban suspiró, el humo de su cigarro flotando como un fantasma entre ellos.
—A veces, Ian, el Registro no teme lo que una persona hace, sino lo que una persona representa. Si el linaje de Anya está vinculado a los fundadores disidentes, su simple respiración es una prueba de que el sistema falló en su purga original. Ella es un cabo suelto en un mundo que exige nudos perfectos.
Lo que ninguno de los dos hombres había notado era que la puerta de la habitación se había entornado apenas unos milímetros.
Anya estaba de pie en el umbral, envuelta en una manta raída que no lograba ocultar sus temblores. Sus ojos, enrojecidos por el llanto contenido y el cansancio, estaban fijos en Ian con una intensidad que lo hizo retroceder un paso. Había escuchado lo suficiente. Había escuchado la palabra "borrar". Había escuchado sobre el Recolector traicionado. Pero, sobre todo, había escuchado a Ian confesar que la amaba más que a su propia vida.
—¿Así que eso es lo que soy? —Su voz, aunque baja, cortó el aire como una cuchilla—. ¿Un "cabo suelto"? ¿Una anomalía en un servidor que necesita ser corregida?
Ian se puso en pie de inmediato, dejando el vaso de licor sobre la mesa.
—Anya, no deberías estar levantada. Necesitas descansar.
—¡Necesito la verdad! —exclamó ella, y la manta resbaló de sus hombros mientras avanzaba hacia la luz azulada de la terminal—. Me sacaste de mi vida, Ian. Dejaste que mataran a las únicas personas que me importaban. Y ahora estoy aquí, en medio de la nada, escuchando cómo planeas morir por mí como si fueras un mártir. ¿Quién te dio el derecho de decidir que mi vida vale más que la tuya? ¿O que tu sacrificio va a limpiar la sangre que tienes en las manos?
Ian se quedó sin palabras. La honestidad de Anya era un espejo donde no quería mirarse.
—No trato de ser un mártir, Anya. Trato de enmendar lo que hice.
—No puedes enmendar una muerte con otra muerte —replicó ella, acercándose tanto que él podía oler el rastro de antiséptico y miedo que emanaba de su piel—. Si me salvas solo para desaparecer, me estarás dejando otra carga. Me estarás condenando a vivir con el peso de tu fantasma. No quiero tu sacrificio, Ian. Quiero que esto se detenga.
Esteban, que había permanecido en las sombras, intervino con voz ronca.
—Hija, el Registro no se detiene. Es una máquina. No razona con sentimientos.
—Entonces rompamos la máquina —dijo Anya, mirando la unidad cifrada sobre la mesa—. Si ahí está la prueba de su conspiración, usémosla. No huyamos más.
Justo cuando Ian iba a responder, un sonido sutil, casi imperceptible para un oído no entrenado, rompió la armonía del bosque. Fue un "clic" metálico, el eco de un supresor de sonido siendo ajustado a quinientos metros de distancia.
Los instintos de Ian, forjados en mil horas de simulacros de emboscada, se encendieron como una alarma roja.
—¡Al suelo! —rugió, abalanzándose sobre Anya.
Un segundo después, el ventanal de la sala estalló en mil fragmentos de cristal. Un proyectil de alta precisión atravesó el lugar donde la cabeza de Ian había estado momentos antes, incrustándose en la pared de troncos con un sordo impacto.
—¡Nos encontraron! —gritó Esteban, volcando la pesada mesa de roble para crear un parapeto improvisado—. ¡La terminal! ¡Ian, el pulso electromagnético debe haberlos guiado!
—¡Es imposible, usé un puente de señal! —respondió Ian mientras arrastraba a Anya detrás del sofá, protegiéndola con su propio cuerpo.
—El Registro ya no juega con reglas, muchacho —dijo Esteban, sacando una escopeta recortada de debajo de su silla—. Han usado un satélite de rastreo térmico de baja frecuencia. Saben cuántos somos y exactamente dónde estamos parados.
El exterior de la cabaña, antes pacífico, se llenó del zumbido de drones de asalto. Pequeñas luces rojas empezaron a bailar sobre las paredes, buscando objetivos. Anya estaba paralizada, con las manos presionadas contra sus oídos, mientras el estruendo de una granada aturdidora reventaba la puerta principal, llenando la estancia de un humo blanco y denso.
—Anya, mírame —Ian la tomó por los hombros, obligándola a enfocar su vista en él a pesar del caos—. Tienes que irte con Esteban por el túnel del sótano. Yo los retendré.
—¡No! —gritó ella entre el humo—. ¡Dijiste que no me dejarías!
—No te estoy dejando, te estoy dando tiempo —dijo Ian, sacando su arma reglamentaria y revisando el cargador con una frialdad mecánica que contrastaba con la desesperación de sus ojos—. Esteban, llévatela. Ahora. Si no salen en treinta segundos, el gas nos atrapará a todos.
Esteban agarró el brazo de Anya con una fuerza sorprendente para su edad.
—Viene el Auditor Jefe, Ian. Lo siento en el aire. Si sales de esta, búscanos en el punto de encuentro "Delta".
Anya luchó, pero la fuerza de Esteban y la urgencia del momento la obligaron a retroceder hacia la trampilla del suelo. Sus ojos se encontraron con los de Ian por última vez antes de que la oscuridad del sótano la tragara. La mirada de él no era de despedida, sino de una resolución feroz.
Ian se puso en pie en medio de la sala en ruinas. El humo empezaba a disiparse, revelando tres figuras vestidas de negro táctico que entraban por la puerta destrozada. No eran soldados comunes; eran Auditores, hombres sin nombre, sin pasado, la encarnación misma de la voluntad del Registro.
—Agente Ian —dijo la figura central, cuya voz estaba distorsionada por un modulador electrónico—. Tu desvío ha terminado. Entrega a la mujer y el código fuente, y quizás tu borrado sea indoloro.
Ian sonrió, una mueca carente de alegría, mientras levantaba su arma.
—El problema de borrar a alguien —dijo Ian, sintiendo cómo la adrenalina quemaba el cansancio de sus músculos— es que dejas un vacío. Y yo voy a llenar ese vacío con los cadáveres de cada uno de ustedes.
El primer disparo de Ian dio en el blanco, y la cabaña, que una vez fue un refugio de paz, se convirtió en un matadero. En su mente, solo había una imagen: Anya corriendo por el bosque, viva. Si tenía que convertirse en el monstruo que ella temía para salvarla, lo haría con gusto. Prefería ser un recuerdo sangriento en la mente de ella que una tumba olvidada en los archivos del Registro.