El Hospital Bernet siempre ha sido un lugar de segundas oportunidades… pero también de secretos que nunca sanaron.
Después de años lejos, Claudia Borges regresa para trabajar como interina, acompañada de su pequeña hija. Todos creen que la niña es hija de Agustín Murillo, su novio fallecido en un accidente.
Todos… menos alguien.
El doctor Osmán Bernet, hermano gemelo de Agustín, carga con un estigma que no merece: fue señalado como el villano de la historia, el que “arruinó” la relación de su hermano, el que siempre estuvo un paso detrás. Pero solo él conoce la verdad… o parte de ella.
Porque aquella noche en que Agustín la abandonó enferma, fue Osmán quien la cuidó.
Fue Osmán quien la sostuvo bajo el agua tibia.
Fue Osmán quien escuchó su llanto, su fiebre, su ruego…
Y fue a él a quien Claudia entregó su cuerpo sin saber que no era Agustín.
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Destinos...
La mirada de Patrick se volvió fría. Entrecerró los ojos como si las palabras de Manríquez fueran una ofensa personal.
—Se supone que soy el líder, el CEO de este hospital—escupió furiaso—. ¿Y mi voz no cuenta aquí?
—No —respondió Manríquez con firmeza—. No cuando se trata de vidas humanas.
El hombre mayor se puso de pie con lentitud, pero con la autoridad que siempre lo caracterizó. Antes de salir, se volvió hacia Patrick y le dijo.
—Estoy viejo, sí. Tal vez en mis últimos días… y sé que estás esperando que me retire. Pero no te la dejaré fácil. No tengo descendientes, pero encontraré a alguien que te ponga en tu lugar. Eso te la juro.
Manrique, abandonó la sala y azotó la puerta. Una vez dentro del ascensor, llevó una mano al pecho.
—Dios… dame más tiempo. O envíame a esa persona —susurró.
Pero la vida tiene maneras de cruzar caminos justo cuando deben cruzarse.
En el siguiente piso, las puertas se abrieron y subió una joven. Su mirada era penetrante, el rostro firme, el cabello castaño cayendo en ondas suaves y unos ojos verdes que parecían leer el alma. Era Claudia Borges.
Apenas se cerraron las puertas, sacó su teléfono y realizó una llamada.
—Sí, amiga… ya llegué a la ciudad donde todo comenzó. Pero no sabes lo que vi hoy —murmuró—. Hay un doctor idéntico a Agustín.
—Amiga, no me digas… ¿será hermano, primo… algo? —preguntó Raquel al otro lado.
—No lo sé, pero si tiene relación con él, no puedo acercarme. Recuerda que Patrick Bernet me amenazó… siempre creyó que yo provoque el accidente. Me culpó de todo. Nunca pude demostrar que ellos discutían ese día. Que fue su culpa.
Manríquez, que estaba justo detrás de ella, y levantó la mirada al escuchar el nombre de Patrick.
Ella…
¿Esa era la novia de Agustín?
El muchacho que jamás debió morir tan joven.
—Raquel, nos vemos más tarde. Pasaré por tu restaurante y hablamos con calma —dijo Claudia.
—De acuerdo, amiga. Te espero —respondió Raquel.
Claudia colgó justo cuando el ascensor llegó a su piso.
—Necesito los resultados de la niña Cassandra —dijo al salir, ajena a que Manríquez la observaba con creciente interés.
Cuando las puertas se cerraron, el médico mayor sonrió apenas.
—Así que ya conoció al rebelde de Osmán… Tanto padre como hijo necesitan a alguien con carácter que los ponga en su lugar —susurró—. Creo que es ella.
Manríquez había encontrado a la persona que buscaba.
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Al caer la tarde…
Después de horas de tensión, Claudia terminó su turno. Se cambió la ropa médica por un atuendo elegante: tacones finos, pantalón entallado y una blusa sobria. Al mirarla, cualquiera pensaría que era una chica adinerada, mimada, de esas “niñas de papi” que muchos critican sin conocer.
Al otro lado del vestidor masculino, Osmán también se cambiaba.
Reemplazó sus zapatos por tenis extravagantes, se vistió completamente de negro y se puso una gabardina larga.
Cuando alborotó su cabello, parecía más un músico de rock que un médico.
Ambos salieron al mismo tiempo. Iban distraídos, cada uno sumido en sus propias preocupaciones… lo que provocó que chocaran de frente.
—Disculpe, señorita —dijo él sin reconocerla.
Claudia abrió los ojos con incredulidad.
—¿Pero qué…? —lo señaló de pies a cabeza—. ¿Qué es esto? Preguntó aguantando la risa.
—¿Esto? —repitió él—. Soy yo, doctora. ¿No está viendo?
—Lo veo. Y es… ridículo.
Ambos minaron en dirección al estacionamiento, mientras Claudia seguía sacudiendo la cabeza.
—Solo falta que tu transporte sea una moto —dijo burlona—. Ahí sí que me harías el día.
Osmán se detuvo de inmediato y la miró con una sonrisa llena de arrogancia.
—En primer lugar, no soy tu payaso para entretenerte.
En segundo… sí tengo una motocicleta.
Y tercero… —El joven se acercó y le tocó la cintura con un gesto descarado— te aseguro que cuesta más que tu carro. Necesitarías cinco riñones para comprar una similar.
La mano del doctor se deslizó hasta el pecho de ella, apenas rozándolo.
—Por eso me gustan las chicas rebeldes… porque ustedes, las niñas ricas, me dan asco.
Claudia sintió el golpe en el orgullo. Le ardió la sangre. Ya que trabaja mucho por mantener a dos personas que amas con todo su ser.
—Sabes qué… —respiró hondo—. No te pareces en nada a él. No sé cómo pude compararlos. Nunca llegarás a los talones de Agustín. El nombre lo dijo casi sin aliento, le era difícil recordar a su novio.
El golpe fue certero. Una herida en un lugar que Osmán creía cicatrizado.
Él no sabía que Claudia se refería a la misma persona con la que siempre lo compararon en casa. No logró escuchar que ella mencionó el nombre de su hermano.
—Vete al demonio —gruñó—. Ni siquiera te he dado permiso de tutearme.
Furioso, encontró su motocicleta y pasó cerca de ella acelerando con fuerza para hacer el mayor escándalo posible.
Pero apenas diez metros después, frenó de golpe. Ahí, una chica apareció y subió a la moto y se aferró a él como si fueran amantes de años.
Osmán se alejó sin mirar atrás.
—Estúpido payaso… —masculló Claudia antes de subir a su auto.
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Una hora después, en la Cafetería de Raquel
—¿Raquel? —Claudia la vio de espaldas.
La joven volteó y pegó un grito.
—¡No puede ser! ¡Amiga! —corrió a abrazarla—. ¡Es cierto! ¡Estás aquí!
—Por supuesto —sonrió Claudia—. Y ahora te veré más seguido.
Las dos se sentaron entre cafés y helados para ponerse al día.
—¿Todavía cuidas a tu papá? —preguntó Raquel con suavidad.
—Sí. No puedo descuidarlo. Llevo años luchando contra su enfermedad… y siento que cada día lo consume más. Pero sigo intentando…
—Clau… lo siento tanto. Debe ser durísimo estudiar medicina para salvarlo… y no haberlo logrado aún.
Claudia sonrió, pero sus ojos se humedecieron apenas.
—Algún día lo lograré. Mientras tanto, sigo pagando sus medicamentos. Son muy caros, pero este nuevo trabajo me ayudará con las deudas.
—Ay, amiga… —Raquel probó una cucharada de helado—. Te admiro demasiado.
Claudia bajó la mirada, pensativa, sin saber que su verdadero destino… acababa de cruzarse con ella ese mismo día.
los padres nunca deben tener favoritos 😭😭😭😭😭😭