Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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lo que crece en silencio
Mi embarazo continuó sin problemas, demasiado tranquilo para la tormenta que llevaba dentro.
No hubo desmayos dramáticos ni urgencias médicas que obligaran a Elias a fingir preocupación. Mi cuerpo respondía bien, obediente, como si incluso él supiera que no podía fallarme ahora.
Irónico, todo en mi vida parecía funcionar mejor cuando estaba sola.
Elias nunca me acompañó a un solo control.
Al principio me molestó, no por su ausencia, sino por lo que significaba. Era la confirmación de lo que siempre supe y aun así me negué a aceptar: yo era una obligación, un error maquillado de compromiso. El bebé, una consecuencia, nada más.
Pero no lo necesitaba.
Ahí estaba Diego.
Siempre Diego.
Sentado en la sala de espera con un café que jamás terminaba, atento a cada palabra del médico, memorizando fechas, preguntando cosas que ni siquiera yo pensaba preguntar. Diego sabía mis antojos antes de que yo los pronunciara. Aparecía con frutas cortadas, con helado a deshoras, con esa sonrisa que no exigía nada a cambio.
—Es normal —decía—. Tu cuerpo está creando vida.—
Nunca dijo el hijo de Elias.
Nunca lo necesitó.
Había algo profundamente peligroso en eso, en la naturalidad con la que ocupó un espacio que no le correspondía, pero que nadie más quiso ocupar. En la forma en que me miraba el vientre como si fuera un milagro y no una estrategia.
Quise mirarlo con otros ojos, lo juro.
Hubo noches en su apartamento, ese refugio silencioso donde nadie me exigía ser perfecta ni cruel, en las que pensé que, si la vida concediera segundas oportunidades, Diego sería mi elección. El único al que podría entregarle todo de mí… incluso lo que nunca mostré.
Allí yo no era la esposa Montenegro.
No era la villana.
No era la hija de Carola Vidala.
Era solo Araceli.
Deseada.
Escuchada.
Amada, quizá.
Pero mi destino ya estaba sentenciado.
Y yo no quería contaminarlo con mi esencia, con esta maldad que se me pega a la piel como un perfume viejo. Diego no merecía cargar con mis sombras, con mis planes, con las consecuencias de una guerra que no era suya.
No puedo soñar.
Nunca pude.
Soñar es para quienes creen que el mundo devuelve lo que quita. Yo aprendí muy pronto que el mundo solo cobra intereses.
Aun así, esos momentos eran únicos, en su cama, envuelta en sábanas que no olían a obligación, sentía algo parecido a la paz. Y eso me asustaba más que cualquier traición, porque la paz debilita, hace bajar la guardia.
Y yo no podía permitírmelo.
Tampoco permitiré que mi egoísmo dañe al pequeño ser que crece en mi vientre.
Lo veo en las ecografías, una sombra con forma, un latido insistente. Lo siento moverse, patear, reclamar espacio. Y algo, muy en el fondo, comienza a surgir, un sentimiento que no sé nombrar sin miedo. Un deseo de querer más, de proteger, de quedarme.
¿Será esto el amor?
No lo sé.
Nunca lo sentí antes sin condiciones.
Pero ahí siempre está mi madre para recordarme quién soy. Para recordarme que ese pequeño ser no es solo un hijo, es un vínculo. Un ancla, un seguro, una garantía.
—No te confundas, Araceli —me dijo una tarde, observando mi vientre como si fuera una inversión—. Ese niño es tu poder.—
Y el sentimiento se apagó.
Como siempre.
Porque en mi mundo, querer demasiado es perder.
Y yo no nací para perder.
Estaba con Diego en su apartamento cuando dudé por primera vez de mi propio plan.
No fue un golpe, ni una revelación estruendosa. Fue algo mucho más peligroso: una caricia lenta, honesta, sin intención oculta. Estábamos sentados en el sofá, la tarde cayendo en silencio, la ciudad lejos.
Diego no hablaba, nunca llenaba los espacios con palabras inútiles, solo estaba ahí, como si eso bastara.
Apoyé la espalda y dejé que el cansancio me alcanzara, él se arrodilló frente a mí, con cuidado, como si temiera romper algo frágil. Sus manos llegaron a mi vientre y se detuvieron un segundo, pidiendo permiso sin decirlo. Asentí. Entonces acarició la curva que ya no podía ocultarse. No fue posesivo, no fue urgente, fue devoto.
Sentí al bebé moverse.
—¿Lo sentiste? —pregunté, sorprendida por la emoción en mi propia voz.
Diego sonrió, una sonrisa que no necesitaba promesas, se inclinó y besó mi vientre con una ternura que me desarmó. No el beso de quien marca territorio, sino el de quien agradece. Apoyó la frente allí, respiró hondo, como si ese latido también fuera suyo.
—Maximus —dijo, en voz baja—. El más grande.—
El nombre se me quedó pegado al pecho.
Maximus.
No era una estrategia, no era un cálculo, era un deseo. Y eso me hizo retroceder por dentro. Porque yo había construido todo para no desear, para no sentir. Porque mi plan no tenía lugar para nombres susurrados ni besos sin testigos.
Quise decir algo ingenioso, algo que mantuviera el control, no salió nada.
Diego volvió a besarme el vientre y luego me miró, no buscaba nada, no pedía nada. Esa ausencia de demanda me asustó más que cualquier ultimátum. Porque el poder siempre se negocia cuando alguien quiere algo de ti. ¿Pero qué haces cuando te ofrecen todo sin pedirte nada a cambio?
Pensé en Elías, en su distancia medida, en las reglas, en la culpa administrada, pensé en mi madre, en su voz recordándome que el niño era un ancla, un seguro, un arma. Pensé en Yubitza, en el tablero, en las piezas moviéndose como debían.
Y por primera vez, sentí el vértigo de estar equivocada.
¿Qué pasaría si no siguiera el plan hasta el final?
¿Qué pasaría si Maximus no fuera un medio, sino un fin?
¿Qué pasaría si yo… elegía?
Diego se levantó y me rodeó con los brazos, con cuidado, como si el mundo pudiera quebrarse si apretaba de más. Apoyé la cabeza en su pecho y escuché su corazón. Era estable, confiable, no latía por ambición, sino por presencia.
—No tienes que ser fuerte aquí —dijo—. Conmigo no.—
Cerré los ojos.
Ese fue el momento exacto en que dudé, no del mundo, ni de los demás, dudé de mí, de la Araceli que siempre gana. De la villana que no se permite flaquear, dudé porque, por un instante, quise creer que podía ser otra cosa.
Pero la duda es un lujo caro y yo aprendí a pagar siempre con intereses.
Aun así, cuando Diego volvió a besar mi vientre y repitió el nombre, algo se movió dentro de mí, más fuerte que el miedo.
Maximus.
El más grande.
Y por primera vez, mi plan dejó de sentirse perfecto.
sería increíble que Araceli le dijera y le entregará al Elías sin reclamos comí siempre eso la aria arder más a la Yubitza 😂
le dije les dije desde el primer capítulo la autora quiso o hizo que odiaríamos a la equivocada🤭🤭🤭
y yo estoy en esas por que en el primer capítulo como le eche más a Araceli pero ahora amo su frialdad
ojalá también sepa que tiene a una empleada traidora en su casa 😡