Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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EL COMBUSTIBLE.
El acuerdo con Caeleen era una prisión de terciopelo, pero la primera salida pública sería su prueba de fuego. Una cena benéfica en el Museo de Arte Contemporáneo. Azren se ajustó la corbata frente al espejo, viendo el reflejo de un impostor con la boca del estómago hecha un nudo.
Caeleen lo recogió en silencio. En el coche, las instrucciones fueron escuetas, dichas sin mirarlo: "Sonríe. Asiente. No te apartes de mi lado."
Azren asintió, aunque Caeleen no lo vio. Miró por la ventanilla mientras el coche avanzaba hacia el centro. Las luces de la ciudad se reflejaban en el asfalto mojado. Lloviznaba. El mundo parecía tan normal ahí fuera.
—¿Estás nervioso? —preguntó Caeleen de repente. Su voz había perdido el filo de las instrucciones. Sonaba casi... curiosa.
—¿Debería estarlo?
Caeleen sonrió. Una sonrisa pequeña, sin mirarlo.
—Sí. Pero no pasa nada. Los nervios se notan menos que la indiferencia.
Azren no supo qué hacer con esa respuesta. Así que se quedó callado.
El salón del museo era un hervidero de susurros caros y miradas evaluadoras. Candelabros de cristal colgaban del techo, la vajilla era de porcelana con ribetes dorados, los camareros se deslizaban entre la multitud con bandejas de champán como si llevaran años entrenando para ello.
Caeleen, con un esmoquin que era menos un traje y más una armadura, colocó una mano en la espalda baja de Azren al entrar. Una marca de propiedad pública. El calor de esa mano atravesaba la tela de la chaqueta, quemaba.
Azren sonrió. Los músculos de la mandíbula le temblaban, pero sonrió.
—Relaja la cara —susurró Caeleen, sin mover los labios—. Pareces un muñeco de ventrílocuo.
—Tú relaja la mano —respondió Azren en el mismo tono—. Parece que vas a esposarme.
Caeleen apretó los dedos un instante, un castigo breve, pero no apartó la mano.
Fue entonces cuando Azren captó fragmentos de conversación al pasar:
"—…confirmado por la revista Hola!, parece ser…"
"—…boda del año, sin duda. Una unión de familias poderosas…"
"—…él, con ese profesor… qué contraste, ¿no?"
Un frío repentino le recorrió la columna. No. No podía ser. Miró de reojo a Caeleen, pero su perfil era de piedra, impasible. ¿Lo sabía? ¿Era esto parte de su juego?
La respuesta llegó antes de que pudiera procesarla.
Darius hizo su entrada.
No con León. Solo. Su esmoquin era una obra de arte sobre su palidez, pero su serenidad habitual estaba rajada por una tensión vibrante, eléctrica. Los ojos azules barrieron la sala y se clavaron en ellos no con tristeza, sino con una ira caliente y nítida. Había oído los rumores. Los había creído.
Caeleen lo notó al instante. Una esquina de su boca se elevó en una mueca de satisfacción. Su mano en la espalda de Azren apretó con fuerza. Mira, decía ese gesto. Mira lo que hemos desatado.
Darius se acercaba. Pero Azren ya no lo miraba a él. Buscaba a otro.
Y lo encontró.
León estaba en un rincón, junto a una columna de mármol. No llevaba copa. Tenía las manos en los bolsillos y una expresión que era demasiadas cosas a la vez: cansancio, resignación, y algo que podía ser... ¿curiosidad? No miraba a Darius. Miraba a Azren. Directamente. Como si esperara algo.
Azren sintió un vuelco en el estómago. León estaba allí. León lo había visto todo. León sabía.
Y sin embargo, no se movía. No intervenía. Solo observaba.
Darius se abrió paso entre la multitud con una elegancia forzada. En su mano, una copa de vino tinto temblaba levemente. Cuando llegó frente a ellos, sus ojos pasaron de Caeleen a Azren, y algo en su expresión cambió. Por un instante, la furia dio paso a otra cosa. A algo que podía ser sorpresa. O reconocimiento.
—Caeleen. Azren —los saludó. Su voz era suave, pero tenía el filo del cristal roto—. Veo que los… rumores llegan rápido. Mis más sinceras felicitaciones.
Azren sintió que el suelo cedía. Era verdad. Los medios habían filtrado el "compromiso". O alguien lo había filtrado. No sabía quién, no sabía cómo, pero ahora estaba ahí, flotando en el aire entre ellos.
—Los rumores exageran, Darius —dijo Caeleen. Su tono era deliberadamente ambiguo—. Pero Azren, sin duda, tiene un efecto… calmante. Algo que a veces se necesita.
La palabra "calmante" actuó como un látigo. Darius palideció aún más. Sus dedos se cerraron alrededor de la copa con una fuerza que blanqueó sus nudillos.
—¿Calmante? —repitió. Y en esa sola palabra había incredulidad, desprecio, dolor.
—Sí —dijo Caeleen, impasible—. Cosas que… bueno, ya sabes.
Darius lo miró. Luego miró a Azren. Y en sus ojos azules, por un instante, Azren vio una pregunta silenciosa. ¿Tú también? ¿Tú también con él?
Azren no respondió.
Y entonces ocurrió.
Darius hizo un gesto con la mano que sostenía la copa. Un movimiento amplio, brusco. El vino saltó del cristal.
El líquido carmesí cayó sobre la pechera blanca de Azren. Una mancha fría y obscena que se extendió como un corazón sangrante. La copa se estrelló contra el mármol con un estallido que cortó toda conversación.
El silencio fue absoluto. Cien miradas se clavaron en ellos.
—¡Oh, lo siento! —exclamó Darius, llevándose una mano a la boca—. ¡Qué torpeza!
Pero sus ojos azules, fijos en Azren, brillaban con un desafío triunfante. No había sido un accidente.
Azren miró la mancha. Luego a Darius. Luego a Caeleen.
Caeleen observaba la escena con el interés calculador de quien ve cómo su plan se desarrolla mejor de lo esperado.
Y entonces Azren buscó a León.
León ya no estaba en el rincón. Se había movido. Estaba a unos metros, más cerca. Sus ojos claros se encontraron con los de Azren, y por un instante, todo lo demás desapareció.
León negó con la cabeza. Un movimiento mínimo, casi imperceptible. Pero claro. No lo hagas, decía ese gesto. No te rebajes a su nivel.
Azren sintió algo romperse dentro de él. No era dolor. No era rabia. Era otra cosa. Una furia quieta y glacial.
Y entonces, antes de que pudiera pensar, ya estaba hablando.
—No es nada —dijo. Su voz sonó clara en el silencio.
Tomó una servilleta de un camarero paralizado. Se secó las manos, goteantes de vino tinto. Luego alzó la mirada.
Primero a Darius. Vio el desafío vacilar por un instante. Luego a Caeleen.
—Bien —dijo, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Si el juego es mancharse…
Y entonces lo hizo.
Tomó el rostro de Caeleen entre sus manos manchadas de vino y lo besó.
No fue el beso de una farsa. Fue un asalto. Un beso posesivo, profundo, cargado de meses de rabia, frustración y deseo. Un beso que gritaba: Yo también puedo jugar.
Por una fracción de segundo, Caeleen se quedó inmóvil. Sorprendido.
Luego respondió. Con una intensidad feroz, devoradora. Un duelo.
Cuando Azren se separó, jadeando, el mundo era un coro de bocas abiertas. Vio a Darius, pálido como un espectro, el dolor en sus ojos desgarrador.
Y entonces vio a León.
León ya no negaba con la cabeza. Sus brazos habían caído a los costados. Su expresión era otra. Algo entre el asombro y algo que Azren no supo nombrar.
Caeleen lo soltó, respirando con fuerza. Su mirada era caótica, impredecible. Miraba a Azren como si lo viera por primera vez.
—Limpia esa mierda —ordenó con voz ronca, señalando la mancha.
Azren asintió y se alejó hacia los baños.
...--------♡--------...
El pasillo que llevaba a los aseos estaba vacío. Azren caminaba con paso firme, aunque por dentro temblaba. La mancha de vino se había extendido, pegada a la piel, fría.
—Azren.
La voz lo detuvo en seco.
Se volvió.
León estaba allí, apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos. Había salido de la sala principal sin que nadie lo notara. O quizás a nadie le importaba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Azren, la voz más áspera de lo que pretendía.
León se encogió de hombros. Un gesto cansado, sin energía.
—Lo mismo que tú. Intentando sobrevivir a esta noche.
Azren no supo qué decir. Se quedó mirándolo, con la camisa manchada, los labios aún ardiendo por el beso, el corazón desbocado.
—Eso ha sido… —empezó León, y se detuvo. Buscó las palabras—. No sé qué ha sido.
—Yo tampoco —admitió Azren.
León asintió lentamente. Luego señaló la mancha en su pecho.
—Deberías limpiarte eso. El vino mancha si no lo tratas rápido.
—Lo sé.
—Pero no te apresures —añadió León, y su voz tenía un matiz nuevo. Algo más suave. Más humano—. Quédate un rato aquí. Fuera están todos demasiado emocionados. No te van a echar de menos.
Azren lo miró. Vio al hombre del café. Al que había hablado con una calma desgarradora de su propia vida rota. Al que había dicho "yo ya estoy acostumbrado a sufrir en silencio".
—¿Tú cómo estás? —preguntó Azren.
León sonrió. Una sonrisa pequeña, triste.
—¿Importa?
—A mí me importaba cuando viniste a verme. Supongo que ahora puedo preguntar yo.
León lo miró un momento. Luego respiró hondo.
—Estoy como siempre —dijo—. Viendo. Esperando. Sabiendo que esto iba a pasar y sin poder hacer nada para evitarlo. —Hizo una pausa—. Aunque no me esperaba lo del beso. Eso ha sido… nuevo.
—¿Te ha molestado?
—¿A mí? —León negó con la cabeza—. No. Darius es el que tendría que estar molesto. Y lo está. Lo has visto. —Señaló hacia la sala con un gesto—. Está destrozado. Y lo peor es que no sabe si es por Caeleen o por ti.
Azren parpadeó.
—¿Por mí?
—Claro. Le has robado su papel. El de la víctima, el del amante despechado, el del que sufre en público. Ahora tiene que compartir escenario. Y no le gusta.
Azren no supo si reír o llorar. Todo era tan absurdo.
—No sé qué estoy haciendo —admitió—. Esto no era el plan.
—¿Había un plan? —preguntó León. Y no era una burla. Era curiosidad genuina.
—Un plan estúpido. Como todo lo que he hecho desde que conocí a Caeleen.
León asintió, como si entendiera perfectamente.
—Bienvenido al club —dijo—. Aquí todos tenemos planes estúpidos. La diferencia es que los tuyos, al menos, parecen funcionar.
—¿Funcionar?
—Has conseguido que Darius te odie y te tema al mismo tiempo. Eso no es fácil. Yo llevo años intentándolo y solo consigo que me ignore.
Azren se rió. Una risa corta, nerviosa, casi histérica. Pero era una risa.
León sonrió. Por un momento, pareció casi humano. Casi libre del peso que llevaba siempre.
—Escucha —dijo León, bajando la voz—. No sé qué va a pasar después de esto. Pero si necesitas… no sé, alguien con quien hablar. Alguien que entienda. Estoy aquí.
—¿Por qué?
León tardó en responder.
—Porque eres el único que parece tan perdido como yo —dijo al fin—. Y porque cuando me miras, no me ves como una víctima. Me ves como un tipo que tomó decisiones y ahora vive con ellas. Eso es… raro. Y agradable.
Azren sintió algo caliente en el pecho. No era amor. No era deseo. Era otra cosa. Reconocimiento. Compañerismo. Algo que no había sentido en mucho tiempo.
—Gracias —dijo.
—No me lo agradezcas todavía —respondió León, enderezándose—. A lo mejor mañana vuelvo a ser el dique silencioso que espera en casa. Pero esta noche… esta noche estoy aquí.
Se dio la vuelta para irse. Pero se detuvo.
—Ah, y Azren.
—¿Sí?
—Límpiate bien eso. El vino tinto es traicionero. Si no lo tratas ahora, se queda para siempre.
Y se fue, perdiéndose en el pasillo, dejando a Azren solo con la mancha y el eco de sus palabras.
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En el baño, Azren se miró al espejo. Tenía los labios manchados de vino, la camisa arruinada, los ojos brillantes. Pero también tenía algo más. Algo que no había tenido antes.
Un aliado.
O al menos, alguien que entendía.
Se limpió la mancha lo mejor que pudo. No desapareció del todo, pero se aclaró. Quedó una sombra rosada sobre la tela blanca. Una marca. Como las que dejaba la historia en todos ellos.
Salió del baño y volvió a la sala. La fiesta continuaba. Las miradas lo seguían. Caeleen lo esperaba con una copa de champán y una expresión que no supo descifrar.
—¿Todo bien? —preguntó Caeleen.
—Todo bien —respondió Azren.
Y por primera vez, casi lo creyó.