Una vez más Thiago (Rayo) tendrá que enfrentar a sus amigos, pero está vez su estrategia será otra,.
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furia y códigos.
Thiago no había notado que su esposa lo estaba observando; sin embargo, para Nicole no era un secreto que, aparte de ella, Rayo daría la vida por sus hijos. Pero aquel día había algo diferente: nunca lo había visto tan enojado, nunca había escuchado la furia en la que contestó.
Y ahí comprendió… Desde que era un bebé, Alberto se había convertido en el protegido de Rayo. Estaban los gemelos y Victoria, pero Alberto, con él, fue diferente. Peleaban, se retaban, sin embargo, al final todo terminaba bien: con consejos, aprendizajes mutuos, pero sobre todo con admiración y amor.
Sin contar que era el único que había mostrado interés en continuar el legado que don Alberto Beach había comenzado con tanto amor y devoción. Alberto era el único que continuaría con el legado de Thiago y su padre: ¿cómo no cuidar de su descendencia? ¿cómo no proteger la vida de su hijo?
Larios tocó el lado débil de Thiago, pensó Nicole al verlos cruzar el portón.
Esa tarde, Larios no solo arruinó el buen humor, también frustró la salida de los jóvenes. El CEO no permitió que Alberto saliera, no con Enrique furioso por ahí.
Aurora… Alberto la siguió con prisa. Él no sabía todo lo que ella había sentido. Ese enfrentamiento había sido por Mariana, además, Enrique la trató mal, la menospreció; en otras palabras, le dijo que no valía nada. En parte tenía razón: su madre había muerto.
Con respecto a su padre, ella no lo había dicho, pero era de apellido Boss. No había querido verlo y tenía sus motivos para no aceptar nada de él. Pero si lo quisiera, si su orgullo se lo permitiera, tendría más estatus que su rival en el amor.
Pero para conquistar el corazón de un chico no hace falta dinero, sino ser ella misma.
Ante la insistencia del joven, ella se volvió y le dijo:
—Alberto, sé que te preocupa que escape de aquí. Pero no puedo ir a ningún lado, no lo haré; solo quiero pensar.
Sus ojos la delataron, revelándose ante la presencia de Alberto, y dejaron escapar unas lágrimas.
—¡No quiero que siempre sea así! —exclamó ella—. Que me cuides cuando estás deseando correr tras ella, ve y búscala, dile que la amas, que guardas su regalo en tu bolsillo.
Esa mañana, ella había visto que, en medio del desayuno, Alberto sacó el collar y abrió su corazón: tenía la fotografía de ambos chicos. Al cerrarlo, quedaban juntos, cara a cara.
—Aurora… —Alberto titubeó—. ¿Por qué demonios es así? No puedo despreocuparme de ti.
Pensó antes de continuar:
—Solo mírame. Te voy a decir la verdad. Anoche pude ir a buscarla; estuve entre la espada y la pared. Eras tú o ella. ¿Lo entiendes? Eso responde a tu inquietud.
La mirada del joven fue sincera, al igual que sus palabras.
—Alberto, no lo sabías… —ella comenzó.
—Por supuesto que no lo sabías, no te lo dije —respondió él—. Pensé que te lo había dejado claro con mis acciones, Aurora. En este momento no sé lo que siento, pero si eso no te deja tranquila, no sé qué más hacer. Por ahora, no puedo demostrarte más.
Los jóvenes estaban debajo de un árbol; la sombra los protegía del sol.
Aurora volvió la noche anterior; Alberto tuvo un comportamiento distinto, hasta le dijo que deseaba volver a probar su cuerpo. También la acompañó hasta que despertaron.
—Alberto, muchas gracias por esto —dijo Aurora, abrazándolo.
Él apoyó el mentón en su hombro, pero su mirada estaba fija en la mansión, donde vio salir a Santiago. De inmediato, se corrió un poco con ella en brazos; el árbol los cubría de su sobrino.
—Aurora, Santiago se acerca, por favor, aún no digas nada. Que no sepa nada todavía.
A la larga, Alberto pensaba en el bienestar de ella, en cómo estaban las cosas. Era ella quien podía salir perjudicada, y eso lo preocupaba. Larios ya la había visto y arremetido contra ella; eso le demostraba que no se equivocaba.
La joven asintió y se separó de Alberto. Fue entonces cuando lo escuchó decir:
—Mi padre no nos dejó salir. Busquemos qué hacer aquí adentro. Propongo una película. Necesito no pensar… Larios alteró a todos en la casa, y Rayo aún seguía molesto.
—Ese hombre… no entiendo por qué Alberto no ha hecho nada. Si fuera yo, ese hombre estaría mordiendo el polvo. —Su furia se reflejaba incluso en la mirada.
—Hermano —intervino David—. Quería apaciguar a Thiago. Es tu hijo, y fue a él a quien amenazó. Si tú le diste luz verde y no ha hecho nada, será por algo.
David acertó: la clave de la calma de Alberto era la chica. De no haber sido por ella, desde que llegó, Larios ya se habría arrepentido del día en que se cruzó en su camino.
A un lado, Ricardo miraba el monitor y dijo:
—Oh, oh… eso no me gusta…
—¿Ahora qué? —preguntó Rayo, volteando furioso.
—Rayo, mira esto: Pedro Gómez, hijo de Octavio Gómez. Con razón ese tipo te dijo que solo existe un hombre capaz de jugar tu juego.
—Déjame ver… —los ojos del CEO se posaron sobre la pantalla—. El maestro de los Hackers, así es conocido en redes sociales.
—Ja, esto va a ser divertido —una sonrisa tenebrosa se dibujó en el rostro del empresario—. Tenía tiempo de sentir tanta paz; ya extrañaba a estos rufianes.
—Rayo —dijo David, captando la gravedad del asunto—. Tenemos que codificar bien tus cuentas. Si es tan astuto como dice, puede llegar a tu base de datos. Los sistemas están en peligro.
El silencio de Rayo fue ensordecedor; rara vez se quedaba sin palabras. Después de unos segundos, dijo:
—Fue ese bastardo quien dejó la cuenta de Alberto en ceros. Creo que, en efecto, es un enemigo de cuidado. Los cibernéticos son los peores enemigos que existen. Enrique Larios no es nada comparado con este tipo.
La conversación era entre los adultos, quienes se encerraron en el despacho para que nadie los escuchara. Sin embargo, Ricardo lanzó una pregunta que hizo que Alberto interrumpiera:
—Rayo, ¿qué harás?
—Atacaremos a Enrique Larios. —La puerta se abrió y Rayito dejó ver por qué desde niño se había ganado ese sobrenombre. Su mirada era igual a la de su padre.
—¿Cómo crees que eso pueda ayudar? —A Thiago no le sorprendió verlo, mucho menos su respuesta.
—Tengo un plan, lo pondremos en práctica —Alberto explicó lo que pretendía hacer.
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