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Dueño De Todas, Esclavo De Una

Dueño De Todas, Esclavo De Una

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: liligacaño

A sus 36 años, Alessandro De Luca es el heredero del imperio de moda más importante de Italia. Dueño de una prestigiosa agencia de modelos con sedes en Milán y Colombia, vive rodeado de lujo, poder y mujeres. Es un hombre frío, arrogante y mujeriego. Ninguna mujer ha logrado conquistar su corazón.
Desde niño, su padre decidió su futuro. Lo comprometió con Bianca Conti, una reconocida modelo italiana e hija de su mejor amigo y socio de la empresa. Para Alessandro, Bianca nunca ha sido el amor de su vida, solo la mujer perfecta para mantener la imagen de la familia ante la alta sociedad.
Antes de entregarle el control absoluto del imperio familiar, su padre le impone una última condición:
—Si quieres convertirte en el único dueño del Grupo De Luca, tendrás que casarte con Bianca. De lo contrario, jamás recibirás la presidencia ni la totalidad de la herencia.
Lo que Alessandro desconoce es que Bianca nunca ha permanecido a su lado por amor. La fortuna de su familia ha desaparecido y están

NovelToon tiene autorización de liligacaño para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: Un baile que nadie esperaba

Alessandro

Observé a Valentina desde la distancia.

Seguía riendo con Juliana mientras conversaban animadamente en la mesa. A pesar de la música y del ambiente de la discoteca, podía notar lo cómoda y relajada que se veía.

Marco me dio un ligero codazo.

—¿Vas a quedarte mirándola toda la noche o piensas hacer algo?

Solté una risa.

—Solo voy a saludar.

—Claro... "solo a saludar".

Negué con la cabeza y caminé hacia la mesa.

Al acercarme, Juliana fue la primera en verme.

—Miren quién volvió.

Valentina levantó la vista y me regaló una sonrisa cortés.

—Señor De Lucca.

—¿Puedo sentarme un momento?

—Claro.

Tomé asiento junto a Marco mientras todos continuaban conversando.

—¿Se están divirtiendo? —pregunté.

—Muchísimo —respondió Juliana—. Esta discoteca resultó mejor de lo que esperábamos.

—Me alegra escucharlo.

Durante unos minutos hablamos del ambiente, de la música y de la campaña de verano. La conversación era ligera y agradable.

Entonces comenzó a sonar una canción de ritmo latino.

Valentina sonrió de inmediato.

—Me encanta esta canción.

Sin pensarlo dos veces, me puse de pie y le extendí la mano.

—¿Me concede este baile, señorita Valentina?

Ella arqueó una ceja con diversión.

—¿Otra vez?

—Si esta vez acepta.

Dejó escapar una pequeña risa.

—Bueno... pero solo porque me gusta la canción.

Colocó su mano sobre la mía y sentí un ligero cosquilleo al entrelazar nuestros dedos.

La guié hasta la pista.

Juliana miró a Marco con una sonrisa llena de complicidad.

Marco solo pensó:

"Espero que esto siga siendo solo por la apuesta... porque empiezo a creer que la indiferencia de Valentina está conquistando a Alessandro."

Comenzamos a bailar.

Valentina movía las caderas con una naturalidad que hacía imposible apartar la vista de ella.

—¿Qué tanto me mira? —preguntó con una sonrisa juguetona.

—Intento descubrir si siempre bailas así de bien o solo quieres impresionarme.

Ella soltó una carcajada.

—Tal vez ninguna de las dos.

Giró sobre sí misma y volvió a quedar frente a mí.

—¿Y usted? ¿Siempre invita a bailar a sus modelos?

Sonreí.

—No. Solo a las que logran llamar mi atención.

Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.

—Entonces debe bailar con todas, porque todas llaman su atención.

Negué lentamente.

—Ellas no llaman mi atención. Soy yo quien llama la atención de ellas, y por eso me buscan.

Ella soltó una pequeña risa.

—Qué creído.

—¿Creído? Solo digo la verdad. No suelen resistirse a mí.

Sonrió aún más.

—Con razón le dicen el irresistible.

—Aunque lo digas con ironía... sigue siendo cierto.

La miré fijamente.

—Y tú tampoco te resistes a mí.

Ella negó con tranquilidad.

—No, señor De Lucca. Usted no causa ningún efecto en mí.

Aquellas palabras me golpearon más de lo que esperaba.

Sin pensarlo, la sujeté con un poco más de firmeza por la cintura y la acerqué a mí.

—¿Estás segura?

Ella sostuvo mi mirada con una sonrisa coqueta.

—Completamente segura.

Después se dio la vuelta para seguir bailando, moviendo las caderas al ritmo de la música. De vez en cuando me miraba por encima del hombro, provocándome sin siquiera intentarlo.

V

Aquello empezaba a inquietarme.

No podía ser cierto.

Todas las mujeres terminaban buscándome tarde o temprano.

Ella no.

Jamás.

Me incliné hacia su oído.

—Entonces... ¿por qué me miras con esa cara tan coqueta?

Valentina sonrió divertida.

—Yo miro así. No significa que esté coqueteándole. Es mi forma de ser.

Continuó bailando con total naturalidad.

Me acerqué aún más.

—Entonces sígueme mirando así... con eso me basta.

Ella volvió a sonreír.

La música hizo que nuestros cuerpos comenzaran a entenderse a la perfección.

No podía negar que había química.

Valentina también lo sentía, aunque se negara a admitirlo.

En el fondo recordó las palabras de Isa:

"Déjate llevar. Ya sufriste demasiado por un hombre que nunca supo valorarte."

Pensó en todas las veces que su novio la había engañado.

Habían sido demasiadas.

Y cada una había dejado una herida.

Aquella noche decidió dejar de pensar por unos minutos y simplemente disfrutar del momento.

Pero tenía algo muy claro.

No iba a involucrar el corazón.

Podía admitir que Alessandro era atractivo, encantador y tremendamente seguro de sí mismo.

Precisamente por eso debía mantener la cabeza fría.

Conocía perfectamente la clase de hombre que era.

Y no estaba dispuesta a sufrir otra vez.

Seguimos bailando.

En un momento ella quedó de espaldas contra mi pecho.

El movimiento de nuestras caderas era perfectamente sincronizado.

Luego giró lentamente hasta quedar frente a mí.

La sujeté otra vez por la cintura y la acerqué aún más.

Ella apoyó las manos alrededor de mi cuello.

Nuestros rostros quedaron a pocos centímetros.

Sin dejar de mirarla, sonreí.

—Valentina... ¿me regalarías un beso?

Ella levantó el rostro y me miró directamente a los ojos.

Sonrió con dulzura para disimular el efecto que aquella pregunta había provocado en ella.

—¿Y eso, señor De Lucca?

—Sí... un beso. Si de verdad no genero nada en ti, podrías besarme con toda naturalidad.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Y usted cree que voy repartiendo besos por ahí?

—No. Pero conmigo podrías hacer una excepción.

—¿Y por qué tendría que hacer esa excepción?

—Porque así me demostrarías que realmente no sientes nada por mí.

Ella negó lentamente.

—Justamente porque no siento nada... no me nace besarlo.

Otra respuesta que golpeaba directamente mi orgullo.

Jamás una mujer me había rechazado tantas veces.

Respiré hondo.

—¿Tan desagradable soy?

Ella sonrió con sinceridad.

—No. Para nada. Solo que no me nace darle un beso.

La observé unos segundos.

—¿O será que te da miedo besarme porque sabes que podrías terminar cayendo rendida a mis pies?

Valentina soltó una risa divertida.

—Señor De Lucca... tiene el ego demasiado alto.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Está tan acostumbrado a que todas las mujeres estén detrás de usted... que no sabe cómo reaccionar cuando aparece una que no lo está.

Sus palabras volvieron a tocar mi orgullo.

—No. Lo que pasa es que tú intentas convencerme de que no te intereso... pero cada vez me demuestras lo contrario.

Ella arqueó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo?

—Porque no quieres besarme. Y eso solo significa que te da miedo descubrir que sí sientes algo.

Valentina sonrió.

Sin previo aviso, llevó ambas manos a mis mejillas.

Me quedé completamente inmóvil.

Y entonces...

Me besó.

Fue un beso corto.

Lento.

Suave.

Tan inesperado que durante un par de segundos me dejó completamente paralizado.

Después correspondí al beso con la misma delicadeza.

Cuando se separó, me miró divertida.

—¿Satisfecho?

La observé sin apartar la vista de sus labios.

—La verdad... quedaría más satisfecho con otro.

Ella soltó una carcajada.

Se acercó una vez más y me dio un pequeño beso sobre los labios.

Un simple roce.

Un pico.

Luego sonrió con picardía.

—Con ese tendrá que conformarse por hoy, señor De Lucca.

Se dio la vuelta y regresó caminando hacia la mesa, dejándome completamente solo en medio de la pista.

Me quedé inmóvil.

Nunca una mujer me había besado... y luego se había marchado como si nada.

Cuando llegué a la mesa, ella ya estaba sentada bebiendo una margarita.

Al verme acercar, levantó la copa hacia mí en un pequeño brindis acompañado de una sonrisa traviesa.

Yo negué con una risa.

Definitivamente estaba jugando conmigo.

Y, por primera vez en muchos años...

Era yo quien empezaba a perder el control.

Mientras tanto, Valentina dio otro pequeño sorbo a su margarita.

Por fuera seguía sonriendo con total tranquilidad.

Pero muy en el fondo debía admitir una verdad.

Aquel beso, aunque breve, le había gustado mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Y eso la obligó a repetirse en silencio:

"Nada de enamorarme... con él, jamás."

1
Genesis Paez
Que historia tan mala, pura habladera de paja
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