Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 17
Capítulo 17: No seas tan compasiva
Qué problema.
El problema, para Tomás Reyes, era que diciembre se acercaba y nadie en su círculo sabía descansar sin convertirlo en junta directiva.
—Navidad en Valle de Bravo —anunció en el hangar, como si acabara de resolver la paz mundial—. Hacienda de Santiago, aguas termales, lago, comida, cero padres incómodos. Bueno, quizá alguno, pero los escondemos.
Santiago lo miró por encima del café.
—Qué generoso de tu parte ofrecer mi casa.
—Para eso son los amigos con propiedades bonitas.
Máximo levantó la mano.
—Apoyo. Necesito un lugar donde Adrián pueda mirar el teléfono con cara de villano enamorado sin asustar al personal del aeropuerto.
Adrián pasó una página del informe.
—No voy.
Su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Máximo abrió los brazos.
—Va.
Santiago no sonrió, pero anotó algo en el calendario.
—Apartaré habitaciones.
La pantalla de Adrián mostraba un mensaje de Joaquín, no de Valentina.
"Juramento segunda tienda. Incidente en curso. La señorita Serrano está presente."
Adrián se levantó.
—Cambio de ruta.
Dos horas después, una camioneta negra se detuvo frente a la segunda tienda de Juramento en la Roma Norte. Adrián no bajó.
Joaquín, sentado adelante, observó el grupo reunido en la entrada: dos hombres con carpetas, una mujer joven llorando junto al mostrador y varios curiosos grabando con el celular.
—La joven es Mónica —informó—. Su familia debe dinero a una empresa de suministros. Los hombres dicen que ella ofreció vestidos de Juramento como garantía.
Adrián miró por la ventana.
Valentina estaba dentro de la tienda.
Vestía pantalón negro, camisa blanca y el cabello recogido con un lápiz porque, según había escrito en algún mensaje, "los broches baratos son una ofensa funcional". No llevaba la peineta. Por supuesto.
—¿Intervenimos? —preguntó Joaquín.
—No.
Dentro de la tienda, Valentina le quitó el celular a Paloma antes de que la pobre llamara a medio mundo.
—Respira.
—Jefa, están grabando.
—Mejor. Así todos oyen.
Mónica estaba pálida, con rímel corrido y una bolsa cara que ya no combinaba con el miedo en su cara.
—Lo siento —susurró—. Yo no dije que Juramento pagaría. Solo dije que conocía a alguien aquí, y ellos...
Uno de los hombres golpeó la carpeta contra el mostrador.
—La señorita Mónica firmó un reconocimiento de adeudo. Si no paga, embargamos bienes vinculados.
Valentina lo miró.
—¿Bienes de quién?
—De ella.
—Entonces están en la tienda equivocada.
—Ella dijo que aquí podían responder.
Mónica lloró más fuerte.
—Me asustaron.
Valentina tomó la carpeta.
El hombre intentó impedirlo.
—Eso es privado.
—Usted entró a mi tienda, levantó la voz frente a mis clientas y permitió que grabaran mi logo. La privacidad se le cayó en la banqueta.
Varias personas murmuraron.
Valentina abrió la carpeta. Leyó dos páginas, rápido. Luego dejó el documento sobre el mostrador y sacó su propio teléfono.
—Paloma, graba.
Paloma obedeció con la expresión de quien preferiría estar en una cueva.
—Señores —dijo Valentina, mirando a la cámara—. Juramento no tiene relación comercial con esta deuda. Esta tienda no firmó garantía, aval ni cesión de bienes. Si quieren cobrar, presenten la orden judicial correspondiente. Si vuelven a usar el nombre de mi marca para presionar a una persona en público, mi abogado les enviará una denuncia por daño reputacional.
El hombre de la carpeta se puso rojo.
—No nos amenace.
—No lo amenazo. Le estoy dando instrucciones para no empeorar su día.
El segundo hombre, más joven, bajó la voz.
—Solo queremos el pago.
—Entonces negocien un plan de pagos con quien debe. No con una boutique.
Mónica levantó la vista, temblando.
—Yo puedo pagar en tres meses si me dejan vender mi coche.
Valentina la miró.
—¿Tienes documentos del coche?
—Sí.
—Bien. Paloma, consigue una mesa. Mariana, llama a tu amigo abogado.
Paloma parpadeó.
—¿Mariana está aquí?
—Siempre está en algún lado.
Como si la hubieran invocado, el teléfono de Valentina vibró con una llamada de Mariana.
—Estoy viendo el live de Paloma. ¿Por qué siempre desayunas caos?
—Necesito un abogado que revise un plan de pagos, no un sermón.
—Te mando a Lorenzo.
—Gracias.
Valentina colgó y volvió a los hombres.
—Se sientan. Revisan. Firman algo limpio. Y luego se van sin volver a levantar la voz en mi tienda.
El hombre mayor quiso resistirse.
Miró las cámaras.
Miró a las clientas.
Miró el logo de Juramento.
Se sentó.
En la camioneta, Joaquín dejó salir una respiración casi imperceptible.
—Resolutiva.
Adrián no apartó los ojos de Valentina.
Ella no había llamado. No había mirado hacia afuera. No sabía que él estaba ahí.
Y aun así, había tomado el cuarto entero como si fuera suyo.
—Demasiado compasiva —dijo Adrián.
—¿Por ayudar a Mónica?
—Por dejar que se sienten.
Joaquín guardó silencio.
Diez minutos después, los hombres salieron de la tienda con carpetas firmadas y menos orgullo. Mónica se quedó dentro, llorando contra un pañuelo que Paloma le ofreció. Valentina no la abrazó. Le puso agua enfrente, una silla y una frase seca:
—No vuelvas a prestar mi nombre para cubrir miedo.
Mónica asintió.
—Gracias.
—Todavía no. Primero pagas.
Mónica soltó una risa rota.
El teléfono de Mónica vibró sobre la mesa.
Valentina no quiso mirar. No era su asunto. Entonces vio cómo la poca sangre que le quedaba a la chica se le iba de la cara.
—¿Quién es?
—Nadie.
Valentina extendió la mano.
—Mónica.
La joven dudó, luego giró la pantalla.
El mensaje no tenía firma, solo un número guardado como Carlos:
"No te escondas en boutiques finas. Hoy pagas o vienes al Club Dorado."
Paloma leyó por encima del hombro y soltó un insulto muy bajo.
—¿Carlos es de la empresa de cobro?
Mónica negó con la cabeza.
—Es... un conocido de mi papá. Dice que compró parte de la deuda. Yo no sé si es cierto.
—¿Te ha amenazado antes?
Mónica apretó el celular.
—Solo dice cosas.
Valentina conocía esa mentira. Las mujeres la usaban cuando querían que el miedo no creciera si lo nombraban.
—No vas a verlo sola.
—No quiero meterte en más problemas.
—Llegaste a mi tienda con problemas y cámaras. Ya estamos tarde para esa delicadeza.
Mónica soltó una respiración temblorosa.
—Mi familia antes tenía dinero. De verdad. Luego mi papá empezó a firmar cosas para tapar otras, y ahora todos creen que pueden cobrarnos como si fuéramos basura.
Valentina le acercó el vaso de agua.
—No eres basura. Pero tampoco eres una excusa para que destruyan mi marca. Vamos a separar las dos cosas.
Mónica asintió, llorando sin ruido.
Adrián vio ese gesto y algo en su rostro se tensó.
No alcanzaba a leer el mensaje desde la camioneta, pero sí vio cómo Mónica escondía el teléfono y cómo Valentina cambiaba de postura: menos comerciante, más escudo.
—Carlos —dijo Joaquín, revisando una alerta que acababa de llegarle—. El nombre aparece vinculado a la deuda.
—Investiga a esos hombres —ordenó.
—¿A los cobradores?
—A la empresa detrás. Y a Mónica. Si alguien la empujó hasta aquí, quiero saber quién.
Joaquín asintió.
—¿Le dirá a la señorita Serrano que estaba aquí?
Adrián miró a Valentina a través del vidrio.
Ella estaba limpiando el mostrador con sus propias manos, furiosa y concentrada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque puede resolverlo sola.
La frase no sonó a abandono.
Sonó, por primera vez, a respeto.
excelente
Gracias.