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Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Serena Mora necesitaba una olla muy grande.

La Orden de la Libertad le dio un patio lleno de losas peligrosas.

No era un intercambio justo.

El patio de pruebas estaba rodeado por gradas de piedra. En el centro, un cuadrado enorme de losas blancas, grises y rojas formaba un tablero. Al otro extremo, sobre un pedestal, descansaban varias placas de cobre. Cada aspirante debía cruzar, tomar una placa y regresar.

Una discípula explicó las reglas con una voz que no admitía preguntas:

—Las losas blancas son seguras. Las grises cambian de peso. Las rojas expulsan al aspirante del tablero. Pueden usar Éter para detectar estabilidad. No pueden volar, romper las losas ni recibir ayuda externa. Quien caiga o pise rojo, queda fuera.

Serena miró el tablero.

Luego miró sus manos.

—O sea, perfecto para mí.

Lilo, escondido bajo su capa, susurró:

—Detección de sarcasmo: alta.

—Detección de pánico: más alta.

León Castellar se inclinó hacia ella.

—¿Quieres que te guarde un lugar en la salida?

—¿Para cuando tú pierdas?

—Qué atrevida incluso frente al fracaso.

—Es mi mejor atributo según el mercado.

Rafael Vega, en la fila detrás de ellos, levantó una mano.

—Si alguien descubre cómo no morir, favor de compartir con los hermanos Vega.

Miguel Vega suspiró.

—No vamos a morir. Solo reprobar.

—Tu optimismo me conmueve.

Los primeros aspirantes cruzaron usando Éter. Algunos hicieron brillar las losas seguras con luz tenue. Otros flotaron apenas sobre sus propios pasos, sin violar la regla de no volar. Una chica de cabello verde llegó y volvió en menos de un minuto.

Serena observó.

No la magia.

Los pies.

Los que confiaban demasiado pisaban de frente y algunas losas grises se hundían un dedo antes de estabilizarse. Los más cautelosos probaban con la punta del zapato. Las rojas no siempre estaban donde parecían; algunas blancas tenían bordes casi rosados, como si quisieran engañar a los ojos.

—No mires el color —murmuró Adrián Navarro a su lado.

Serena giró apenas la cabeza.

Él no la estaba mirando. Tenía los ojos en el tablero.

—Mira el polvo.

Serena volvió al patio.

El polvo.

Las losas por donde habían pasado más aspirantes tenían marcas, pero no todas las marcas eran iguales. En algunas, el polvo se acumulaba en el borde; en otras, desaparecía del centro. Las rojas, al expulsar a quien las tocaba, tenían arañazos cerca, como si la gente hubiera intentado recuperar equilibrio.

Lilo hizo un sonido bajo.

—Observación válida.

—No te emociones, todavía puedo caerme en público.

El nombre de León fue llamado primero.

El príncipe cruzó con una mezcla ofensiva de elegancia y eficiencia. No fue el más rápido, pero sí el más teatral. Tocaba las losas con un pulso de Éter dorado antes de pisar, avanzaba sin ensuciarse y regresó con la placa de cobre entre los dedos.

—Sobreviví sin olla —dijo al pasar junto a Serena.

—Qué valiente.

Después fueron Rafael y Miguel. Rafael casi pisó una roja por saludar a una aspirante que no le estaba hablando; Miguel lo jaló del cuello a tiempo. Cruzaron juntos, discutiendo en voz baja todo el trayecto, y regresaron con una placa cada uno.

—Trabajo en equipo —dijo Rafael.

—Pánico compartido —corrigió Miguel.

Adrián fue llamado.

Serena contuvo el aire.

Él caminó sin prisa. No usó sombra. No usó luz. No usó nada que el tablero pudiera delatar. Pisó blanco, gris, blanco, gris, como si hubiera memorizado el peso de cada losa con solo mirarla. En el regreso, una losa gris cedió antes de tiempo.

Serena dio un paso.

Adrián ya se había movido.

Solo giró el tobillo y cambió el peso al borde de la losa vecina. Nadie más pareció notar lo cerca que estuvo de revelar reflejos imposibles.

León sí.

Serena también.

Adrián volvió con la placa y se colocó a un lado, inexpresivo.

—Serena Mora.

El nombre le cayó encima como un balde de agua fría.

Valentina Rojas, desde la zona de discípulos, alzó ambos pulgares.

—¡Paso lateral!

—Eso no ayuda —susurró Serena.

—Ayuda moral —dijo Lilo.

—Mi moral está en el suelo.

Serena entró al tablero.

La primera losa blanca sostuvo su peso. La segunda también. En la tercera, una gris, sintió un descenso mínimo bajo la suela. No se hundió por completo. Cambió el peso, como Valentina le había enseñado, y siguió.

No tenía Éter.

Pero tenía ojos, miedo y una necesidad enorme de no ser expulsada frente a León.

Observó el polvo, los arañazos, las esquinas limpias. Cuando dudaba, se agachaba y soplaba suavemente. El polvo se movía distinto en las losas más inestables, acumulado en pequeñas grietas. No era una ciencia exacta. Era una apuesta informada.

A mitad del tablero, el público empezó a murmurar.

—Está tardando mucho —dijo alguien.

—No tiene Don —respondió otro.

Serena apretó la placa de madera contra el pecho y siguió.

Una losa blanca frente a ella parecía segura. Demasiado limpia. Demasiado perfecta.

Serena sacó de su bolsillo un grano tostado que había quedado de la cena. Lo dejó caer.

El grano tocó la losa.

La piedra se volvió roja.

Un golpe de aire salió disparado hacia arriba y lanzó el grano tan alto que desapareció de vista.

Rafael, desde la fila, susurró:

—Honremos su sacrificio.

Serena no se rio porque estaba ocupada no morir de vergüenza.

Cambió de ruta.

Llegó al pedestal con las piernas temblando. Tomó una placa de cobre y miró el camino de regreso. Volver era peor: las losas habían cambiado de presión con los pasos anteriores.

Entonces vio las marcas de sus propias botas.

No podía usar Éter, pero podía regresar por donde ya sabía que su peso había pasado.

Piso por piso.

Respiración por respiración.

Cuando salió del tablero, el patio no aplaudió de inmediato. Hubo un segundo de silencio raro, como si todos estuvieran decidiendo si aquello contaba.

La discípula examinadora tomó su placa.

—Aprobada.

Serena sintió que las rodillas casi se le doblaban.

Valentina gritó primero:

—¡Eso!

Rafael aplaudió como si hubiera ganado él. Alicia sonrió con alivio. Tomás asintió, orgulloso en silencio.

León se acercó con los ojos brillantes.

—Usaste un grano.

—Murió por una causa noble.

—No tienes Don, pero eres molesta de una forma útil.

—Voy a poner eso en mi carta de presentación.

Adrián no dijo nada.

Pero cuando Serena pasó junto a él, escuchó su voz baja:

—No miraste el color.

Serena lo miró.

—Miré el polvo.

—Bien.

Una sola palabra.

Demasiado pequeña para significar algo.

La pantalla de Lilo apareció por un segundo.

Medidor de Afinidad: -123,432.

Serena tropezó con su propio pie.

Adrián la tomó del codo antes de que cayera.

La soltó de inmediato.

El contacto duró menos que un parpadeo, pero dejó a Serena más desorientada que todo el tablero. León lo vio. Valentina también. Rafael abrió la boca y Miguel se la cerró con una mano antes de que dijera algo que arruinara el momento.

Adrián ya miraba hacia otro lado.

Como si no hubiera pasado nada.

La discípula examinadora anunció desde el centro del patio:

—Los aprobados pasan a la segunda evaluación. Esta vez no bastará con observar.

Serena, todavía con el codo ardiendo donde Adrián la había sostenido, tragó saliva.

Claro, porque sobrevivir una vez nunca era suficiente.

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Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
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