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La Mujer del Capo

La Mujer del Capo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Izuki

Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.

Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.

Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.

Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.

Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.

En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?

*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*

NovelToon tiene autorización de Izuki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17

Las reglas del juego

La invitación llegó por mensaje, como todo lo que venía de Dante: breve, sin saludo, sin pregunta.

"Sube al Penthouse a las 8. Hay cosas que discutir."

Renata se cambió la blusa de la universidad por una de las que colgaban en el clóset que ella no había llenado, se cepilló el pelo, y a las ocho en punto tomó el elevador. El tablero tenía treinta botones. El último —piso 30— requería una tarjeta electrónica. Renata usó la suya; Dante la había programado para darle acceso.

Las puertas se abrieron a un vestíbulo pequeño con piso de mármol gris y una sola puerta de madera oscura. Joaquín estaba de pie a un lado, las manos al frente, inmóvil como un mueble. Asintió cuando la vio y abrió la puerta sin decir nada.

El Penthouse era exactamente lo que Renata esperaba y al mismo tiempo no lo era.

Esperaba lujo. Lo que encontró fue ausencia. Un espacio enorme —fácilmente tres veces su departamento— con techos altos, ventanales del piso al techo que mostraban Miravalle como un mapa de luces, y casi nada adentro. Un sofá largo de cuero negro. Una mesa de centro de cristal. Una cocina abierta con encimeras de mármol oscuro que parecían no haber sido usadas nunca. No había cuadros en las paredes, ni fotos enmarcadas, ni recuerdos de viajes, ni la acumulación de objetos que delata una vida. El lugar parecía un escenario montado para una sesión fotográfica que nunca se realizó.

Dante estaba de pie junto al ventanal con un vaso de whisky en la mano. La camisa blanca remangada, el pelo peinado hacia atrás, la silueta recortada contra el vidrio como una sombra chinesca. Cuando se giró, Renata notó algo que no había visto en los eventos: ojeras. Tenues, casi invisibles bajo la luz fría del departamento, pero ahí estaban.

—Siéntate —dijo, señalando el sofá.

Renata se sentó. El cuero crujió bajo su peso. Dante caminó hasta la mesa, tomó un folder negro y se lo puso enfrente.

—Los próximos treinta días —dijo.

Renata abrió el folder. Dentro había una agenda impresa con cuatro fechas marcadas en rojo: una cena de beneficencia para la Fundación Montero, un foro de inversión internacional en el Hotel Real de Miravalle, la asamblea anual de Grupo Montero, y una reunión familiar en la Hacienda. Cada evento tenía anotaciones al margen: código de vestimenta, hora de llegada, nombres de los asistentes clave, y un párrafo breve con el "objetivo de la noche".

No era una invitación. Era un manual de operaciones.

—¿Memorizo los nombres o me vas a dar fichas con fotos? —preguntó Renata.

—Los nombres los memorizas. Las fotos te las envío mañana. —Dante se sentó en el otro extremo del sofá, dejando un metro de distancia entre los dos—. En la cena de beneficencia necesito que hables con la esposa del cónsul francés. Se llama Marguerite Deschamps. Le gusta el arte y los gatos. Tú le vas a gustar.

—¿Porque hablo francés o porque no soy una amenaza?

—Porque eres inteligente y sabes escuchar. Eso es más raro de lo que crees en estos círculos.

Renata cerró el folder. Miró alrededor —no de manera obvia, sino con la técnica que había perfeccionado en las últimas semanas: movimientos naturales de cabeza, como alguien que admira un espacio nuevo—. A la derecha del pasillo principal había una puerta cerrada. No tenía manija convencional; tenía un panel numérico empotrado en la pared. El estudio de Dante. O lo que fuera que guardara detrás de una puerta con código.

Al fondo, junto a la cocina, otra puerta. Esta sí tenía manija, pero era más estrecha que las demás y estaba pintada del mismo tono que la pared, como si alguien quisiera que pasara desapercibida.

Y en la esquina del salón, apoyada contra la pared como un animal dormido, la guitarra.

Era de madera clara, con la caja redondeada y el mástil gastado en los primeros trastes —señal de uso, no de descuido—. No era un instrumento decorativo. Alguien tocaba esa guitarra con frecuencia.

—¿Siempre vives así? —preguntó Renata, dejando que su mirada abarcara el espacio vacío—. Sin nada personal en las paredes.

Dante bebió un trago de whisky.

—Las personas inteligentes no dejan rastros, Profesora.

La frase cayó entre ellos con un peso que iba más allá de la decoración. Renata la guardó en su memoria como se guarda una pieza de evidencia: con cuidado, sin tocarla demasiado.

—¿Puedo ver la vista desde el balcón? —preguntó.

—Es terraza. Y sí.

La terraza era una franja de loseta gris con barandal de cristal, suspendida sobre treinta pisos de vacío. Miravalle se extendía abajo: las luces del malecón, los faros de los coches en la avenida costera, y a lo lejos, la línea oscura donde la ciudad terminaba y empezaba la sierra. El aire era tibio y salado, con ese olor a mar nocturno que Renata todavía no asociaba con Miravalle sino con las vacaciones de la infancia en Puerto Vallarta.

Dante la siguió. Se recargó en el barandal con el vaso entre las manos y la vista al frente, como si la ciudad fuera algo suyo pero no algo que le importara.

Renata señaló la guitarra que se veía a través del ventanal.

—¿Tocas?

—A veces.

—¿Dónde aprendiste?

El silencio duró lo suficiente como para que Renata pensara que no iba a contestar. Después, con la voz baja y la mirada todavía en la ciudad:

—De niño. En otro lugar. En otra vida.

Otro lugar. Otra vida. Las palabras se instalaron en el pecho de Renata como una corriente eléctrica. Nico Bravo había crecido en Tierranegra, un barrio al sur de Miravalle donde las casas eran de lámina y los niños aprendían a correr antes que a leer. "Otro lugar" podía ser cualquier parte. Pero "otra vida" no era una frase que usara alguien que siempre ha sido quien dice ser.

—Todos tenemos otra vida —dijo Renata, tanteando el terreno.

—No como la mía.

Lo dijo sin drama, sin misterio fabricado. Lo dijo como quien constata un hecho, con la misma voz con que diría "el mar está salado". Y esa naturalidad fue lo que hizo que Renata sintiera un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento.

Volvieron adentro. Dante le sirvió un vaso de agua sin preguntarle si quería algo, como si supiera que ella no bebía alcohol cuando estaba trabajando —y siempre estaba trabajando—. Renata lo aceptó, tomó el folder de la mesa, y se dirigió a la puerta.

—Profesora.

Se detuvo.

—El folder quédatelo. Estúdialo. Te voy a necesitar preparada.

Renata asintió y salió. Joaquín cerró la puerta detrás de ella. En el elevador, bajando doce pisos, apretó el folder contra el pecho y pensó en lo que acababa de pasar.

---

En su departamento, cerró la puerta con llave y se sentó en el sillón de la sala. Abrió el cuaderno y dibujó un plano rudimentario del Penthouse: la puerta con código a la derecha del pasillo, la puerta angosta junto a la cocina, la guitarra en la esquina, la terraza al fondo. Marcó las distancias aproximadas, la orientación de las ventanas, la posición de las cámaras que había notado en el vestíbulo.

Después cerró el cuaderno y miró el folder negro que Dante le había dado.

Sus dedos habían tocado las mismas páginas que los de Dante. El plástico de la cubierta era liso, oscuro. Si había huellas dactilares, estarían ahí. Y si podía comparar esas huellas con las de la ficha de Nico Bravo que guardaba en su oficina de la Universidad...

No era experta en dactiloscopia. Necesitaba a alguien que supiera. Alguien de confianza. Alguien que tuviera acceso a un laboratorio o al menos a una lupa y polvo revelador.

Pensó en Paulina. Paulina conocía gente. Periodistas, abogados, algún perito forense desencantado del sistema que aceptara trabajar fuera del radar.

Guardó el folder en una bolsa de plástico con cierre —para no contaminar las superficies— y lo metió debajo del colchón.

Mañana llamaría a Paulina.

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Luz Mary Gomez Sierra
mucha adrenalina toda la novela gracias autora espero haya epílogo
Luz Mary Gomez Sierra
yo estoy nerviosa con un nudo en el estómago ya mismo le diría la verdad
Luz Mary Gomez Sierra
en la oficina de la u no vio en el techo la USB que escondió ahí?
Luz Mary Gomez Sierra
no me diga que Nico ya la encontró y mínimo Andrés ya tiene otro amor
Luz Mary Gomez Sierra
bueno Renata estás jugando a dos bandas al tiempo no has roto la relación con Andrés creo que eso traerá problemas no crees?
Luz Mary Gomez Sierra
párese que soy yo tengo miedo de llegar por favor mi corazón se va a salir de mi pecho
Luz Mary Gomez Sierra
ya está más enamorada de el acéptalo Renata entonces que pasa con el amor de Andrés
Graciela Saiz
hasta acá llegué me canso ..
Graciela Saiz
aburrida 🙄
Graciela Saiz
muy aburrida 🙄
Graciela Saiz
Andrés no se merece la mentira, 😡vos no lo mereces
Luz Mary Gomez Sierra
está niña se está metiendo en la boca del lobo ojalá no le suceda lo que a Tomás es muy arriesgada o valiente psrese que soy yo quien este sufriendo por Andrés
Luz Mary Gomez Sierra
muy arriesgada la profe debió confiar en Andrés el ha sido bueno con ella
Georgina Tejeda
Si le dice a Nico q está esperando un hijo pueda q el se entregue ya q el no tiene la culpa fue el viejo q ahora quiere casarlo con su amiga tiene q ser ahora no después
Nereida Hernández montes
pero no te imaginas que te mandé a vigilar y tenga cámaras en su despacho 😈👿😭 estás jugando con fuego y te puedes quemar 😭
Rosario Pelaez
un poco confusa había diálogos que no concordaban pero pues entretenida
Nereida Hernández montes
Por Dios vete lo más rápido posible
Nereida Hernández montes
Hay debe haber cámaras ocultas trata de no hablar cosas delicados solo escribir y borrar
Nereida Hernández montes
Cuídate mucho
Nereida Hernández montes
Pero yo me preguntó por qué no te disfrazas y escondes los papeles y borra esos mensajes 😈👿😭 estás trabajando para asesinos y con contacto ponte pilas
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