Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 17
Capítulo 17
En el auto, Sol abrió la aplicación de la cámara.
Bruno estaba acostado en silencio.
La imagen fija, el cuarto oscuro, la manta fina sobre su cuerpo. Todo parecía tranquilo.
Sol se apoyó contra el respaldo y se apretó las sienes. La mitad del miedo se le fue del pecho.
En la residencia, Marta se quedó parada frente a la puerta del dormitorio de Bruno.
Dudó.
Después empujó la puerta.
Cuando Bruno cayó en coma, la persona que la había llamado le pidió que actuara desde adentro. Al principio, Marta eligió lo más lento: darle poca comida, comida fría, dejarlo adelgazar. Funcionó. Bruno se fue quedando en huesos y el dinero empezó a entrar.
Pero Don Ernesto trajo a Sol.
Sol cocinaba, abría las cortinas, lo limpiaba, lo alimentaba, lo giraba, le hablaba. En pocos días Bruno empezó a tener mejor color.
La persona del teléfono la había insultado.
Marta no podía esperar más.
Ya lo había intentado una vez: girarlo boca abajo, hundirle la cara contra una almohada blanda y volver a acomodarlo por la mañana. Nadie podría probar nada.
Pero al otro día Bruno seguía boca arriba, respirando, con la cara incluso menos gris.
Esa noche iba a hacerlo otra vez.
Y esta vez llevó el celular para sacar una foto y mandarla como prueba.
En la pantalla del auto, Sol vio la puerta abrirse.
Se enderezó.
Marta entró de puntas de pie, se quedó al lado de Bruno, miró alrededor y levantó el teléfono. Después, sin dudar, apoyó las dos manos en el cuerpo de Bruno y lo giró con fuerza.
La cara de Bruno cayó contra la almohada.
La tela se hundió bajo su nariz y su boca.
—¡Ah!
Sol gritó. El celular se le cayó al piso del auto.
El chofer frenó un poco.
—¿Señorita? ¿Está bien?
Sol levantó el teléfono con las manos torpes. En la pantalla, Bruno seguía boca abajo.
Eso era matar.
No una sospecha.
No una escena que ella imaginaba por ver demasiadas series.
Matar.
Sol era una chica común. Estudiaba, trabajaba, cuidaba a su madre, juntaba plata, corría colectivos. Nunca había visto a alguien intentar asesinar a otro con esa frialdad.
La vez anterior Bruno también había estado así, pero ella no lo había visto suceder.
Ahora sí.
—Bruno...
Se tapó la boca.
Bruno no podía moverse. Se iba a ahogar.
—Señorita, señorita —insistió el chofer.
Sol volvió a respirar.
—Por favor, más rápido. En mi casa pasó algo. Rápido.
El chofer pisó el acelerador.
Sol bajó antes de que el auto terminara de detenerse. No pensó. Corrió hacia la ventana del segundo piso, tomó impulso y trepó como pudo. Se golpeó una rodilla contra el marco, pero siguió.
Bruno, aguantá.
Soy Sol Linares.
Soy Sailor Moon si hace falta.
Subió los escalones de a tres y empujó la puerta del dormitorio.
—¡Bruno! ¡Bruno!
Esa tarde, después de que Sol se fue, Bruno había practicado pequeños movimientos. Tenía paciencia, disciplina y la cabeza fría. Movió el cuello, los brazos, los dedos. Se cansó. Como sabía que Sol iba a volver de madrugada, se permitió dormir.
Dormía profundo cuando Marta entró.
Despertó por la falta de aire.
La almohada le tapaba la nariz. El pecho empezó a arderle. Quiso girarse, pero el cuerpo no le obedeció lo suficiente.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Alguien se lanzó sobre él. Unas manos temblorosas, suaves y fuertes a la vez, lo abrazaron y lo dieron vuelta.
El aire entró.
Bruno aspiró como si volviera desde abajo del agua. El oxígeno le quemó la garganta, le abrió los pulmones, le llenó el pecho con un dolor feroz y placentero.
Estaba vivo.
Ella había llegado.
Sol lo acomodó boca arriba, respirando rápido, con la voz rota.
—Señor Alcázar... señor Alcázar, me asustó horrible.
Una lágrima caliente le cayó a Bruno en la mejilla.
Después otra, sobre la frente.
Una gota le resbaló hasta la comisura. Bruno, sin poder evitarlo, la tocó con la lengua.
Salada.
Así sabían las lágrimas.
Qué infantil, pensó.
¿Por qué lloraba? Él todavía no estaba muerto.
Sol le acercó los dedos a la nariz.
Respiraba.
Pero no le alcanzó.
Se inclinó y apoyó la oreja contra su pecho.
Tum.
Tum.
Tum.
Fuerte. Regular. Vivo.
Volvió a acercarse a su boca para sentir la respiración. El aire de Bruno le rozó la oreja, tibio, acompasado.
Recién entonces Sol se derrumbó al costado de la cama y lo abrazó como pudo.
—Son demasiado malos —susurró, con un llanto ahogado—. Voy a denunciarla. Voy a llamar a la policía.
La cara de Bruno quedó cerca de una suavidad cálida, envuelta en el olor de Sol. El cuerpo entero se le tensó por dentro.
Era un hombre adulto. Casi treinta años. Sin novia, sin primer beso, pero tampoco ignorante. Había estudiado afuera, había visto mujeres lanzársele encima de mil maneras.
Sabía dónde estaba su cara.
Y no debería estar disfrutándolo.
Otra lágrima le cayó en la frente.
Sol lloraba por él.
Por él, que estaba inútil en una cama.
Bruno sintió que algo duro, muy viejo, se le movía en el pecho.
Nadie había llorado así por él.
Cuando volviera a estar bien, le daría diez millones para gastos personales.
Sol se secó la cara con la manga.
—Las lágrimas no sirven para nada.
Se obligó a respirar.
—Señor Alcázar, lo vi todo. Fue Marta. La vez anterior seguro también fue ella. Esta casa no es segura. Es una bomba caminando. Tengo que denunciarla. Sí, mañana voy a la policía.
Se quedó quieta.
—No. Mañana mi mamá sale del sanatorio. No puedo. Primero voy a hablar con su abuelo. Don Ernesto lo quiere de verdad.
Bruno pensó que, al menos, esa vez no estaba siendo tan lenta.
Sol sacó la notebook, descargó el fragmento del video, hizo capturas y subió todo a la nube. Revisó dos veces que el archivo estuviera guardado.
En la oscuridad, Bruno abrió apenas los ojos.
Vio su silueta de espaldas. Hombros finos, pelo largo hasta la cintura, la línea clara del cuello. Estaba tensa, concentrada, asustada.
Y aun así seguía ahí.
El celular de Sol quedó cerca de la almohada, con la pantalla encendida.
Oportunidad.
Bruno lo tomó con cuidado, escribió dos mensajes a números que recordaba de memoria y borró el rastro.
—¿Dónde dejé el celular?
La mano de Sol buscó a tientas.
Bruno lo dejó en su sitio a tiempo.
Sol lo agarró sin notar nada.
Bruno cerró los ojos.
Demasiado ingenua. Demasiado protegida por la universidad. Así no podía pararse a su lado. Primero tendría que pasar un año con Elías para aprender a ver trampas. Después él mismo le enseñaría el resto.
En menos de un segundo, Bruno ya le había organizado un año de trabajo.
La noche todavía no terminaba.
Un olor químico se filtró por debajo de la puerta.
Sol cerró la notebook de golpe. La habitación quedó negra.
Después de ver a Marta, su valor había subido una cantidad mínima, casi ridícula. Aun así, agarró la mano de Bruno con fuerza. Tenía el corazón desbocado.
—No pasa nada. No pasa nada. Sol Linares, sos Sailor Moon. Defendés la justicia.
La voz le temblaba.
Sabía pelear, sí. Pero eso era frente a alguien, con cuerpo, con cara, con golpes. Esto era distinto. Esto era asesinato, sombras, gente que entraba y salía en una casa enorme.
Bruno sintió que le apretaba la mano hasta dolerle.
La mano de Sol estaba fría.
Temblaba.
Buena chica.
No tengas miedo. Estoy acá.
Bruno le devolvió la presión.
Sol estaba demasiado aterrada para darse cuenta de que un hombre supuestamente inmóvil acababa de apretarle los dedos.
Miró fijo la rendija de luz bajo la puerta.
¿Tenía que salir y agarrar a quien fuera?
El olor se volvió más fuerte.
Sol se levantó de golpe, fue hasta la puerta y la abrió.
El pasillo estaba vacío.
Las luces bajas dejaban la escalera como una boca oscura al final del corredor. No había pasos. No había voces.
Sol cerró con cuidado, limpió el líquido a oscuras, guardó la gasa en una bolsa sellada y roció alcohol. Recién cuando terminó se dio cuenta de que estaba empapada en sudor. El pelo se le pegaba a la nuca.
Quería volver al sanatorio y bañarse.
—Señor Alcázar, esa persona se fue. Ya limpié el líquido. Por esta noche está a salvo. Tengo que volver. Mañana a la mañana no voy a poder venir, sacan a mamá del sanatorio. Usted tenga cuidado.
Bruno, por dentro, se quedó mirándola.
¿Cuidado?
Era un paciente postrado.
—Bueno, de día no creo que se animen —agregó Sol, como si eso arreglara algo—. A la tarde vuelvo y veo si puedo hablar con Don Ernesto.
Se fue por la ventana, envuelta en la noche.
Cuando llegó al sanatorio, todavía le temblaban las piernas.
El edificio estaba tranquilo. El aire de madrugada entraba suave por las ventanas del pasillo. Todo parecía normal, como si lo ocurrido en la residencia Alcázar hubiera sido una pesadilla que se disolvía al despertar.
Pero no lo era.
Menos de una hora después de que Sol se fuera, un auto negro se detuvo sin ruido frente a la residencia.
Un hombre alto bajó, cruzó el jardín y entró por la misma ventana del segundo piso que Sol había usado. Subió la escalera de a dos peldaños y abrió el cuarto de Bruno.
Se acercó a la cama y se inclinó.
—Señor Bruno.
Bruno abrió los ojos.
Con esfuerzo, se incorporó.
El hombre se apuró a sostenerlo y lo acomodó contra la cabecera. Después apoyó una rodilla junto a la cama.
—Señor... por fin despertó.
La voz le salió quebrada.
—No llores, Rodrigo —dijo Bruno, bajo y ronco—. ¿Por qué viniste solo? ¿Dónde está Elías?
Rodrigo Vega era su hombre de seguridad. Fuerte, rápido, leal. Antes del accidente había estado en una capacitación internacional en América. Durante el entrenamiento les retiraban todos los dispositivos.
—Elías desapareció hace un mes —contestó—. Cuando recuperé el teléfono y vi las noticias, le llamé primero a él. Apagado. Elías no apaga el celular ni aunque se caiga el mundo. Volví al país de inmediato, pero no me mostré. Me instalé en La Flor del Plata y busqué información de noche.
Bruno no se sorprendió.
—Esteban.
—Eso creo. No pude ubicarlo.
—¿Cuándo volviste?
—Hace una semana. La versión pública dice que usted cayó borracho por una escalera. No me cerró nunca. Usted no pierde el control así. No con ese cuerpo, no con esa cabeza.
Bruno cerró los ojos un segundo.
La voz todavía le raspaba la garganta. Era la primera vez en dos meses que hablaba.
—Mañana Mercedes Salcedo sale del sanatorio. Mandá gente. Sol no puede ocuparse sola de todo.
—¿Sol?
En la oscuridad, Rodrigo no vio la cara de Bruno, pero sí sintió la mirada.
Se puso recto.
—Sí, señor.
—Vigilá a Esteban. Si tiene a Elías, va a moverlo.
—Sí.
—Don Ernesto va a darle a Tomás mil millones para probarlo. Quiero saber cada movimiento.
—Sí.
—Copiá todo lo de la cámara. Primero interrogá a Marta. Después policía.
—Sí.
Rodrigo descargó el video y salió por la ventana con la misma rapidez con la que había entrado.
Bruno volvió a recostarse.
No había querido meter a la policía todavía. Pero Sol estaba asustada. Había llorado.
Mejor terminar rápido con Marta para que no volviera a pasar por eso.
Además, para encontrar a quien estaba detrás, primero había que mover la hierba.
Bruno había querido morir.
Eso era una cosa.
Que otros quisieran matarlo, era otra.
Y ahora ya no quería morir.
Esteban.
La función recién empezaba.
Rodrigo Vega
me estoy aburriendo 😡