Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 17 – HERIDAS ABIERTAS
La semana comenzó con la misma calidez suave que había envuelto el domingo, como si el amor recién nacido aún susurrara promesas en cada rincón del aire. Sin embargo, la rutina de la ciudad pronto volvió a reclamar su lugar con su ruido habitual. Ambos sabían, aunque no quisieran admitirlo, que no podían quedarse escondidos del mundo para siempre en esa burbuja de sábanas blancas y café compartido.
Aquella mañana, Leví dejó a Camila frente a su edificio con un beso lento en la frente que sabía a despedida temporal y a una promesa silenciosa de verse esa misma noche. Volvieron a sus agendas, a las responsabilidades que sus cargos exigían y a las obligaciones que el mundo corporativo imponía. Pero algo fundamental había cambiado. El recuerdo de lo vivido el fin de semana los acompañaba en cada reunión, en cada pausa y en cada respiro profundo.
Camila caminaba distinta por los pasillos de la empresa; se movía más ligera, más viva, como si el suelo fuera menos duro bajo sus pies. Una luz nueva le brillaba en los ojos, esa claridad que solo nace cuando el alma se siente, por fin, elegida y protegida.
—¿Y esa felicidad tan radiante? —le preguntó Clara, su compañera, con una sonrisa cargada de complicidad mientras compartían el ascensor.
Camila bajó la mirada y sonrió con timidez, sintiendo el calor en sus mejillas. No era el momento de confesar que Leví había vuelto a su vida con la fuerza de un huracán, ni que ahora dormía abrazada a su pecho como quien finalmente encuentra el abrigo de un destino cumplido.
Esa noche, mientras preparaba una cena sencilla en su apartamento con música de jazz suave de fondo y el aroma del arroz recién hecho llenando el ambiente, alguien tocó a la puerta. Su corazón dio un salto involuntario de alegría. Imaginó a Leví, entrando con esa sonrisa de lado y una botella de vino, listo para retomar la paz del domingo.
Pero al abrir, la realidad le dio un bofetada de agua fría.
Frente a ella estaba una mujer alta, de porte aristocrático y una elegancia que parecía estudiada hasta el último milímetro. Tenía los ojos perfectamente delineados y una expresión de superioridad que no pedía permiso para juzgar.
—¿Camila, cierto? —preguntó la mujer con un tono de voz afilado, frío como el acero.
—Sí… ¿Tú eres? —logró responder Camila, sintiendo cómo la calidez del hogar se evaporaba.
—Valeria. Digamos que soy una vieja… y muy cercana amiga de Leví.
El corazón de Camila dio un vuelco violento. La forma en que Valeria pronunció las palabras “vieja amiga” sonó como una advertencia camuflada, una declaración de propiedad territorial. Dudó un segundo, pero terminó abriendo la puerta por una mezcla de educación y orgullo. No iba a mostrarse débil frente a una extraña.
Valeria entró en el apartamento como si ya conociera cada rincón del lugar. Se sentó en el sofá sin ser invitada, cruzó las piernas con una gracia ensayada y comenzó a hablar. Cada palabra que salía de su boca era una daga envuelta en terciopelo.
—Leví siempre tuvo una debilidad incurable por las caritas dulces y las miradas inocentes —dijo, repasando a Camila de arriba abajo con desprecio evidente—. Aunque debo admitir que pensé que sus gustos habían madurado un poco más con los años.
Camila respiró hondo, apretando los puños a los costados. Se mantuvo serena exteriormente, pero por dentro sentía que una tormenta de indignación se estaba formando.
—No sé exactamente qué es lo que buscas aquí, Valeria —respondió con voz baja, pero cargada de una firmeza que sorprendió incluso a ella misma—. Pero te aseguro que no lo vas a encontrar.
Valeria inclinó la cabeza, analizando a Camila como si fuera un espécimen curioso.
—Solo quería ver personalmente a quien había logrado distraerlo tanto de sus verdaderos intereses. Aunque, después de todo lo que él y yo compartimos bajo sábanas y en negocios, me cuesta imaginarlo comprometido seriamente con alguien... como tú.
Ese “como tú” fue un golpe bajo, diseñado para herir su autoestima. Pero Camila, fortalecida por el recuerdo del domingo, lo encajó sin pestañear.
—Tu historia con él, sea cual sea, ya terminó. No necesitas entender su presente, solo respetarlo.
La sonrisa de Valeria se transformó en una mueca amarga.
—Lo respeto. Por eso vine. Para recordarte que hay vínculos de sangre y de pasado que no se rompen con una noche de romance.
Cuando Valeria finalmente se fue, el eco de sus tacones quedó suspendido en el aire como una amenaza latente. Camila cerró la puerta lentamente, con la mandíbula apretada.
Más tarde, cuando Leví llegó, la notó diferente de inmediato. Se lo sintió en la forma en que lo abrazó: un poco más fuerte de lo normal, buscando un anclaje, mostrándose más vulnerable.
—¿Qué pasó, mi vida? —le preguntó él, frunciendo el ceño con preocupación.
—Vino tu ex, Leví. Valeria. Vino a decirme que no soy suficiente para ti y que tú no vas a cambiar tus viejos hábitos por alguien como yo.
Leví enmudeció un segundo, su expresión volviéndose gélida. Luego se pasó las manos por la cara, visiblemente tenso.
—Voy a hablar con ella ahora mismo —sentenció, atrayendo a Camila hacia su pecho—. No voy a permitir que nadie, y mucho menos ella, toque lo que estamos construyendo.
Camila se dejó abrazar, buscando refugio en su calor. Pero el aire entre ellos ya no se sentía tan limpio como al amanecer. Porque a veces el pasado no solo toca a la puerta; a veces entra sin permiso, deja grietas profundas y planta semillas de duda que crecen en la oscuridad.
Y aunque aún no lo sabían, esa noche fue el final de su tregua y el principio de una nueva tormenta. Una que pondría a prueba si las raíces de su amor eran lo suficientemente fuertes para no ser arrancadas por el viento del pasado.