Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
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capitulo 10
La conversación continuó durante un buen rato.
Víctor relató algunas anécdotas de su viaje.
Gael se quejó de varios comerciantes que intentaban negociar precios ridículos.
Y, por momentos, la tarde pareció completamente normal.
Sin embargo, mientras observaba a Andrei reír o responder alguna pregunta, Gael no podía evitar sentir aquella inquietud que lo acompañaba desde el despertar de su hijo.
Había estado observándolo.
Mucho.
Cuando no podía hacerlo personalmente, preguntaba a Elena.
Qué había comido.
Qué había hecho.
Cómo se había comportado.
Las respuestas siempre eran similares.
Paseos por la mansión.
Horas en la cocina.
Conversaciones con Madam Hattie.
Lecturas ocasionales.
Nada preocupante.
Y aun así...
Había algo diferente.
Aquella persona era su hijo.
Lo sabía.
Lo sentía.
Pero al mismo tiempo había pequeños gestos que le resultaban desconocidos.
Formas de hablar.
De observar.
De reaccionar.
¿Era consecuencia del trauma?
¿De la pérdida de memoria?
¿O simplemente estaba viendo una faceta de Andrei que antes había pasado por alto?
No tenía respuestas.
Pero aquella risa de hacía unos minutos había calmado parte de sus temores.
Por primera vez en semanas, Andrei parecía estar en paz.
Aprovechando aquel ambiente más relajado, Gael recordó una conversación pendiente.
—Víctor.
—¿Sí?
—Hay algo que quiero preguntarte.
Su hijo mayor levantó una ceja.
—Eso suena preocupante.
—Andrei me pidió aprender a usar la espada.
Víctor giró inmediatamente la cabeza hacia su hermano.
—¿En serio?
Andrei asintió.
—No quiero volver a sentirme indefenso.
La sonrisa desapareció del rostro de Víctor.
Tampoco se burló.
Tampoco intentó disuadirlo.
Simplemente lo observó durante unos segundos.
Como si entendiera perfectamente de dónde venían aquellas palabras.
Gael continuó:
—Le dije que no tenía problema, pero no me siento cómodo trayendo instructores desconocidos a la mansión.
La expresión de Víctor se endureció ligeramente.
—Yo tampoco.
—Por eso quería preguntarte si tienes tiempo.
—¿Para entrenarlo?
—Sí.
Víctor soltó una carcajada.
—Padre, habría cancelado todos mis compromisos si me lo hubieras pedido.
—Lo tomaré como un sí.
—Es un sí.
Andrei observó el intercambio en silencio.
No esperaba que fuera tan sencillo.
—Pero tengo condiciones.
Ahí estaba.
Andrei cruzó los brazos.
—Lo sabía.
—Primera: nada de espadas reales al principio.
—Bien.
—Segunda: si te mareas, te detienes.
—Bien.
—Tercera: si intentas impresionarme haciendo algo estúpido, te cargaré de regreso a la mansión delante de todos los empleados.
—Eso parece más una amenaza que una condición.
—Porque lo es.
Gael soltó una risita detrás de su taza.
Víctor se inclinó hacia delante.
—Y la última.
Su tono se volvió más serio.
—No entrenaremos para que te conviertas en un guerrero.
Andrei lo observó.
—Entonces, ¿para qué?
—Para que nunca vuelvas a sentir que no puedes defenderte.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
—Bien. Pero yo también quiero poner una condición.
Víctor arqueó una ceja.
—¿Una condición?
—Sí.
Andrei se incorporó un poco en su asiento.
—Quiero que no me trates con delicadeza.
El jardín quedó en silencio.
—¿Qué?
—Quiero que me enseñes como enseñarías a cualquier otra persona.
La expresión de Víctor comenzó a endurecerse.
—Andrei...
—Hablo en serio.
Por primera vez desde que inició la conversación, el joven sostuvo la mirada de su hermano sin apartarla.
—No quiero que seas blando conmigo.
—Tú todavía te estás recuperando.
—Y seguiré recuperándome durante mucho tiempo si todos me tratan como si fuera a romperme.
Las palabras salieron más duras de lo que pretendía.
Pero no se retractó.
—No quiero privilegios.
—No son privilegios.
—Entonces no me los des.
Víctor abrió la boca para responder.
Pero se quedó en silencio.
Porque no era la primera vez que hablaban de aquello.
Meses atrás había intentado convencer a Andrei de aprender defensa personal.
Le había ofrecido enseñarle.
Le había propuesto clases.
Incluso llegó a insistir varias veces.
Y la respuesta siempre era la misma.
"Para eso les pagamos a los guardias."
"Prefiero estudiar."
"No me interesa."
Aquella versión de Andrei jamás habría pedido algo así.
Jamás.
Y eso hizo que algo se retorciera dentro de él.
Porque entendía perfectamente de dónde nacía aquel cambio.
No era madurez.
No era curiosidad.
No era un nuevo pasatiempo.
Era miedo.
Miedo de volver a pasar por lo mismo.
Miedo de sentirse indefenso.
Miedo de no poder hacer nada mientras otros decidían sobre su cuerpo.
Los ojos de Víctor comenzaron a humedecerse.
Bajó la mirada durante unos segundos.
Y cuando volvió a levantarla, ya había tomado una decisión.
—Está bien.
Andrei pareció sorprendido.
—¿Sí?
—Sí.
Su voz sonó grave.
Firme.
—Voy a enseñarte.
—¿De verdad?
—Pero no porque me lo pidas.
Andrei frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué?
Víctor sostuvo su mirada.
—Porque nunca más quiero verte en una situación donde sientas que no puedes luchar.
El pecho de Andrei se apretó.
—Víctor...
—Y porque si hubiera estado aquí...
Su voz se quebró ligeramente.
—Si hubiera estado aquí ese día...
Guardó silencio.
Gael bajó la vista hacia su taza.
Sabía exactamente lo que su hijo estaba pensando.
Lo había pensado él mismo cientos de veces.
Miles.
—Los habría matado —terminó diciendo Víctor en voz baja.
El viento movió suavemente las flores de la pérgola.
Nadie se burló.
Nadie lo contradijo.
Porque los tres sabían que hablaba completamente en serio.
Andrei comprendió algo.
Aquellos hombres no lo protegían porque fuera débil.
Lo protegían porque lo amaban.
---
Aquella noche, después de despedirse de Gael y Víctor, Andrei regresó a su habitación.
Elena le ayudó a prepararse para dormir y luego se retiró, dejándolo finalmente solo.
El silencio de la habitación resultó extraño después de un día tan lleno de conversaciones.
Se acercó al baño.
El agua caliente ayudó a relajar los músculos tensos.
Mientras permanecía sumergido en la enorme tina, sus pensamientos comenzaron a divagar.
Últimamente ocurría con frecuencia.
Cada experiencia nueva terminaba llevándolo de regreso a su antigua vida.
A Jorge.
Aquel hombre que había pasado años llamándose su padre.
Y la comparación era inevitable.
Gael lo escuchaba.
Lo protegía.
Se preocupaba por él.
Le preguntaba cómo se sentía.
Buscaba pasar tiempo a su lado.
Incluso cuando estaba ocupado encontraba unos minutos para compartir una comida con él.
Jorge jamás había hecho ninguna de esas cosas.
Para aquel hombre, cualquier problema parecía resolverse con gritos.
O golpes.
A veces con ambos.
Y cuando no era él quien lo lastimaba...
su madre simplemente observaba.
Durante años había esperado que ella dijera algo.
Cualquier cosa.
Que lo defendiera.
Que lo abrazara.
Que le dijera que todo estaría bien.
Pero nunca ocurrió.
Ni una sola vez.
El agua comenzó a enfriarse lentamente.
Andrei apoyó la cabeza contra el borde de la tina.
Por primera vez en muchos años se permitió formular una pregunta que siempre había evitado.
¿Qué habría sido de mí si hubiera tenido un padre como Gael?
La idea apareció sin pedir permiso.
Y dolió.
Porque no conocía la respuesta.
Tal vez habría sido una persona diferente.
Tal vez habría odiado menos.
Tal vez no habría necesitado pasar la mitad de su vida intentando ganarse un cariño que nunca llegó.
Cerró los ojos.
No quería seguir pensando en ello.
Aquellas preguntas no tenían respuesta.
Y revolver el pasado no cambiaría nada.
Finalmente salió del agua, se secó y se puso la ropa para dormir que Elena había dejado preparada.
La enorme cama lo recibió con suavidad.
Mañana comenzaría el entrenamiento con Víctor.
Probablemente terminaría agotado.
Probablemente se arrepentiría de haberlo pedido.
Y conociendo a su hermano, también terminaría cubierto de moretones.
La idea le arrancó una pequeña sonrisa.
Apagó la lámpara junto a la cama.
Se quedó dormido pensando en el día siguiente.
No en el pasado.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo