Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
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Capitulo 17
NO ES UN JUEGO -
Ethan Cole
Estoy apoyado contra una de las columnas exteriores de la mansión, observando el perímetro mientras finjo no observarla a ella.
Meghan camina de un lado a otro con el teléfono en la mano. Habla bajo, concentrada. Gesticula apenas. Se detiene. Escucha. Responde con esa seguridad que intimida a hombres con el doble de su experiencia.
Harris está a mi lado, con los brazos cruzados.
—Te está mirando otra vez —dice sin disimular la sonrisa.
—Estoy vigilando.
—Claro. Profesionalismo puro.
Lo ignoro.
—¿Tu hija ya entró a la universidad? —le pregunto para cambiar el foco.
Harris se acomoda mejor.
—Sí. Psicología. No tengo idea de de dónde sacó eso.
—Tal vez quiere entenderte.
—Entonces necesitará un doctorado.
Resoplo una risa breve.
—¿Y tú? —pregunta él—. ¿Sigues hablando con tu hermano?
Me tenso apenas.
—A veces.
—Eso no suena a “bien”.
—No lo es.
Silencio breve.
—Mi viejo nunca entendió este trabajo —continúo sin mirarlo—. Mi hermano tampoco. Dicen que siempre estoy ausente.
—Lo estás —dice Harris con honestidad brutal.
Asiento.
—Es parte del trato.
—No todos quieren pagar ese precio.
Antes de que pueda responder, Meghan termina la llamada y camina hacia nosotros.
Algo en su expresión no es político.
Es decisión.
Se detiene frente a nosotros.
—Necesito pedirles un favor.
Harris y yo intercambiamos una mirada.
Eso nunca empieza bien.
—Depende del favor —respondo.
—Quiero entrenamiento básico.
Silencio.
—¿Entrenamiento de qué tipo? —pregunta Harris con cautela.
—Defensa personal. Movimientos básicos. Cómo reaccionar si algo pasa.
La miro fijo.
—Ya tiene un equipo para eso.
—No quiero depender siempre de ustedes.
—Depender de nosotros es el punto.
—Quiero saber hacer algo.
Harris me mira de lado.
“Te toca”, dice su expresión.
Suspiro.
—¿Está segura de esto?
—Sí.
—No es un juego.
—Nunca he dicho que lo sea.
La sostengo la mirada un segundo más.
Está decidida.
—Bien —digo finalmente—. En tres horas. Patio trasero. Ropa cómoda.
Harris sonríe.
—Yo llevo hielo. Lo va a necesitar.
Ella le lanza una mirada de advertencia.
—No subestimes mi resistencia, Mike.
—Yo no subestimo nada —responde él levantando las manos.
Pero yo sí evalúo.
Y esto no va a ser fácil.
Tres horas después estamos en el patio trasero de la mansión. Área cerrada. Iluminación suficiente. Equipo mínimo.
Meghan aparece con pantalón deportivo oscuro, camiseta ajustada y el cabello recogido en una coleta alta.
Nada de maquillaje diplomático.
Nada de vestidos elegantes.
Solo ella.
Harris se queda unos metros atrás como espectador.
—Regla uno —empiezo—: esto no es para atacar. Es para ganar segundos.
—¿Segundos para qué?
—Para que yo llegue.
—Eso es muy egocéntrico.
—Es muy realista.
Camino alrededor de ella evaluando postura.
—Pies separados al ancho de los hombros.
Obedece.
—Rodillas apenas flexionadas.
Lo hace.
—Manos arriba.
—¿Como boxeadora?
—Como alguien que quiere mantener la cara intacta.
Levanta las manos.
—Bien. Ahora, si alguien intenta sujetarla del brazo…
Tomo su muñeca con firmeza.
Instintivamente se tensa.
—Primero: no tire hacia atrás. Eso es lo que esperan.
—¿Entonces?
—Gire la muñeca hacia el punto débil del agarre.
Le muestro el movimiento lento.
—Aquí.
Ella intenta replicarlo.
Falla.
—Otra vez.
Repite.
Mejor.
—Más rápido.
Vuelve a hacerlo y logra soltarse.
Harris aplaude suave.
—Tenemos talento oculto.
Ella le sonríe satisfecha.
—No se emocione —digo—. Fue lento.
Me mira desafiante.
—Otra vez.
Esta vez la sujeto sin aviso.
Reacciona más rápido.
Se libera.
Bien.
—Mejor —admito.
—Gracias por el entusiasmo.
Ignoro el comentario.
—Ahora, si la empujan.
La tomo por los hombros y aplico presión leve.
Ella retrocede.
—Error. No vaya hacia atrás en línea recta. Se desequilibra.
—Entonces ¿qué hago?
—Desvíe el ángulo.
La empujo otra vez, más firme.
Ella gira el cuerpo esta vez.
Casi pierde el equilibrio.
La sostengo antes de que caiga.
Demasiado cerca.
Nos quedamos quietos un segundo.
—Estoy bien —dice.
La suelto.
—Concéntrese.
Seguimos.
Bloqueos básicos. Cómo proteger la cabeza. Cómo usar el codo. Cómo golpear con la palma y no con los nudillos.
—No tiene fuerza suficiente para un golpe prolongado —le explico—. Así que busque puntos vulnerables.
—Eso sonó perturbador.
—Es supervivencia.
Intento sujetarla por la espalda simulando un agarre.
Ella reacciona tarde.
La inmovilizo en segundos.
—Demasiado lenta.
—No fue justo.
—La amenaza no avisa.
Resopla frustrada.
—Otra vez.
Repetimos.
Esta vez intenta pisar mi pie.
Sonrío apenas.
—Creativo.
—No dijiste que fuera elegante.
Vuelve a intentar.
Se zafa a medias.
Termina respirando agitada.
—¿Cansada? —pregunta Harris.
—No —responde ella entre respiraciones—. Otra vez.
La observo.
Determinación pura.
Volvemos a practicar.
Hora y media después tiene las manos en las rodillas, sudando, respiración acelerada.
—No sabía que fuera tan difícil —admite.
—Porque nunca lo vio desde este lado.
Se incorpora despacio.
—¿Crees que podría…? —duda—. ¿Serviría de algo?
La miro con honestidad.
—Sí.
—¿Aunque sea poco?
—Aunque sea poco.
Asiente.
Silencio breve.
—No quiero ser una carga —dice finalmente.
La frase es baja.
Real.
—No lo es.
Me mira.
—Es mi trabajo protegerla.
—Eso no responde lo que dije.
Sostengo su mirada.
—No es una carga.
Harris rompe la tensión.
—Bueno, campeones, suficiente por hoy. Antes de que el comandante se vuelva sentimental.
Le lanzo una mirada seca.
Meghan sonríe levemente.
—¿Mañana seguimos?
La observo unos segundos.
Esto cambia dinámicas.
Pero también la hace menos vulnerable.
—Mañana seguimos —respondo.
Ella asiente satisfecha y camina hacia la casa.
Harris se acerca a mi lado.
—Te estás metiendo en terreno peligroso.
—Es entrenamiento.
—El diablo sabe más por viejo, que por diablo...
Lo ignoro.
Pero mientras la veo alejarse, sé que esto ya no es solo protocolo.
Y eso… es lo que realmente me preocupa.