NovelToon NovelToon
La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

Status: Terminada
Genre:Mitos y leyendas / Maldición / Brujas / Completas
Popularitas:553
Nilai: 5
nombre de autor: karolina oquendo

COMPLETA

Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.

NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11 – Nadie se va

Desde esa mañana, algo cambió en todos, aunque nadie lo dijera en voz alta. Ya no caminaban por el pueblo como recién llegados, ahora observaban cada detalle, cada gesto, cada movimiento que antes habían dejado pasar. Los Oquendo y los Herrera comenzaron a coincidir más seguido, no por casualidad, sino porque estar cerca de alguien que veía lo mismo hacía que todo fuera un poco menos insoportable, aunque no más seguro. El hijo de los Herrera casi no hablaba, pero sus marcas eran más evidentes que antes, más profundas, más imposibles de ignorar, y no necesitaba decir nada para que los demás entendieran que aquello no se estaba deteniendo. Andrés ya no buscaba explicaciones simples, lo que había visto en su sueño seguía ahí, encajando con cada cosa que ahora notaba en el pueblo, los ancianos repitiendo movimientos, sonrisas que no cambiaban, miradas que no reaccionaban a nada fuera de su rutina.

Fue el padre de los Herrera quien empezó a quebrarse primero, pero no de forma evidente, no con gritos ni desesperación, sino en pequeños detalles que se acumulaban, silencios más largos, miradas constantes hacia la salida del pueblo, respiraciones contenidas como si estuviera tomando una decisión que no quería compartir. Una tarde, sin levantar mucho la voz, dijo simplemente que no podían quedarse ahí, y aunque nadie respondió, todos sabían que tenía razón, pero también sabían algo peor, que no tenían claro si podían irse. Esa duda fue suficiente para que el silencio volviera, pero en él ya no había negación, había miedo.

Esa noche, el hombre Herrera no durmió. Esperó a que todo quedara en calma, a que el pueblo entrara en esa quietud extraña donde los ancianos parecían congelados en sus propias rutinas, y entonces salió sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado, como si aún creyera que aquello era una decisión normal. Caminó por la calle principal con pasos firmes al principio, luego más rápidos, como si algo dentro de él le dijera que no debía detenerse, que si dudaba sería peor. No sabía exactamente a dónde iba, pero sí sabía algo con claridad: tenía que salir, tenía que comprobar si todo aquello era real o si aún existía una forma de escapar.

Los ancianos estaban ahí, como siempre, uno levantó la mano para saludarlo con el mismo gesto exacto que repetía cada vez que alguien pasaba, la misma sonrisa fija, el mismo ritmo, y él no respondió, siguió caminando, apretando los dientes, sintiendo que si se detenía aunque fuera un segundo, algo lo alcanzaría. Las casas empezaron a quedar atrás, el camino se volvió más vacío, más silencioso, y por un instante, por uno muy breve, sintió alivio al ver que no había nadie, que por fin estaba saliendo de ese lugar. Dio un paso más.

—¿Para dónde vas?

La voz apareció detrás de él, tan cerca que le heló la sangre. No escuchó pasos, no escuchó nada antes, solo la voz. Se giró lentamente y ahí estaba, el hombre que les había vendido la casa, con la misma sonrisa de siempre, pero ahora no parecía amable, parecía fija, demasiado fija, como si no fuera realmente suya.

—Solo… iba a caminar —respondió, intentando sonar tranquilo, aunque la voz le salió más tensa de lo que esperaba.

El hombre inclinó la cabeza apenas.

—Ya tienes hogar.

Las palabras fueron suaves, pero no dejaron espacio a discusión.

—Vuelve.

El aire pareció volverse más pesado en ese momento, como si algo invisible se cerrara a su alrededor. Intentó responder, decir que no, dar un paso atrás, cualquier cosa, pero su cuerpo no reaccionó como quería, la sensación de control se desvaneció lentamente, como si alguien más estuviera decidiendo por él. Todo se volvió oscuro de golpe.

Despertó en el suelo, frente a su propia casa, como si nunca se hubiera ido. Le dolía la cabeza, el cuerpo le pesaba, y por un momento pensó que había sido un sueño, pero al incorporarse y ver a los ancianos en sus mismos lugares, repitiendo los mismos gestos, entendió que no lo era. Nadie reaccionó a su presencia, nadie preguntó nada, nadie pareció notar que había estado tirado ahí. Era como si salir no fuera una opción real, como si el intento mismo no tuviera importancia.

Al otro lado de la calle, la casa de los Collen permanecía abierta, y la niña estaba sentada en la entrada, balanceándose ligeramente, mirándolo sin decir nada, con una expresión que no encajaba con su edad. Esa noche, cuando se acostó, el cansancio no le trajo descanso. Estaba en su habitación, o al menos eso creía, pero algo no se sentía igual, el aire era más frío, las paredes parecían más lejanas, como si el espacio no fuera del todo real. Entonces lo vio.

El payaso.

No completamente claro, pero lo suficiente para que su presencia fuera innegable, alto, desproporcionado, con una sonrisa que no cambiaba, que no se movía como debería. La niña sintió el miedo de inmediato, pero no pudo apartarse. A un lado apareció otra figura, un hombre de pie, inmóvil, sin cabeza, completamente quieto, como si no necesitara moverse para estar presente. El payaso soltó una risa baja, incómoda, que no sonaba como algo que debería ser gracioso.

—Es divertido… ¿no crees?

La niña negó, pero su cuerpo no respondió como quería, había una presión extraña, una sensación de que sus manos no eran completamente suyas, como si alguien guiara sus movimientos desde dentro. Miró sus dedos, sintiendo una idea que no le pertenecía, una incomodidad que crecía sin razón clara, como si algo insistiera en que hiciera algo que no quería hacer. Cerró los ojos con fuerza, esperando que todo desapareciera, pero cuando los abrió, seguían ahí, el payaso, el hombre sin cabeza, observando, esperando, sin prisa.

Despertó de golpe, respirando rápido, llevándose las manos a la boca, comprobando que todo seguía en su lugar, que estaba en su cama, que nada había cambiado, pero la sensación no desapareció. Esta vez no lloró, no llamó a nadie, solo se quedó en silencio, mirando la oscuridad, como si ahora entendiera algo que antes no podía comprender.

Y en el pueblo, nada cambió. Los ancianos siguieron repitiendo sus movimientos, sonriendo, saludando, barriendo, acomodando objetos sin sentido, sin reaccionar a nada fuera de su rutina, como si estuvieran atrapados en algo que no podían romper. Pero ahora ya no se sentía como simple rareza. Ahora era evidente.

Nadie podía irse.

Y los juegos…

apenas estaban comenzando.

1
Rimuro Oquendo
nueva obra es de suspenso ☺️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play