Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 10
El estruendo de las palas del Mi-8 de rescate levantó una tormenta de nieve que cegaba a cualquiera, pero para Susana, ese ruido era la melodía más hermosa del mundo. Cuando los patines del helicóptero tocaron suelo, una marea de uniformes naranjas y verdes saltó al exterior.
—¡Aquí! —gritó Susana, agitando un brazo mientras mantenía el otro rodeando la cintura de Mikhail.
Los paramédicos llegaron a ellos en segundos. La eficiencia rusa fue brutal y precisa. Ignoraron las protestas débiles de Mikhail y lo subieron a una camilla rígida en un abrir y cerrar de ojos. Susana sintió un vacío repentino, un frío que no venía del clima, cuando sus manos se separaron de él.
—¡Mikhail! —exclamó, intentando seguir la camilla.
—Tranquila, Teniente. Nosotros lo tenemos —dijo un médico, cortándole el paso mientras le ponía una manta de lana gruesa sobre los hombros—. Tiene tres costillas fracturadas, una conmoción cerebral de grado dos y signos de congelación en los dedos. Necesita el hospital de la base de inmediato.
Susana vio cómo subían a Mikhail al helicóptero. Él giró la cabeza una última vez, buscándola entre la nieve que volaba. Sus ojos azules, aunque nublados por el dolor y los sedantes que ya le estaban inyectando, le enviaron un mensaje silencioso: Estoy bien. No te rindas.
El regreso a la realidad
Cuando Susana aterrizó en la base en un segundo vuelo, el recibimiento fue muy distinto. No hubo camillas para ella, sino un muro de camaradería. Dmitri, Sergei e Ivan la esperaban en la pista, ignorando el protocolo para lanzarse sobre ella en un abrazo grupal que casi la deja sin aliento.
—¡Estás loca, Reyes! ¡Completamente loca! —gritaba Dmitri, con los ojos húmedos—. ¡El General casi tiene un infarto cuando vio que aterrizabas en el hielo!
—Eres una leyenda, pequeña —añadió Sergei, dándole una palmada en la espalda que le recordó que ella también estaba magullada—. Nadie sobrevive a una noche así con Volkov sin terminar odiándolo o volviéndose de piedra.
Susana sonreía, pero sus ojos buscaban constantemente la ambulancia que se había llevado a Mikhail hacia el ala médica restringida. Los días siguientes fueron una tortura de informes, interrogatorios del servicio de inteligencia y revisiones médicas. La separaron de Mikhail por completo. "Órdenes superiores", le decían cada vez que intentaba preguntar por él. El aislamiento era una táctica para ver si sus versiones del accidente coincidían, pero para Susana, era un desierto más árido que el de Arizona.
La invitación al santuario
Al cuarto día, mientras Susana terminaba de redactar su enésimo informe en la oficina de tránsito, un suboficial se cuadró ante ella.
—Teniente Reyes. El Capitán Volkov solicita su presencia en sus aposentos privados.
Susana sintió que el corazón se le saltaba un latido. ¿Sus aposentos privados? Larisa le había advertido que el ala de oficiales superiores era territorio prohibido. Recogió su chaqueta, se arregló la trenza borgoña con manos nerviosas y siguió al guardia.
Caminaron más allá de los barracones comunes, hacia un edificio de piedra antigua que parecía un pequeño palacete zarista restaurado. El guardia abrió una pesada puerta de roble y le indicó que subiera.
Cuando Susana llegó a la puerta de Mikhail, dudó un segundo. Esperaba encontrar una celda espartana, paredes de concreto desnudo y quizás una cama de hierro con una manta militar áspera. Al fin y al cabo, él era el "hombre de granito".
Empujó la puerta suavemente.
—¿Mikhail?
Se quedó paralizada en el umbral. El lugar era... impresionante. No era una habitación de base militar; era el santuario de un aristócrata moderno. El suelo era de madera de nogal pulida que brillaba bajo la luz de una araña de cristal minimalista. Las paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de libros encuadernados en cuero, mapas antiguos y maquetas de aviones de plata.
Había un piano de cola negro en una esquina y un ventanal inmenso que ofrecía una vista privilegiada de la pista, ahora bañada por la luz de la luna. El aire olía a madera de sándalo, papel antiguo y un toque de brandy caro. Todo estaba en un orden milimétrico, pero desprendía un lujo sobrio y sofisticado que Susana jamás habría asociado con el rudo instructor que la hacía sudar en la centrífuga.
Mikhail estaba sentado en un sillón de cuero color tabaco cerca de la chimenea encendida. Llevaba una bata de seda azul marino sobre su torso vendado y tenía una pierna estirada sobre un taburete. Se veía más humano, menos estatua, aunque su porte seguía siendo el de un rey en su trono de sombras.
—Llegas tarde, Reyes —dijo él, pero su voz tenía un matiz suave, casi cálido—. Cierre la puerta. No quiero que el aire del pasillo arruine el aroma de mi mejor coñac.
Susana entró, caminando casi de puntillas sobre las alfombras persas.
—Vaya... —logró decir, mirando a su alrededor—. Esto no es exactamente lo que imaginaba. Pensé que dormirías sobre una cama de clavos y que tu único adorno sería una foto de un misil balístico.
Mikhail soltó una risa seca, llevándose una copa a los labios.
—Tengo muchas facetas, Susana. El ejército es mi deber, pero esta... —hizo un gesto hacia la habitación— es mi herencia. Mi familia no siempre fue de militares. Ven aquí.
Susana se acercó y se sentó en el borde del sillón de enfrente. La luz del fuego bailaba en los ojos azules de Mikhail, que ahora la observaban con una vulnerabilidad que él ya no intentaba ocultar tras muros de hielo.
—Te ves mejor —susurró ella, estirando la mano para rozar la suya sobre el reposabrazos.
—Estoy vivo gracias a una estadounidense testaruda que no sabe seguir órdenes —respondió él, atrapando sus dedos con los suyos. El agarre era firme, posesivo—. El General quiere enviarte de vuelta por aterrizar ese avión sin permiso. Dice que eres un peligro para la disciplina rusa.
Susana sintió un nudo en la garganta. ¿Volver? ¿Ahora?
—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó, con la voz apenas audible.
Mikhail tiró de su mano, obligándola a levantarse de su sillón y sentarse en el borde del suyo, justo a su lado. El espacio era íntimo, cargado de la misma electricidad que los había consumido en la cueva.
—Le dije que si te enviaba de vuelta, yo renunciaría a mi comisión y me iría contigo —dijo Mikhail, su mirada fija en la de ella, sin pestañear—. Le dije que eres el único piloto con el que estoy dispuesto a compartir mi cielo. Y que, si intentan tocarte, se enfrentarán a toda la influencia de los Volkov.
Susana se quedó sin palabras. El hombre de granito acababa de admitir que estaba dispuesto a quemar su mundo por ella. Se inclinó hacia él, sintiendo el calor de la chimenea y el de su cuerpo.
—Es un lugar muy lujoso para un consejo de guerra, Capitán —bromeó ella, aunque sus ojos brillaban de emoción.
—No habrá consejo de guerra, Susana —susurró él, rodeando su nuca con la mano y atrayéndola hacia un beso que sabía a brandy y a promesas eternas—. Solo habrá tú y yo, volando en este horizonte de hielo hasta que el fuego lo consuma todo.
Susana se dejó llevar por el beso, rodeada por el lujo de su habitación y la calidez de su alma, sabiendo que el verdadero viaje, el más peligroso y hermoso de todos, apenas estaba comenzando.