Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...
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Capítulo XVII
El salón había aprendido a mentir con la misma perfección que ellos, a enmascarar la podredumbre con una pátina de elegancia y sofisticación.
Kennedy y Madison regresaron a la pista de baile con las sonrisas ensayadas, los cuerpos perfectamente alineados, las manos colocadas donde debían estar, cumpliendo el protocolo establecido. A ojos ajenos, eran la pareja recién casada ideal, elegante, deseada, casi envidiable. El tipo de matrimonio que engalanaba las portadas de revistas y despertaba suspiros hipócritas, una fachada de felicidad que ocultaba una realidad mucho más sombría.
Por dentro, se estaban desgarrando mutuamente, una lucha silenciosa que se libraba a mordiscos y zarpazos.
—No me aprietes así —murmuró Madison sin mirarlo, los dientes tensos detrás de la sonrisa impuesta, la voz cargada de resentimiento. No soy uno de tus empleados, espetó, desafiando su autoridad.
—Y tú deja de moverte como si quisieras huir —respondió Kennedy, con voz baja y controlada, como una advertencia velada. Nos están mirando, recordó, señalando la importancia de mantener la fachada.
—Siempre nos miran —replicó ella, con un dejo de amargura en su voz. Esa es la maldición de llevar este apellido… bueno, estos apellidos, corrigió, reconociendo la jaula en la que se encontraban atrapados.
La música volvió a envolverlos en su abrazo, un ritmo más animado, más social, diseñado para disimular la tensión. Kennedy la guiaba con precisión, con una mano firme en su espalda baja, marcando el ritmo, ejerciendo su control. Madison lo seguía por puro instinto de supervivencia, no por complacencia ni afecto. Cada giro era impecable, una demostración de su habilidad para ocultar la verdad. Cada cercanía, una mentira más que se sumaba a la farsa.
Hasta que el murmullo cambió, la atmósfera se espesó.
No fue un evento repentino, sino un cambio gradual e inquietante. Un ruido subterráneo, como una corriente eléctrica recorriendo el salón, cargando el aire con una energía palpable. Voces que bajaban de tono, susurros que se propagaban como un virus. Risas que se apagaban abruptamente, silenciadas por el temor. Miradas que ya no los seguían a ellos, que se desviaban con un morbo creciente… sino que se clavaban en ella.
Madison sintió el cambio antes de comprenderlo racionalmente, una premonición oscura que le heló la sangre.
Sus pasos se ralentizaron, perdiendo el ritmo de la música. El ceño se le frunció apenas, una microexpresión que rompió la armonía de la escena.
—¿Qué pasa?, preguntó Kennedy, notando cómo sus manos perdían fuerza sobre las suyas, cómo su cuerpo se tensaba.
Ella no respondió, absorta en la percepción del peligro inminente. Sus ojos se movían de rostro en rostro, escudriñando las expresiones de la gente, buscando una explicación. Personas que no conocía, extraños que la observaban con curiosidad. Otras que conocía demasiado bien, familiares y conocidos que la miraban con una mezcla de lástima y satisfacción. Todos con el mismo gesto predominante: atención voraz, morbosa, casi expectante, como si esperaran una catástrofe.
Sus dedos se deslizaron fuera de los de Kennedy, rompiendo el contacto físico, buscando liberarse de su control.
—Madison, insistió él, preocupado por su estado. ¿Qué ocurre?, preguntó de nuevo, exigiendo una respuesta.
Pero ella ya no estaba con él, su mente absorta en la amenaza que se cernía sobre ellos.
Avanzó entre la gente, abriéndose paso con pasos inseguros, sintiendo la mirada de todos sobre ella, como si fuera un animal acorralado. Kennedy la seguía de cerca, observando sus movimientos, listo para protegerla. Se detuvo frente a una pareja que sostenía un teléfono con descaro, como si el escándalo fuera un espectáculo más de la noche, un entretenimiento morboso.
Sin pedir permiso, sin dudarlo un segundo, Madison arrebató el aparato de sus manos, movida por una fuerza que no podía controlar.
Y leyó las palabras que aparecían en la pantalla, sintiendo cada una como un golpe seco al estómago, una puñalada en el corazón.
Titulares incendiarios que destilaban veneno. Nombres completos que exponían su identidad. Fotografías explícitas que violaban su intimidad. Fechas y lugares que revelaban secretos ocultos. Acusaciones graves que destrozaban su reputación. Su familia expuesta como un cadáver abierto, revelando la podredumbre que se escondía debajo de la superficie: negocios turbios, tratos ilícitos, silencios comprados con sangre, excesos enterrados bajo una montaña de mentiras. Su padre, el patriarca implacable. Sus hermanos, los herederos despiadados. Y ella, la hija pródiga, arrastrada al escándalo. Incluso Kennedy, su esposo, arrastrado como un daño colateral inevitable, una víctima más de la guerra familiar.
Sintió náuseas, la bilis subiendo por su garganta.
Se mordió la uña del pulgar hasta hacerse daño, un gesto viejo, automático, infantil, una forma de buscar consuelo en medio del caos. No necesitó pensar demasiado para saber quién era el responsable.
Sabía exactamente quién lo había hecho, quién había orquestado este ataque.
—Madison…, Kennedy se acercó, leyendo por encima de su hombro, su rostro endureciéndose a medida que comprendía la magnitud del ataque. ¿Quién publicó esto?, preguntó, con una voz cargada de ira contenida.
Ella no respondió, paralizada por el horror, incapaz de articular una palabra.
No tuvo tiempo, la amenaza se materializó.
Una mano se cerró con violencia alrededor de su brazo y la arrancó del lugar, separándola de Kennedy. La copa que sostenía cayó al suelo y se hizo añicos, esparciendo cristales rotos como un presagio. El murmullo del salón se transformó en un silencio incómodo, expectante, como si todos contuvieran la respiración.
—¡Suéltame!, exclamó Madison, forcejeando, intentando liberarse de su agarre.
Jeremy Beckham no respondió, su rostro contraído por la furia, sus ojos inyectados en sangre. La arrastró fuera del salón, por un pasillo lateral oscuro y desierto, hacia una zona aislada del recinto, lejos de las miradas curiosas. Sus dedos se clavaban en su carne como garras, apretando con fuerza. La furia le vibraba en el cuerpo, como una bestia a punto de estallar.
—¡Papá, espera!, intentó decir, buscando una explicación, una oportunidad para defenderse. Pero la palabra murió en sus labios cuando la bofetada la golpeó con fuerza.
El golpe fue brutal, un impacto que la desequilibró por completo.
Madison cayó de lado, desorientada, sintiendo el dolor punzante en su mejilla. El mundo giró a su alrededor, perdiendo su enfoque. Un pitido agudo le llenó los oídos, distorsionando los sonidos. Antes de que pudiera incorporarse, una mano se enredó en su cabello y tiró con fuerza, arrancándole un chillido desgarrado, un grito de dolor que resonó en el pasillo vacío.
—¿QUÉ HICISTE?, rugió Jeremy, inclinándose sobre ella, su rostro transformado por la ira, su aliento apestando a alcohol y resentimiento. ¿QUIÉN TE DIO PERMISO PARA HACER ESTO?, gritó, culpándola del escándalo.
Madison llevó ambas manos a la muñeca que la sujetaba, tratando de aliviar el dolor, intentando aflojar el agarre. Las lágrimas brotaban sin permiso, mezclándose con el sudor y el maquillaje corrido.
—¡No fui yo!, logró decir, con la voz temblorosa, luchando por defender su inocencia. ¡No sé cómo salió eso!, afirmó, negando su participación.
—¡MENTIROSA!, escupió Jeremy, incrédulo, cegado por la furia.
Entonces llegó él.
El segundo hermano irrumpió en la escena como una tormenta, su rostro distorsionado por la rabia, sus ojos inyectados en sangre, la respiración descontrolada.
—¡Esto es por tu culpa!, vociferó, señalándola con el dedo, acusándola del desastre. ¡POR TU MALDITA BOCA!, gritó, culpándola de sus desgracias.
La tomó del cuello con ambas manos y la estampó contra la pared, sin importarle el dolor que le causaba. Madison jadeó, sintiendo cómo el aire se escapaba de sus pulmones, sus pies apenas tocando el suelo, los dedos inútiles tratando de aflojar el agarre que la asfixiaba.
—Yo arreglé todo…, susurró, ahogada, luchando por respirar. Yo lo arreglé…, repitió, como un mantra desesperado.
—¡CALLA!, gritó él, sacudiéndola con violencia, sin importarle su fragilidad. ¡ME ARRUINASTE!, acusó, culpándola de su ruina.
El aire comenzó a faltarle, la vista se le nubló, los sentidos se apagaban.
Y entonces, de repente, el peso desapareció, la presión cesó.
El hermano fue arrancado de encima de ella con una violencia inesperada, como si una fuerza sobrenatural hubiera intervenido. Madison cayó de rodillas, tosiendo, aspirando aire como si fuera la primera vez en su vida, aferrándose a la vida con desesperación.
—BASTA.
La voz de Kennedy resonó como un trueno en el pasillo, deteniendo el ataque.
—¿Se han vuelto completamente estúpidos?, preguntó, con una calma escalofriante, su voz cargada de desprecio.
Madison, aún temblando, alzó la vista hacia él, buscando refugio en su presencia. Kennedy estaba frente a ellos, erguido como un guerrero, el traje impecable contrastando con la furia contenida que le endurecía el rostro, transformándolo en una máscara de frialdad. Sujetaba al hermano por el cuello de la camisa, levantándolo del suelo con una facilidad inquietante, empujándolo contra la pared con una fuerza brutal.
—Ella no es tu saco de boxeo, continuó, con voz baja y letal, cada palabra cargada de amenaza. Y si buscan un culpable, mírense al espejo, sentenció, señalando su propia responsabilidad.
Soltó al hermano con desprecio, dejándolo caer al suelo como un trapo usado, y se giró hacia Jeremy, desafiando su autoridad.
—Usted falló primero, dijo, con un tono acusador, revelando su juicio. Y todos ustedes después, añadió, generalizando su culpa. Madison pagó por errores que no eran suyos, afirmó, defendiendo su inocencia.
Se inclinó y la ayudó a ponerse en pie, sosteniéndola con firmeza, protegiéndola del peligro. Se colocó frente a ella como un muro, dispuesto a defenderla de cualquier ataque.
—Y por si no quedó claro, añadió, elevando la voz para que todos lo escucharan, ahora es mi esposa, proclamó, reclamando su propiedad.
Cualquiera que vuelva a tocarla…, advirtió, su voz se volvió un susurro peligroso, una promesa de venganza.
No terminó la frase, dejando que sus palabras resonaran en el aire, llenas de una amenaza implícita que helaba la sangre.
No hizo falta, su significado era claro, su advertencia inconfundible.
Madison se aferró a la manga de su traje, temblando aún, buscando consuelo en su presencia. El silencio se volvió espeso, amenazante, cargado de una tensión palpable.
La guerra acababa de empezar, una batalla que se libraría en la oscuridad, con secretos y mentiras como armas.