Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 17: Tú me robaste.
El silencio que quedó en la plaza no fue de alivio ni de miedo inmediato. Fue de confusión.
La espada del ejecutor había caído al suelo. El hombre estaba tendido a un lado del patíbulo, vivo, pero inmovilizado por el golpe preciso que Vladimir le había dado con el reverso del brazo. Dejando un mensaje claro: podía matar, pero no lo había hecho.
Vladimir sostenía a Anabel por la espalda, un brazo firme rodeándole el torso para sacarla de allí sin brusquedad. No la apretaba, sino la protegía.
—Muévete conmigo —le dijo en voz baja—. No mires atrás cuando salgamos.
Anabel obedeció. No porque tuviera miedo, ella confiaba en él.
Los guardias dudaron. Algunos alzaron las armas. Otros miraron al príncipe heredero, esperando órdenes. El príncipe gritó algo ininteligible, rojo de furia, pero nadie se movió de inmediato.
Fue entonces cuando Vladimir habló. Solo levantó la voz. Habló como alguien acostumbrado a ser escuchado.
—No vine a matar a nadie —dijo—. Vine a llevarme lo que me pertenece. Ella es mía.
Se detuvo un segundo. Miró a los nobles en los balcones. A los ministros. A la reina.
—Y antes de irme, voy a decirles quién soy. Porque ya no tiene sentido ocultarlo.
Un murmullo recorrió la plaza. La reina Franchesca se puso de pie lentamente. Sus fulminante ojos plata va dirigido a él.
Vladimir alzó el rostro hacia ella.
—Hola, hermana —dijo.
El silencio se volvió absoluto.
Anabel sintió cómo el cuerpo de Vladimir se tensaba apenas al pronunciar esa palabra. No por miedo. Por algo más viejo... Cómo los recuerdos más profundo de su alma.
—Miente —dijo el príncipe heredero—. Es un truco. No pueden ser parientes.— ríe él. Luego mira a la reina. ella —. ¿Madre?
Vladimir no lo miró.
—Mi nombre es Vladimir O. Goel —continuó—. Primer hijo del rey Aldric. Primer heredero al trono. O lo fui.
Los nobles se miraron entre sí. Algunos palidecieron, la mayoría.
La reina descendió un escalón del trono.
—Eso es imposible —dijo—. Mi hermano murió hace 20 años.
—Eso fue lo que dijiste —respondió Vladimir—. Y lo que necesitabas que creyeran.
Anabel sintió el peso de esas palabras. La sabía con prestigio. Entendió que Vladimir necesitaba desahogarse. Y lo dejó hacerlo. Porque era el momento exacto para desembocar tanta mentira.
—Padre nunca quiso que esto saliera a la luz —continuó Vladimir—. Pero tampoco quiso matarme. Por eso selló mi poder.
Algunos ministros se inclinaron hacia adelante.
—El poder que heredé no desapareció —dijo—. Fue bloqueado. Encerrado. Y aun así, no pudieron borrarme del todo.
La reina apretó los labios.
—Te rebelaste —dijo—. Intentaste tomar el trono por la fuerza.
—Después de que me lo robaras —respondió él—. Después de sembrar dudas en su mente. Después de convencerlo de que yo era un peligro.
La plaza seguía inmóvil.
Vladimir habló sin dramatismo. Relatando algo que ya no duele, pero tampoco se ha cerrado.
—Fui criado para gobernar —dijo—. No para obedecer órdenes injustas. Me deje caer por mucho años... También fue mi culpa de que esto pasara. Por eso estoy dispuesto a todo para tomarlo de nuevo y luchar hasta conseguirlo.
La reina sostuvo su mirada.
—Cuando intenté detenerte, padre eligió creerte —continuó Vladimir—. Me selló. Y luego, tu lindo esposo— señala al rey—. Terminó el trabajo con una espada en mi pecho.
El rey, que había permanecido en silencio, se removió incómodo. Una vez, fue el protagonista perfecto. Ahora solo es un viejo mañoso.
—No debiste sobrevivir —murmuró el rey.
Vladimir lo miró por primera vez.
—Eso no te salió bien —dijo—. Y ahora el reino lo sabe.
Se giró hacia la multitud.
—No les pido que me sigan —dijo—. No les pido lealtad. Solo que miren alrededor. Que vean lo que han construido. La nobleza no vivirá mucho tiempo bien. Dentro de un año, verán la consecuencia de una mala dirección.
Anabel dio un paso adelante entonces. Vladimir no intentó detenerla.
Ella se soltó de su brazo y avanzó hasta el borde del patíbulo.
—Los números que les mostré no eran nuevos —dijo con voz firme—. Siempre estuvieron ahí. Solo que se hicieron la vista gorda. Y si eso sigue así. Pronto alcanzará a la nobleza.
Algunos ministros asintieron sin darse cuenta.
—Si dudan de sus palabras —continuó—. Miren el reino. Miren los pueblos vacíos. Los caminos cerrados. La decadencia es mas grande aún.
Se giró hacia Vladimir.
—Vladimir no es un villano —dijo—. Es el lobo blanco y es un héroe. Ha liberado a tres pueblos ahogados por culpa de la corona.
El príncipe heredero soltó una risa nerviosa.
—Aunque fuera cierto —dijo—. Eso no importa. Mis padres son los reyes y yo su heredero. La posición no está a favor de ustedes. ¡Atrápenlo!
Nadie se movió.
—¿No escucharon? —gritó—. ¡Es un criminal!
Un capitán dio un paso adelante.
—Alteza —dijo—. Si es quien dice ser…
—¡No importa! —interrumpió el príncipe—. ¡Mátenlo!
Vladimir suspiró.
—Ahí está la diferencia —dijo—. Yo no necesito que mueran para demostrar mi poder y mi derecho como rey.
Con un movimiento rápido, golpeó a otro guardia que se acercaba demasiado y lo lanzó contra el suelo sin herirlo.
—Esto es una declaración de guerra a los reyes. Pronto vendré por lo que es mío. Por lo que me robaron.
Tomó a Anabel del brazo.
—Nos vamos —le dijo.
—Lo sé —respondió ella.
Caminaron juntos. Nadie los detuvo.
Algunos nobles observaban con rabia. Una parte con miedo. Y los últimos con algo parecido a esperanza.
—Ella es peligrosa —murmuró uno.
—No —respondió otro—. Ambos lo son. Él tiene la fuerza física y ella la inteligencia. Supo cómo actuar en una situación así. Hasta los reyes están perplejos.
Desde lo alto, la reina los vio marcharse.
—No debería verse así —dijo en voz baja—. Debería estar marchito.
El rey no respondió. Avergonzado de que alguien con unos años mayor que él se vea tan formidable.
El príncipe heredero apretó los puños.
—Lo voy a cazar —dijo—. No importa como sea.
Nadie le contestó.
Lejos del palacio, Vladimir y Anabel avanzaron sin correr.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí —respondió ella—. Sabía que vendrías. Ese era el plan ¿No?
—Si. Todavía no puedo creer que no tuvieras miedo en una situación así. Eres fuerte Anabel Boyer.
Ella sonrió, miró hacia abajo y expresó negando con la cabeza.
—No... Ya no usaré mi apellido de casada—dijo ella—. Solo seré Anabel.
Se detuvieron cuando estuvieron fuera de la vista directa del palacio.
Vladimir la soltó con cuidado.
—Entonces usa el mío. Te protegeré desde ahora.
—Vladimir... Yo no podría-
En aquel instante. Vladimir la besó. En medio de la calle. Sin importar que los guardias estuvieran buscándolo.
La noche llegaba poco a poco. Avisando. Él se separó lentamente. Y cerca de su rostro, susurró.
—Lo harás... Me hice una promesa cuando te conocí; mataría a todos los me quitaron mi trono y volvería al poder. Ahora hago una promesa para tí; Conseguiré el trono para que seas mi reina. Solo si así lo quieres.
Ahora ya no hay vuelta atrás. Los sentimientos de él salieron a flote una vez declarada la guerra contra la corona.
Ella subió una mano en su rostro y acarició su labio inferior con su pulgar. Hay unos colmillos visible.
Esto era lo que ella quería en un principio.
Al él.
Pero nunca pensó que él se interesaría de inmediato. Ni que ella también se sintiera tan ansiosa de tenerlo.
—Aceptó.
Se miraron unos segundos más. Y luego, se comieron a besos con intensidad. Abrazándose.
No lejos de ahí. Arturo veía. Solo estaba de pasó y por mala suerte, se la encontró con otro hombre.
La irá, el odió y el resentimiento son protagonista de sus sentimientos. Con los actores secundarios como, la humillación y los celos.
A ambos no le importaba estar en medio de un campo de batalla. Mientras él sea capaz de protegerla, puede estar en el mismo infierno y aún así darle cariño sin dejar de ser su escudo.
Cuando por fin se separan. Toman una ruta que desaparece su andadas. Arturo maldice porque siente que no puede seguirlos.
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Mientras tanto, lejos de allí, un carruaje avanzaba por un camino amplio.
Grecia observaba por la ventanilla.
Nunca había salido tan lejos de su provincia. El paisaje cambiaba. Las casas eran más grandes. Más ordenadas.
—¿Es aquí donde vive el conde? —preguntó al sirviente frente a ella.
—Sí, señorita —respondió él—. La villa está adelante.
Grecia apretó las manos sobre su falda.
No sabía qué le esperaba. Solo sabía que algo había cambiado. Y que su madre ya no estaba donde siempre.
La extraña. A pesar de que la vió por última vez hace horas.
El carruaje siguió avanzando. Pero su corazón se detuvo un momento por los nervios.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí