Rin sabía que su matrimonio era una mentira, pero esa mentira dolía menos que la verdad.
Había caído en sus propias ilusiones, convenciéndose de que él también la amaba. Por eso había querido besarlo, por eso había aceptado cada gesto suyo: las sonrisas en público, los bailes en las fiestas, la forma en que siempre era atento y cortés. Había confundido cortesía con amor.
Se había enamorado de un hombre que solo la veía como conveniencia. Lo supo la noche en que escuchó aquella llamada con Wil, su abogado y mejor amigo:
—El matrimonio me conviene. Me divorciaré de Rin cuando encuentre a la señora adecuada.
Las palabras la golpearon como un cuchillo. Desde entonces, cada aniversario, cada cena con vino y risas, era un recordatorio cruel. Y aun así, había disfrutado cada segundo aferrándose
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el eco de un rostro perdido
Wil estaba sentado en el jet privado de Calvin cuando Anabell le envió un mensaje con la foto de una mujer. Incluso a él le costaba creer que no fuera Marrin. Miró de reojo a Calvin, que trabajaba concentrado en su portátil.
No iba a mostrarle esa foto a su mejor amigo sin una buena razón. Acababan de regresar de Italia, después de lidiar con otra mujer que intentó hacerse pasar por Marrin.
Eran demasiadas ya. Mujeres desesperadas que, tras enterarse de que el cuerpo de Marrin nunca fue encontrado, buscaban ocupar su lugar. Todas ansiaban convertirse en la esposa de un multimillonario, asegurar su futuro sin tener que volver a trabajar, y para ello imitaban a Marrin:
estudiaban cada detalle de su vida, su pasado, sus gestos. Esta última había ido más lejos que todas: se había sometido a cirugías plásticas para parecerse lo más posible a ella.
Calvin estaba furioso. No solo por el engaño, sino porque, en el fondo, cada impostora era un recordatorio cruel de la mujer a la que amaba y había perdido. Wil ya le había aconsejado incontables veces que lo dejara ir, que aceptara que Marrin había desaparecido porque no quería ser encontrada. Pero Calvin no podía. Su obsesión lo consumía.
Quizás Marrin había usado el dinero y los contactos de Calvin para borrar toda huella de sí misma. Wil lo creía posible. Recordaba sus palabras antes de desaparecer:
—“Una decisión sin retorno… me estás echando y abandonando en un país donde ni siquiera hablo el idioma.”
Era lógico que lo hubiera odiado. Y sin embargo, Wil sospechaba que Calvin todavía la amaba. Esa era la verdadera razón por la que no podía soltarla. Incluso Anabell lo había dicho. Una vez lo encontró borracho en el sofá, y entre sus divagaciones, Calvin murmuró:
—“Nunca debí haberme divorciado de Rin…”
Pero luego, cuando Anabell lo cuestionó, él se reafirmó en su amargura:
—“Todos quieren mi dinero… ¿por qué iba a ser ella diferente?”
Wil volvió al presente y al teléfono que sostenía. Tecleó rápido:
—“¿Dónde estás? ¿Cuándo tomaste esa foto?”
—“Ayer en Nueva York. Estuve en la firma de libros de Marilyn Riddley, la autora que me recomendaste.”
Wil se tensó. Había enviado a Anabell a ese evento porque le encantaban los libros de aquella escritora. Incluso llevó el ejemplar que Marrin le regaló como compromiso, con la intención de que Marilyn lo firmara.
El mensaje siguiente lo dejó helado:
—“Marilyn conocía a Marrin. ¡Ella estaba allí!”
—“No. Esa no es Marrin, sino Marilyn Riddley” —respondió Anabell.
Wil miró la foto otra vez. La mujer era idéntica a Marrin.
—“¿Hablaste con ella?”
—“Sí, volvió a firmar mi libro. La letra es la misma… pero insiste en que no es Marrin. Quizás sea pariente suya. ¿Una gemela, tal vez?”
Wil apretó los labios. Todo era posible.
—“No se lo muestres a Calvin. Acaban de arrestar a otra impostora por robo de identidad. Déjame investigarlo primero.”
Cerró el teléfono justo cuando Calvin, molesto, cerró su portátil de golpe.
—“¿Es importante?” —preguntó con el ceño fruncido.
—“Solo Anabell… me extraña” —respondió Wil con una sonrisa forzada.
Calvin arqueó una ceja.
—“¿Conoció a la autora que tanto le gusta?”
—“Sí, y hasta volvió a firmarle su libro.”
Calvin resopló.
—“¿No tomó una foto con ella? Es lo que hacen todos los fans para presumir en redes sociales.”
—“No es que Marilyn lo haya sugerido” —dijo Wil, mientras bajaban del avión.
Por dentro, rezaba para que Anabell no hubiera publicado nada. Calvin podría estallar si llegaba a ver esa imagen. Aunque, pensándolo bien, Marilyn Riddley siempre había tenido fama de reclusa. Incluso Marrin lo mencionó en el pasado.
Wil recordó que ambas estudiaron en la misma universidad, según las palabras de Marrin. Una coincidencia demasiado sospechosa. Revisó en su teléfono: Marilyn no tenía fotos públicas, solo una breve biografía. Vivía en Virginia con sus dos hijos y disfrutaba de la naturaleza en sus ratos libres. Nada de esposo, ni de su infancia, ni de estudios.
¿Y si sí eran la misma mujer?
Wil estaba absorto en esos pensamientos cuando Calvin lo sorprendió:
—“¿Por qué estás mirando eso?”
—“Oh… solo tenía curiosidad por lo que se puede estudiar en Caltech” —improvisó.
Pero la verdad era otra: buscaba la clave para descubrir si Marilyn Riddley y Marrin eran, en realidad, la misma persona.