Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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15. Pidiendo ayuda
Camila no había actuado impulsivamente. Le tomó tiempo encontrar un norte después de todo lo que había provocado, porque ya le había fallado a su madre una vez y, por protegerla, Estrella había descuidado su imperio hasta permitir que otros lo debilitaran. Esa culpa no se disipaba con arrepentimiento; exigía acción. Si su madre la había protegido incluso a costa de su propio poder, ahora era ella quien debía sostener el legado familiar.
La medianoche anterior consiguió el número que necesitaba. No era solo un contacto estratégico; era la única pieza capaz de congelar el tablero antes de que los directivos eligieran un nuevo presidente.
Sebastián García York no era un abogado común. Había ingresado a Harvard a los catorce años, provenía de una familia con fortunas acumuladas durante generaciones y, aun así, nunca se dejó moldear por ese entorno rígido. A sus veintitrés años tenía fama de brillante, impredecible y, sobre todo, incorruptible. No solía contestar números desconocidos. Esa noche, sin embargo, lo hizo.
...Sebastián García York ...
- “¿El abogado Sebastián García York?”, preguntó la voz femenina, que sonaba controlada, demasiado controlada.
Él no necesita que se presente, después del atentado en que pudo morir su mejor amiga, averiguó demasiado a la responsable.
- “Soy Camila Romero Portugal”, siguió diciendo Camila, cuando escuchó su respiración y no el sonido de su voz.
- “No sabía que teníamos algo que conversar”, respondió Sebastián de manera seca.
- “No lo tenemos, pero podemos tenerlo”, dijo Camila, sin sonar histérica, tampoco inestable.
Suena calculada y eso lo obliga a escuchar.
- “Están intentando remover a mi madre de la presidencia”, dijo Camila.
- “Tu madre no está en condiciones de ejercer”, respondió él con frialdad.
- “Eso no les da derecho a desmantelar el conglomerado”.
Ahí cambió la conversación. Camila no habla como hija desesperada, sino como una heredera, que intenta proteger un legado familiar.
- “Tú descubriste a los socios que estaban drenando capital mientras ella demandaba a Edward Safra. Sé que tienes esa información”, manifestó Camila.
Sebastián no confirmó, Tampoco lo negó, tenía un nudo en la garganta que debía soltar.
- “Es difícil confiar en ti, después de que intentaste asesinar a mi mejor amiga, si ella no resultó muerta, fue porque Edward se interpuso y fue él quien resultó herido, Marcela sufrió mucho por tus acciones”, expresó Sebastián.
- “Fue Marcela Molina quien me dió tu número personal, por eso no estoy llamando al estudio de abogados, puedes confirmarlo si quieres, ella es mucho mejor persona que yo, que mi madre, y si Marcela dice que eres honorable, entonces debe tener razón”, explicó Camila.
Esa mención cambió el peso de la conversación. No porque lo convenciera, sino porque demostraba que Marcela había visto en Camila algo más que la mujer que intentó destruirla.
- “¿Qué quieres?”, preguntó Sebastián.
- “Que no saquen a mi madre de la presidencia, que no elijan a nadie”, respondió Camila.
- “Eso no es una estrategia. Es una pausa”, replicó Sebastián.
- “Exacto. Si nombran presidente, consolidan poder. Si consolidan poder, mi madre no vuelve. Y si mi madre no vuelve… yo tampoco tengo lugar, porque todo lo que estoy reconstruyendo se lo debo a ella, si no fuera por descuidar su imperio por cuidarme a mí, ella se hubiera dado cuenta de los enemigos mucho antes de que la atacarán”, comentó Camila.
- “¿Por qué yo?”, preguntó Sebastián.
- “Porque no trabajas para ella. No le debes nada. Y porque si te ven de mi lado, los verdaderos enemigos se van a descolocar”, respondió Camilla.
Ella vio el mal a los ojos, y en algún momento fue hasta su herramienta, así que entendió algo brillante, nadie sospecha de un supuesto adversario.
Sebastián la mide en silencio. Ella no le pide que ataque. Le pide que recuerde cláusulas, que haga llegar advertencias, que sugiera riesgos legales. No quiere guerra, quiere congelar el tablero, ganar tiempo.
- “Te enviaré un resumen de riesgos regulatorios si hay cambio de presidencia”, dijo él finalmente.
- “No necesito que la salves Solo que no la entierren viva”, dijo Camila y colgó.
Sebastián se queda mirando el teléfono. Decidió ayudar no por Marcela, Edward Estrella, sino porque escuchó que Camila no quiere destruir, sino sostener, y Marcela siempre le decía “cuando ayudas a redimirse a alguien, entonces puedes ganar un pedacito de cielo y un amigo leal”.
Ahora mientras Camila, sale del lugar donde ocurrió la junta, vuelve a ver la información que le mandó Sebastián a su correo y le escribe un mensaje “Gracias, nadie me había ayudado, haciendo que me viera fuerte”.