Una vez fui la general que nadie pudo doblegar.
Ahora… despierto en una jaula de cristal llamada familia.
Ella murió con traición en la sangre y una espada en el corazón.
Él era su hermano.
Él era su final.
Pero los dioses no entienden de finales.
Elara Voss. Hija legítima.
Olvidada. Humillada. Rechazada.
En su mansión, la hija adoptiva brilla como la estrella que nunca le permitieron ser.
Y todos… todos la adoran.
Excepto que algo dentro de Valeria despierta. Algo antiguo.
Algo que sabe matar con una mirada.
Y hay un secreto que nadie le dijo:
🗣️ Sus pensamientos… no son silenciosos.
La familia los oye.
El prometido los oye.
Pero la impostora… no.
¿Qué pasa cuando una leyenda renace en el cuerpo de la chica que todos ignoran?
¿Y si su voz interior… es la única arma que necesita para destruirlos a todos?
Entre galas de alta sociedad, sonrisas falsas y promesas rotas…
una guerra silenciosa está a punto de estallar.
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Regalos envenenados y humo verde
Elara descendió las escaleras con pasos firmes, decidida a enfrentar otro día de fingimientos en la mansión Voss. El aroma a café recién hecho y pan tostado flotaba desde el comedor, pero antes de que siquiera pudiese llegar allí, las voces animadas la hicieron detenerse en el vestíbulo principal.
Allí se encontraban ellos: sus dos hermanos mayores, quienes recién habían regresado del extranjero.
Alexander Voss, de veintiséis años, el heredero aparente, alto y elegante con su traje hecho a medida, sostenía varias bolsas de marcas de lujo. Y a su lado, estaba Valeria Voss, de veinticuatro años —la única hermana biológica mayor de Elara—, quién se encontraba riendo con esa risa cristalina que siempre se había encargado de usar como arma. Ambos hermanos rodeaban a Ariana, que estaba sentada en el sofá con una expresión de niña emocionada, mientras abría los paquetes uno a uno.
Habían regalos caros regados por todos lados: tales como un bolso Hermès, joyas de Cartier, perfumes exclusivos, zapatos Louboutin, un relon Rolex... Todo exclusivamente para Ariana.
Pero para Elara, nada. Ni siquiera una sola mirada.
Alexander optó por sacar una caja grande y no dudó en entregárselo a Ariana con una sonrisa amplia. —Esto te va a encantar, pequeña. Lo ví en París y pensé inmediatamente en ti.
Valeria tomó otro paquete y lo agregó a la colección. —Y esto en Milán. Nadie más lo merece tanto como tú.
Ariana no tardó en abrir los ojos con una sorpresa fingida, mientras se cubría la boca con las manos. —¡Oh, Dios mío! ¡Son increíbles! No tenían que haber gastado tanto en mí... Ahora me siento culpable. Es mi culpa que no le hayan traído nada a Elara —agregó con un tono de voz dulce y tembloroso, observando de reojo a Elara que había acabado de ingresar—. Es que... me quieren tanto que no pudieron pensar en nadie más que en mí. No los culpo, de verdad.
Sus palabras se oían como disculpa angelical, pero Elara escuchó claramente el pensamiento cruel que esas palabras escondían a la perfección:
«Claro que no trajeron nada para la campesina. Este lugar es mío, y ellos lo saben. Que se pudra mirando. Y que se de cuenta de quién es la verdadera dueña de esta casa, porque la que no es amada es la segunda».
Después de eso Ariana señaló un vestido sencillo entre todas esas prendas caras, uno de color beige, tirado descuidadamente sobre la mensa auxiliar como si fuese un trapo para limpiar olvidado.
—Elara, si quieres... Puedes quedarte con este. A mí no me gusta tanto, y creo que no me quedará bien. Te lo regalo —dijo con una sonrisa humilde.
Cuando Elara estaba apunto de responder, Valeria soltó una risa seca. —Ariana, no seas tan buena con alguien como ella. No lo merece.
Alexander cruzó los brazos, observando a Elara con desdén. —Exacto. Después de lo que le hiciste, ¿todavía le das algo? Eres demasiado generosa, Ariana. Algunos no saben agradecer lo que tienen... ni lo que se les ofrece.
Elara optó por permanecer quieta en la entrada, mirando la escena.
«Estos dos son mis hermanos mayores», comenzó a pensar con frialdad. «Alexander y Valeria. Tan estúpidos y tan ciegos que no se dan cuenta de las verdaderas intenciones de esta víbora. En la vida anterior, Alexander murió creyendo que Ariana era un ángel, y Valeria... perdió todo por confiar en la persona equivocada».
Se aproximó lentamente hacia ellos, permitiéndose dejar escapar una sonrisa pequeña y tan afilada como una daga. Luego se detuvo delante de Valeria y apuntó delicadamente con un dedo el elegante sombrero verde esmeralda que su hermana traía puesto —un modelo de alta costura que había presumido en redes sociales toda la semana anterior.
—Hermana... ¿qué es ese humo verde que sale de tu cabeza?
El vestíbulo no tardó en quedarse en absoluto silencio. Y en ese instante Valeria no pudo evitar fruncir el ceño, mientras se tocaba el sombrero instintivamente.
—¿De qué hablas? ¿Humo verde? ¿Te has vuelto loca?
Los padres, que habían acabado de entrar desde el comedor al escuchar las voces, se observaron entre sí, confundidos. Victor y Miriam intercambiaron una mirada alarmante. Y Alexander no tardó en soltar una carcajada burlona, pero Ariana palideció ligeramente.
Finalmente, Valeria señaló a Elara con un dedo acusador. —¡Tú! ¿Qué intentas ahora? ¿Más dramas?
Elara inclinó la cabeza, y su sonrisa empezó a ampliarse apenas. —De casualidad... ¿tu prometido acaba de volver de Francia contigo?
Valeria al escuchar sus palabras no pudo evitar retroceder unos pasos, y su rostro se enrojeció de golpe.
—¿Cómo... cómo sabes eso? Nadie sabía que Louis vino conmigo en el vuelo de regreso. No siquiera se lo conté a mamá todavía.
Alexander frunció el ceño. —¿Louis? ¿El francés ese? Pensé que seguían comprometidos a distancia.
Elara se acercó unos pasos más, y su tono de voz salió bajo pero claro como el cristal.
«Oh, esto sí que es emocionante», pensó conteniendo la satisfacción. «Si supiera que en realidad estuvo revolcándose con su amante en secreto durante todo el viaje ¿cómo reaccionaria?... uh, seguro que moriría de rabia. Presume tanto de su prometido perfecto, el heredero de la cadena hotelera, y él la niega en los clubes mientras duerme con un montón de chicas. Hasta le gasta el dinero en ellas. Y con razón, era de esperarse, por eso lleva ese sombrero verde tan grande».
Alzando la voz, dijo con un tono inocente: —Solo era una observación, hermana. El verde te queda... muy bien. Resalta mucho.
Valeria se llevó las manos hacia el sombrero verde, furiosa. —¡Estás insinuando algo asqueroso! ¡Louis me ama! ¡Es fiel!
Alexander intervino, molesto. —Elara, basta de juegos raros. Deja a Valeria en paz.
Pero Miriam, que había permanecido callada, observó a su hija con una chispa de duda nueva.
—Valeria... ¿Louis vino contigo? ¿Por qué no nos dijiste nada?
Valeria tartamudeó. —Era... sorpresa. Íbamos a anunciarlo juntos esta semana.
Ariana, volviendo a recuperar la compostura, llevó una mano suave hacia el hombro de Valeria, colocándola con cuidado.
—No te enfades, Vale. Elara solo está celosa, como siempre.
Pero la semilla de la duda ya estaba plantada. Y Elara solo pudo encogerse de hombros y se limitó a pasar junto a ellos hacia el comedor.
—Disfruten los regalos —dijo por encima del hombro—. Y cuidadito con el humo verde... dicen que quema los ojos si te acercas demasiado.
Mientras se marchaba alejándose de ellos, escuchó como Valeria le gritaba algo, como Alexander defendía a Ariana, y también escuchó a sus padres murmurandose preocupados.
«Valeria morirá de rabia cuando descubra la verdad sobre Louis», pensó Elara mientras se servía una taza de café. «Y cuando lo haga, culpará a la persona equivocada... hasta que vea quién realmente ha estado riéndose a sus espaldas todo este tiempo».
La mesa del desayuno apenas empezaba a convertirse en un campo de minas. Y Elara había encendido la primera mecha.