Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12: Donde el deseo aprende a esconderse… y a quedarse
Antes de que el deseo se volviera claro, fue torpe.
Antes de que el cuerpo reaccionara con certeza, fue duda.
Desde los primeros días tras aceptar que caminaban juntos —aunque aún no lo dijeran en voz alta—, comenzaron los pequeños momentos robados. Instantes breves, casi infantiles, que hacían latir el corazón del omega con una intensidad desconocida.
Besos rápidos en pasillos vacíos.
Demasiado cortos.
Demasiado suaves.
Siempre acompañados de un sobresalto.
—¡Alguien podría vernos…! —susurraba el omega, rojo hasta las orejas, intentando separarse.
El duque sonreía, apoyando la frente en la suya.
—Entonces será solo un segundo —respondía.
Y ese segundo bastaba para dejar al omega temblando, con los labios ardiendo y el corazón desordenado.
A veces el beso fallaba. Nariz contra mejilla. Labios que no encontraban el ángulo correcto. El omega se quedaba congelado, avergonzado, mientras el duque soltaba una risa baja, cálida, nada burlona.
—Lo siento… —murmuraba el omega—. No soy muy bueno en esto.
—No tienes que serlo —decía el duque con suavidad—. Es suficiente con que seas tú.
Esos besos torpes se repitieron. En escaleras poco transitadas. Tras columnas del jardín. En balcones al atardecer, cuando la luz los cubría y el mundo parecía lejos.
Nunca duraban demasiado.
Nunca iban más allá.
Pero dejaban huella.
El omega comenzaba a sentirlo en el cuerpo.
Una sensación cálida que nacía bajo el pecho. Un cosquilleo bajo la piel cuando el duque se acercaba demasiado. La forma en que su respiración cambiaba sin que pudiera controlarlo.
Y aún así, la timidez seguía ahí.
Aquella mañana, trabajaban juntos en la sala abierta del castillo. Los planos estaban extendidos sobre la mesa, y el omega se inclinó para señalar una corrección, concentrado.
No notó al duque acercarse hasta que lo sintió.
Demasiado cerca.
El calor de su cuerpo a la espalda. El aroma frío, limpio, como aire de invierno. El omega tragó saliva, intentando no tensarse.
—Aquí… —dijo, señalando el plano—. Si reforzamos este arco, la estructura será más estable.
—Lo veo —respondió el duque, inclinado sobre él.
La mano del duque se apoyó en la mesa, encerrándolo sin tocarlo. El omega sintió el impulso de girar el rostro… y se detuvo justo a tiempo, consciente de lo cerca que estaban sus labios.
El silencio se volvió denso.
—¿Estás bien? —preguntó el duque en voz baja.
—Sí —respondió el omega—. Solo… un poco nervioso.
El duque se apartó apenas, lo justo para darle espacio sin romper el momento.
—Avísame si alguna vez es demasiado —dijo.
El omega levantó la mirada.
—No lo es —confesó—. Solo… me hace sentir cosas que no entiendo del todo.
El duque asintió.
—Entonces iremos despacio.
Y lo hicieron.
Los besos continuaron, siempre breves, siempre algo torpes, siempre cargados de un deseo que aprendía a esperar. A veces el omega se aferraba a la ropa del duque sin darse cuenta. Otras, era el duque quien se detenía primero, respirando hondo, como si no quisiera romper algo frágil.
Comenzaron a caminar juntos por el ducado.
Al principio, el omega dudaba antes de tomarle la mano. Miraba alrededor, inseguro. El duque no lo apuraba. Solo dejaba la suya cerca.
Hasta que un día, fue el omega quien entrelazó los dedos.
Su mano temblaba.
El duque la sostuvo con firmeza tranquila.
El mundo no se cayó.
Los niños corrían hacia ellos, abrazando al omega con confianza. Los ancianos los saludaban con afecto sincero.
—Es bueno —decían—. Siempre escucha. Siempre se queda.
El duque observaba todo eso con una admiración que no intentaba ocultar. Veía cómo el omega se agachaba para hablar con los niños, cómo explicaba con paciencia a los mayores, cómo sonreía sin darse cuenta cuando ayudaba.
Una tarde, lo escuchó cantar otra vez.
El omega estaba en una plaza, creyéndose solo. La canción era distinta. No hablaba de pérdida. Hablaba de elegir. De quedarse. De amar sin miedo.
Cuando lo vio, se sobresaltó.
—Yo… —balbuceó—. No era para que la escucharas.
—Me alegra haberlo hecho —respondió el duque.
El omega se cubrió el rostro, avergonzado.
—Habla de lo que siento por ti.
El duque se acercó, tomó sus manos.
—Entonces es una canción hermosa.
Ese beso fue distinto. Más largo. Más consciente. El omega sintió cómo su cuerpo reaccionaba con más fuerza, un calor suave que no lo asustó… solo lo hizo apoyarse un poco más en el duque.
Se separaron despacio.
—Creo… —susurró el omega— que estoy empezando a desearte.
El duque apoyó su frente en la suya.
—Y yo aprenderé a cuidarte en ese deseo.
Esa noche, dormidos uno junto al otro, sin ir más allá, el omega comprendió algo nuevo:
El amor no siempre irrumpe.
A veces se esconde.
A veces tiembla.
Y cuando se queda…
lo hace para durar.