Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 18 – CUANDO EL AMOR APRENDE A ESPERAR
La noche era tranquila.
Demasiado tranquila.
Ariel despertó con una presión extraña en el vientre, distinta a todo lo que había sentido antes. No era dolor aún…
Era un aviso.
Un llamado suave que recorrió su cuerpo desde dentro, obligándolo a respirar más profundo.
Se quedó inmóvil.
Escuchándose.
Sintiendo.
Entendiendo.
Kael se movió a su lado de inmediato.
—Ariel… —murmuró, alerta incluso dormido—. ¿Qué pasa?
Ariel apoyó una mano en su abdomen.
Sus dedos temblaron apenas.
—Creo… —susurró—. Creo que ya empezó.
El mundo cambió en ese instante.
Kael se incorporó de inmediato.
Despierto.
Presente.
Sin miedo visible… pero con todo el peso de ese momento en la mirada.
—¿Dolor?
—No fuerte… aún.
Kael tomó su mano.
La sostuvo con firmeza.
—Respira conmigo.
Ariel obedeció.
Inhalaron juntos.
Exhalaron juntos.
Lento.
Constante.
Como si ese ritmo fuera suficiente para sostener todo lo que venía.
—No estás solo —dijo Kael en voz baja—. No en esto.
Una pausa.
—Nunca más.
El primer espasmo real llegó poco después.
Ariel se tensó.
Un sonido bajo escapó de sus labios.
Kael no se movió.
No se apartó.
—Aquí —susurró, apoyando la frente en la suya—. Mírame.
Ariel lo hizo.
Y en sus ojos encontró lo que necesitaba.
No respuestas.
Certeza.
—Duele… —admitió.
—Lo sé —respondió Kael—. Pero estás siendo increíblemente valiente.
Entre contracción y contracción, Kael preparó todo.
Agua.
Telas.
Calor.
Cada movimiento era preciso.
Pero sobre todo… atento.
Siempre volviendo a él.
Siempre asegurándose de que Ariel lo sintiera.
—Nunca pensé… —murmuró Ariel, con la voz quebrada—. Que alguien se quedaría así.
Sus dedos se aferraron a su ropa.
—Que no huiría cuando más débil me siento.
Kael volvió a su lado.
Sin distancia.
—No eres débil —dijo con firmeza—. Estás creando vida.
Apoyó su mano sobre su vientre.
—Eso es lo más fuerte que existe.
Otra contracción.
Más intensa.
Más profunda.
Ariel se dobló.
Kael lo sostuvo.
Sin contenerlo.
Permitiéndole aferrarse.
—Aprieta —le susurró—. Todo lo que necesites.
Y Ariel lo hizo.
Se aferró.
Lloró.
No solo por el dolor.
Por todo.
Por lo que fue.
Por lo que sobrevivió.
Por lo que ahora… estaba naciendo.
—Tengo miedo… —confesó.
Kael besó su sien.
—Yo también.
Una pausa.
—Pero no estamos solos en esto.
Las horas se deshicieron.
No hubo tiempo.
Solo respiraciones.
Dolor.
Manos que sostenían.
Voces que no se apagaban.
—Mírame… —repetía Kael—. Estás haciéndolo perfecto.
Cuando el cansancio lo alcanzó, Ariel se dejó caer contra él.
—No sé si puedo más…
Kael lo abrazó con más firmeza.
—Sí puedes.
Su voz no dudó.
—Porque no estás haciendo esto solo.
Apoyó su frente contra la suya.
—Estoy contigo.
Su mano descendió.
—Nuestro hijo está contigo.
Eso fue suficiente.
El último momento llegó como una ola.
Dolor.
Fuerza.
Entrega.
—Ahora… —susurró Kael—. Amor, ahora.
Ariel gritó.
No de miedo.
De vida.
De decisión.
De todo lo que ya no estaba dispuesto a perder.
Y entonces—
El mundo se rompió.
Y volvió a empezar.
Un llanto llenó la habitación.
Pequeño.
Frágil.
Innegable.
Kael dejó de respirar.
Por un segundo.
—Ariel… —susurró, con la voz quebrándose—. Lo hiciste.
Ariel apenas podía moverse.
Las lágrimas caían sin control.
—¿Está…?
Kael lo sostuvo.
Con manos que temblaban.
Y acercó al pequeño cuerpo.
—Está aquí.
Ariel lo recibió.
Como si el mundo entero dependiera de ese gesto.
Sus manos temblaron.
Pero no soltaron.
Nunca.
—Hola… —susurró, entre sollozos.
Y en ese instante…
todo tuvo sentido.
Kael los envolvió a ambos.
Sin separarlos.
Sin permitir que nada entrara entre ellos.
—Míranos —dijo, con la voz aún rota—. Somos una familia.
Ariel apoyó la frente en su pecho.
Exhausto.
Vacío.
Lleno.
—Gracias… —susurró—. Por quedarte.
Kael besó su cabello húmedo.
—Siempre fue mi lugar.
Y en esa noche larga, silenciosa…
entre lágrimas, respiraciones entrecortadas y un nuevo latido…
el amor dejó de ser una promesa.
Se volvió real.
Irreversible.
Imposible de romper.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”