El amor más profundo a menudo nace de la ceniza de la traición más amarga.
Para evitar su ejecución como la villana de la historia, Anya deberá abandonar al príncipe que la odia y forjar un pacto con el verdadero antagonista, reescribiendo su trágico final con magia y pasión.
¿Podrá cambiar su destino?
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Capítulo 03
La quietud de la habitación era engañosa. Aunque el lujo la rodeaba —desde las cortinas de seda carmesí hasta los frascos de perfume de cristal tallado— Anya sentía que se encontraba en una celda de espera. Se sentó frente a su tocador, ignorando el té que Danna había dejado. Sus dedos recorrieron la madera fría del mueble, buscando una estabilidad que su mente aún no poseía.
—Concéntrate —se susurró a sí misma, observando sus labios moverse en el espejo—. Recuerda. Cada página, cada línea.
Cerró los ojos y, como si estuviera abriendo el libro físico en la biblioteca bajo la lluvia, las imágenes de *El Trono Carmesí* empezaron a proyectarse en su mente. Ella no era solo una lectora casual; en su vida anterior, la lectura era su escape, su obsesión. Recordaba el prólogo, las notas al pie de página y, sobre todo, el destino de la mujer cuyo cuerpo ahora habitaba.
En la novela, Anya O'Higgins era la hija única del Duque Gustav O'Higgins, un hombre cuya ambición solo era superada por su falta de escrúpulos. La familia O'Higgins era una de las fundadoras del imperio de Oakhaven, y su linaje estaba ligado a una antigua magia de sangre que se manifestaba en esos inquietantes ojos rojos. Sin embargo, esa magia se consideraba una maldición en la era actual, una marca de inestabilidad.
—El compromiso —murmuró Anya, abriendo los ojos.
Ese era el núcleo del problema. Originalmente, el compromiso entre Anya y el Príncipe Erick Cromwell no era por amor, sino un contrato político para calmar a las facciones nobles que aún temían el poder de los O'Higgins. Pero la Anya original se había enamorado perdidamente de la apostura y el estatus de Erick. Ese amor se transformó en una obsesión tóxica que la llevó a hostigar a cualquier mujer que se acercara al príncipe.
Y entonces apareció Mía Roster.
Mía no era noble de nacimiento, sino la hija perdida de un barón menor, criada en un convento. Su "pureza", su cabello castaño claro y sus ojos llenos de una amabilidad fingida (o quizás real, Anya aún no lo sabía) cautivaron a Erick de inmediato. En la trama original, hoy era el día en que Erick había decidido que ya no podía tolerar más a Anya.
—El incidente del jardín —recordó Anya con un escalofrío—. Según el libro, ayer Anya intentó empujar a Mía a la fuente de los deseos frente a todos los invitados. Erick intervino, la humilló públicamente y ella regresó a su habitación para tener el ataque de histeria que él mencionó hace un momento.
Eso significaba que estaba en el punto de no retorno. La ruptura oficial del compromiso ocurriría en cuestión de días, posiblemente en la próxima gala real. A partir de ahí, la caída de la villana sería estrepitosa. En su desesperación por recuperar a Erick, la Anya original cometería error tras error: desde el robo de joyas para incriminar a Mía hasta el fatídico intento de envenenamiento que la llevaría a la guadaña.
Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante —dijo Anya, recuperando instantáneamente su máscara de frialdad.
La puerta se abrió y entró un hombre de avanzada edad, con el cabello canoso peinado hacia atrás y una barba recortada con precisión quirúrgica. Vestía un jubón negro con bordados de plata. Sus ojos, del mismo rojo que los de Anya pero más apagados por los años, la recorrieron con una mezcla de juicio y fastidio.
Era el Duque Gustav O'Higgins. Su padre.
—He oído que has dejado de gritar —dijo Gustav, caminando hacia el centro de la habitación sin pedir permiso—. Espero que el Príncipe Erick haya logrado poner algo de sentido común en esa cabeza tuya, aunque lo dudo.
Anya se levantó con elegancia, sorprendiéndose de lo natural que le resultaba el movimiento.
—Padre —saludó ella con una inclinación de cabeza apenas perceptible—. El príncipe y yo hemos tenido una conversación aclaratoria.
Gustav arqueó una ceja, sorprendido por la falta de quejas o lágrimas.
—¿Aclaratoria? Anya, tus payasadas en el jardín ayer han puesto en peligro la renovación de nuestros tratados comerciales con la corona. Si Erick decide romper el compromiso ahora, antes de que aseguremos el puerto del sur, nuestra familia enfrentará una crisis financiera que ni tus rabietas podrán solucionar.
Anya caminó hacia la ventana, dándole la espalda para que él no viera la chispa de cálculo en sus ojos. En el libro, su padre la entregaba a las autoridades sin dudarlo cuando vio que ella ya no era útil para sus planes. No había amor en esta familia, solo transacciones.
—El compromiso se va a romper de todas formas, padre —dijo ella con voz plana.
Gustav soltó un bufido de desdén.
—¿Y lo dices así de fácil? Has pasado tres años persiguiendo a ese muchacho como una perra faldera.
—Eso fue antes de darme cuenta de que estaba persiguiendo algo que carece de valor real —respondió Anya, girándose para enfrentarlo—. Erick Cromwell es un hombre voluble que se deja guiar por la primera cara bonita que le muestra un poco de sumisión. Un líder así no es un aliado seguro a largo plazo.
El Duque se quedó en silencio, observando a su hija como si fuera una extraña que acabara de ocupar su lugar. La Anya que él conocía habría empezado a romper jarrones ante la mención de una ruptura.
—¿Qué estás tramando, Anya? —preguntó él con sospecha—. Si esto es otro de tus planes para llamar su atención fingiendo indiferencia...
—No estoy tramando nada, padre. Simplemente he decidido que mi vida vale más que un matrimonio con alguien que me desprecia. Si el compromiso se rompe, buscaremos otras alianzas. O mejor aún, buscaremos nuestro propio poder sin depender de una corona que se tambalea.
Gustav entrecerró los ojos. La ambición en su mirada se encendió al escuchar la palabra "poder".
—La gala de la cosecha es en tres días —dijo el Duque—. Erick planea anunciar algo importante. Todo el mundo sabe que será su intención de desposar a esa... Mía Roster. Si quieres salvar tu reputación, deberías estar allí y actuar con la dignidad que claramente te ha faltado hasta ahora.
—Estaré allí —aseguró Anya—. Pero no iré a rogar. Iré a observar cómo el príncipe comete el error más grande de su vida política.
Gustav asintió lentamente, aún desconcertado pero intrigado por el cambio de actitud de su hija.
—Más te vale. No permitiré que el nombre O'Higgins sea el hazmerreír de la corte otra noche más. Danna te ayudará con los preparativos. Consigue el vestido más caro que tengamos. Si vas a ser rechazada, que sea pareciendo una reina y no una mendiga despechada.
Cuando su padre salió de la habitación, Anya soltó un suspiro contenido. El encuentro había sido una prueba de fuego. Si podía engañar al hombre que la había criado (o al menos al que conocía a la versión original), podría engañar al resto de la corte.
Se volvió hacia la mesa y tomó una pluma y un trozo de pergamino. Empezó a escribir nombres, fechas y eventos.
*Mía Roster: El ángel que oculta espinas.*
*Erick Cromwell: El peón de sus propios impulsos.*
*Liam Gallagher: La variable desconocida.*
Al llegar al nombre de Liam Gallagher, Anya se detuvo. En el libro, Liam era el Duque de la Fortaleza Sombría, un hombre de cabello negro y ojos grises que operaba en las sombras de la guerra. Era el antagonista final, el hombre que supuestamente orquestaba la caída del imperio mientras Erick y Mía vivían su romance. La Anya original nunca tuvo una interacción real con él, excepto en el juicio final, donde él votó por su ejecución con una mirada de absoluto aburrimiento.
—Liam... —susurró ella—. El villano elegante. Si la historia dice que eres un monstruo, quizás seas el único que pueda entender a esta "Diosa Fría".
Anya sabía que el tiempo corría. El final escrito decía que ella moriría bajo una guillotina mientras el sol se ponía sobre Oakhaven. Pero ella recordaba cada detalle de la traición de Marcos y Elena en su otra vida, y esa herida era el combustible que necesitaba. No iba a permitir que Mía Roster jugara el papel de víctima mientras ella era pintada como el monstruo.
—Este no es el final de mi historia —declaró Anya, mirando su reflejo una última vez—. Es solo el prólogo de mi ascenso.
Se acercó al té, ahora frío, y lo vertió en una maceta cercana con un gesto decidido. Su vida anterior había terminado en un choque de metal y lluvia; esta vida no terminaría en un cadalso.
Se sentó de nuevo, ahora con un mapa del imperio extendido sobre la mesa. Tenía que estudiar la geografía, las finanzas de su familia y, sobre todo, encontrar una manera de acercarse a la biblioteca privada de los O'Higgins. Según los recuerdos fragmentados de la novela, allí se escondían los secretos de la magia de sangre, un poder que la Anya original nunca se molestó en aprender porque estaba demasiado ocupada eligiendo telas para un baile que nunca la haría feliz.
—Poder —dijo Anya, y sus ojos rojos parecieron brillar con una luz propia—. Eso es lo único que garantiza la libertad.
Con la determinación grabada en su nuevo y hermoso rostro, empezó a trazar su primer plan de contraataque. La gala de la cosecha no sería su funeral social; sería su declaración de guerra contra el destino.
qué paso con el papá, el rey y quienes son ceniza y rosa?
🫥 (joder soy gata)