Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 17
Menos de 5 horas de viaje parecían nada cuando el silencio entre ambos lo era todo. Esa cercanía que se habían negado por un año poco a poco lo recuperaban con esta calma momentánea.
Diodora miró hacia el horizonte; el olor del cacao silvestre le avisaba que estaban cerca de casa. Ya Hermich tenía ese característico aroma.
— Hasta aquí, Valtor.—dijo con voz suave, pero decidida— No quiero que mi padre te vea. Él no te tiene buen concepto.
Valtor no detuvo el paso.
— No pienso dejarte sola.
Ella suspiró, sabiendo que discutir con él era inútil.
— Mi padre no te perdonará… Ni siquiera sabiendo que fue un error.—murmuró ella.
— No necesito su perdón. Solo saber que te dejaré con tu familia. —respondió Valtor, con ese tono que no acepta otro pero.
El pueblo ya estaba despierto, y Hermich seguía igual; las casas de madera, el olor a leña, el viento que se movían tras los carteles de se busca de alguien; Diodora Montener.
Cuando llegaron al límite del sendero que conducía a la casa, Diodora se detuvo.
— Por favor, Valtor... Hazme caso, él... No sé cómo está ahora. Déjame contarle lo sucedido y-...
El caballo avanzó unos metros más. Hasta que una niña con el bolso de cuero desgastado se ajusta en su hombro, mira por ese camino; Tabatha.
La pequeña no dejaba de tartamudear al ver a su hermana. Se frotó los ojos una y otra vez, hasta que las lágrimas le nublaron la vista.
— ¡Diodora! —gritó, con la voz rota, echando a correr con los brazos abiertos.
Diodora bajó del caballo sin pensarlo. La envolvió en un abrazo que olía a tierra, al dulce del cacao, a su hogar.
Sintió el temblor del cuerpo de Tabatha, el calor de sus manos pequeñas. Por un instante el tiempo se detuvo ya que solo eran dos hermanas que volvían a encontrarse. No fue tanto tiempo, no, pero si una eternidad para ambas.
— ¡Yo iba a buscarte! —sollozó Tabatha, con las mejillas ruborizada— Padre está a punto de irse del pueblo para encontrarte… Y madre… madre está muy enferma desde que desapareciste.
— Madre… —susurró Diodora, con un nudo en la garganta.
Corrió hacia la casa sin mirar atrás. Valtor permaneció junto al caballo, observando en silencio. Mientras que Tabatha, notando su mirada, se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Él, sin decir palabra, se acercó para ofrecerle un pañuelo. La niña lo tomó con timidez.
— ¿Fuiste tú quien la salvó? —preguntó, con la voz entrecortada— Escuchamos que la iban a ejecutar en Dorkar… Los del priorato… Padre se fue hace poco, Fue a buscar un caballo. Yo iba a seguirlo, pero me dejó atrás.
Valtor sintió un peso helado en el pecho. Si no hubiera sabido a tiempo quién era la bruja, Diodora ya sería ceniza y su familia estaría llorándola frente a una tumba vacía.
— ¿Sabes a dónde fue? —preguntó, intentando mantener la calma.
— A la casa del viejo Thomas. Él tiene una yegua joven.
Valtor asintió, colocó una mano en el hombro de la niña.
— Quédate aquí, Tabatha. Le avisaré a tu padre. Ve con tu hermana.
Ella asintió, confiada. Valtor subió al caballo y cabalgó entre los árboles. El bosque que alguna vez vivió parecía tan igual, es como si nunca se hubiera ido.
« Ferguson Montener Dantes…. Sabía que lo conocía. Su mirada me lo dijo la primera vez que nos vimos. Lo confirmé cuando regrese a Dorkar. Antiguo servidor del priorato, bajo el mando de mi padre. Era un niño en ese entonces, estoy seguro que él también me reconoce...»
El camino lo llevó hasta la casa del viejo Thomas. Allí, entre la lejanía, distinguió dos figuras hablando junto a una yegua. Ferguson sostenía las riendas, su postura rígida, como siempre. Thomas, nervioso incluso peor que antes, se apartó apenas vio a Valtor desmontar.
Ferguson lo reconoció al instante.
Sus ojos, oscuros como la noche se endurecieron. En un segundo, cruzó el espacio entre ellos y lo tomó por el cuello de la camisa con una fuerza que no parecía humana.
— ¿Qué le hiciste a mi hija? —escupió— ¡Hijo de Valkor!
Valtor no se resistió. Lo miró directo, la voz firme pero serena.
— Su hija está en casa, a salvo.
Ferguson parpadeó. Lo soltó de golpe, respirando con dificultad, como si no creyera lo que oía.
— ¿A salvo...? —repitió, incrédulo.
— Fue llevada por órdenes del Prior, no por mí. Créame, jamás le haría daño a la mujer que amo. Hay mucho que explicar, pero ella lo espera.
El silencio entre ambos era tan pesado que Thomas se sintió aplastado, él retrocedió unos pasos, intuyendo que ese encuentro no era suyo a pesar de que conocía a Valtor.
Ferguson bajó la mirada, apretando los puños.
— ¿Le hablaste de mí?
— No. —respondió Valtor— No es mi lugar contarle su historia.
Ferguson soltó una breve risa amarga.
— Mi historia… ¿Quieres saber por qué abandoné el priorato? No fue por cobardía. Fue por amor. Salvé a una mujer que tu padre quería ver ardiendo a pesar de que era inocente, ¡Él lo sabía!
— No lo culpo. —dijo Valtor, y por primera vez, bajó la voz— Pero no soy mi padre, Y espero también logre entenderme… No pienso alejarme de Diodora.
Ferguson lo miró largo rato. El silencio se volvía más abrupto que no sabían cómo continuar. Finalmente, Valtor habló con una calma que da miedo. Pues está seguro de su destino con Diodora.
— Entonces, que ella decida, y sé que me escogerá a mí.
— ¿Y si no lo hace?
Valtor se ríe mientras sube a su caballo. Estaba tan confiado en eso, que no ve otro futuro si no es al lado de esa mujer. Le dedicó una leve inclinación al viejo Thomas, y se alejó.
Mientras el sonido de los trotes se perdía, Ferguson tomó la yegua con brusquedad y murmuró.
— Ella no sabe el peligro que lleva ese hombre.
Regresó al galope, con el alma dividido entre el amor por su hija y el odio hacia el hombre que la salvó.
Al llegar a casa, lo primero que dijo, con una voz quebrada desde el pasillo.
— ¡Diodora!
— ¡Padre! — respondió ella desde el piso de arriba, donde reposaba Agatha.
Ferguson subió los escalones de dos en dos, y al verla, no contuvo las lágrimas. La tomó en brazos como cuando era niña.
— ¿No te hicieron nada? ¿Te lastimaron?...
— Hay mucho que contar, padre.—dijo Diodora, con una sonrisa cansada— Pero quiero hacerlo cuando madre esté bien.
Agatha, débil pero despierta, se incorporó en la cama. Tenía las ojeras profundas de quien ha llorado más de lo que el cuerpo permite.
— Yo estoy bien.—susurró— Ahora que estás aquí, ya puedo respirar.
Diodora tomó su mano. No para calmar el ambiente, sino a su corazón. Lo que estaba a punto de revelar es tan fácil de rechazar como ella lo hizo en un principio. Suspira, y cada palabra que sale de sus labios es una historia tan increíble como tensa, pues expresa desde su secuestro, en su estadía nada agradable del calabozo y el final tan impactante en la hoguera. Donde se encuentra cara a cara con Valtor.
Sus caras eran un poema del horror al dolor de escuchar esos días de tortura de Diodora en Dorkar.
— Ahora tengo una visión para ese lugar. Por eso, estaré aquí un tiempo y volveré a la Capital.
Ferguson y Agatha cruzaron una mirada silenciosa.
— Diodora.—dijo Ferguson, con la voz grave— Primero tienes que escuchar lo que esa Capital significa para tu madre y para mí. Y entenderás que es mejor no volver.
Agatha bajó la mirada, sus dedos se apretaron sobre la sabana.
— Ferguson… —murmuró ella, apenas audible.
— No, Agatha. Ya es hora.
Se giro hacia sus hijas.
— Siéntense las dos. Diodora vas a escuchar por qué nunca deben volver a Dorkar… Ni confiar en nadie allá, menos de la familia Jondur. Incluyendo al hombre que te salvó.