Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 12
La limusina avanza despacio, detrás de una fila interminable de autos de lujo. A través del vidrio polarizado, las luces de las cámaras parpadean como relámpagos constantes frente a la mansión de Alfred Betancour.
Intento relajar los hombros, pero los tengo tan tensos que podrían romperse.
A mi lado, Sofia vive en otro planeta. Pegada a la ventana, mira fascinada el caos elegante de la entrada: fotógrafos, asistentes, y vestidos increíbles bajando de autos que cuestan lo mismo que una casa. La veo rebuscar en su bolso y saca un pequeño espejo junto con su labial.
—Ya deja eso— Le digo, observándola retocarse por tercera vez. —Créeme que luces espectacular.
Ella termina de delinear sus labios con cuidado y me mira por el espejo.
—Es la primera vez que asisto a un evento con tanta importancia. No quiero dar una mala impresión. Suficiente tengo con sentirme fuera de lugar entre tanta gente poderosa.
La miro, de verdad la miro. Sofia, con su nerviosismo real, su emoción sincera, vale más que la mitad de esas personas que están afuera fingiendo no mirarse los unos a los otros como competencia.
—Eres poderosa, amiga— Le aseguro con suavidad. —No como estas personas quisieran… pero tienes la fuerza suficiente para conseguir todo lo que quieras.
Su expresión cambia y se le ablandan los ojos.
—Gracias, Oliv. Te abrazaría, pero no podemos arruinar nuestro maquillaje y atuendo.
Eso me arranca una sonrisa auténtica.
La limusina se detiene. El murmullo exterior se filtra apenas cuando alguien del staff abre la puerta. El aire frío de la noche entra, mezclado con perfume caro y electricidad social.
Bajo primero y los flashes me golpean de inmediato, cegadores. Mantengo la postura, la sonrisa medida y el mentón en alto.
El vestido rojo brillante se ajusta a mi cuerpo como si hubiera sido cosido directamente sobre mí, los tacones plateados reflejan la luz con cada paso, el moño alto deja mi cuello completamente expuesto, y la gargantilla de esmeraldas —la de mi madre, la de mi abuela, la de generaciones de mujeres antes que yo— descansa pesada sobre mi piel.
Historia, dinero y una excentrica jaula.
Extiendo la mano y Sofia baja conmigo, impecable, aunque la siento temblar disimuladamente.
—Dios…— Susurra mirando la fachada iluminada. —Esto no es una casa, es un maldito palacio.
—Tienes toda la razón. —Murmuro sin mover apenas los labios. —Pero no hay que mostrar nuestra emoción. Recuerda que ahora somos damas refinadas— Le digo, en broma.
—Tú— Corrige. —Yo soy una infiltrada con pendientes carísimos.
Casi río, pero un periodista dice mi nombre.
—¡Señorita Grimaldi! ¡Por aquí!
Giro el rostro hacia el ángulo correcto. Sonrío y camino, aunque de pronto, siento esa sensación en la nuca. La misma que sentí el día que salimos de la joyería. Como si alguien observara, aún entre tanta gente.
No detengo mis pasos. Me obligo a no mirar, a no buscar, pero mis ojos, traicioneros, recorren los grupos cerca de la entrada. Trajes oscuros, copas, invitados y empleados.
Y ahí, apoyado contra una columna como si todo esto fuera un juego de lo más divertido, me encuentro con la mirada abrumadora de Alexander Rozanov.
Traje oscuro, camisa abierta en el cuello. Demasiado cómodo y seguro. No sonríe, pero sus ojos, clavados en mí, sí.
No saluda y tampoco finge sorpresa. Solo inclina apenas la cabeza, en un gesto mínimo. Como si dijera:
Te dije que no iba a dejarte en paz.
Un escalofrío me recorre la espalda, pero no es miedo y eso… eso es lo que más me preocupa.