Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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Secretos entre Ariana y Acero Parte 2
Cristian
Cuando Miranda dejó el departamento, una inquietud punzante se instaló en mi pecho. Me dirigí a la habitación de Marian y encendí el vigila-bebés. Aunque la pequeña ya tenía cinco años, a Miranda le aterraba que se levantara en la noche y algo le pasara; el trauma de lo que vivió en España no se borraba con el tiempo. Admiré a mi pequeña rubia dormida y no pude evitar sonreír. Ella era un ángel que llegó a la vida de todos para darle sentido.
Para mí, Marian era mi hija. Ella fue el puente que me permitió estar cerca de la mujer que amo. Sin saberlo, Marian nos unió mucho más de lo que jamás imaginé. Todo lo que estoy construyendo, cada alianza peligrosa con gente como Anya, es por ella. Por conservar su vida normal. Porque mi pequeña merece el mundo que Miranda y yo le hemos construido: una madre ejemplar, unos abuelos que la adoran y un "tío" que daría la vida por ella. Me encargaría de que esa burbuja jamás se rompiera. Luciendo como un hombre rudo y peligroso,
Dejé un beso en su frente y salí al pasillo. Marqué el número de Sheldon.
—Buenas noches, señor —el saludo militar de mi hombre de confianza hizo que mi aura se volviera gélida.
—Dime qué has descubierto —le ordené, entrando en mi habitación.
—Mi señor, todo sigue igual. Nuestra vigilancia sobre la señorita Miranda es total, aunque su propia seguridad no nos detecte. Cuando no está con la niña, se mueve entre la oficina y la casa de sus padres. El hombre que apareció hace unos días — Phillip — se marchó sin dejar rastros aparentes, pero sigue merodeando. Está protegido por el apellido de la familia Rinaldi.
Apreté la mandíbula.
—Quiero que la sigan vigilando. Su prioridad es ella. No me importa cuántos guardaespaldas oficiales tenga; ustedes serán su sombra. Si algo le pasa a ella o a la niña, se las verán conmigo.
—Como usted ordene... —Sheldon guardó silencio un segundo—. Señor, hay movimiento.
En ese instante, mi celular vibró. Un mensaje de Miranda. "Emergencia en la piscina. Él está aquí".
—No me digas nada —advertí a Sheldon—. No salgan de donde estén. Yo me encargo de él.
Corté la llamada. La sangre me hervía. El plan era que Miranda y David hablaran para sembrar discordia en su relación con Laura, sí, pero bajo lo términos que su familia y ella habían trazado y horarios que fueran convenientes. Que ese imbécil se atreviera a abordarla a solas a estas horas me sacaba de mis casillas.
No soporto que otros hombres vean o toquen lo que es mío. Porque Miranda es mía, aunque ella a veces luche contra esa realidad. Salí de la habitación como alma que lleva el diablo, bajé por el elevador y crucé la recepción con pasos de cazador. Al salir al área de la piscina, el viento frío no fue suficiente para calmar mi rabia.
Allí estaban. David frente a ella, intentando acorralarla. A pasos firmes, llegué a donde estaban.
Miranda fue la primera en notarme. Sus ojos brillaron con alivio y, en un movimiento maestro, rodeó a David y se lanzó a mis brazos.
—Tardaste mucho en llegar, amor —susurró contra mi pecho, lo suficientemente alto para que él escuchara—. Ves, David, te dije que mi novio estaba por llegar.
Rodeé su cintura de forma posesiva, sintiendo cómo su cuerpo se amoldaba al mío. La adrenalina se mezcló con el deseo.
—David, hermano, qué gusto verte —saludé con una soberbia que se filtraba en cada palabra.
—Cristian... buenas noches —respondió él, con la vista fija en mis manos sobre Miranda. Estaba celoso, se le notaba en el temblor de la mandíbula—. Pensé que lo de su relación era una farsa. Al igual que lo de la niña.
—Miranda me dio una oportunidad poco después de llegar al país —dije, restándole importancia, mientras la estrechaba más—. Y déjame informarte que somos padres de una niña hermosa. Marian es el centro de nuestras vidas.
—Marian nos unió mucho —añadió Miranda con un tono mordaz que sabía que destrozaría a David por dentro—. Después de todo lo que pasé, decidí darle la oportunidad al hombre que estuvo conmigo en mis peores momentos.
David se quedó mudo. No tenía cómo pelear contra esa imagen de familia perfecta.
—En fin, David —sentencié—, si nos permites, nos retiramos.
Caminamos hacia la recepción. Miranda sostenía mi brazo con fuerza, como si yo fuera su único anclaje a la realidad.
—Gracias, Gocho —me dijo al entrar al ascensor, regalándome una sonrisa genuina.
—Siempre estaré para ti, Miranda. Lo sabes.
—En fin, David —sentencié—, si nos permites, nos retiramos.
Caminamos hacia la recepción. Miranda sostenía mi brazo con fuerza, como si yo fuera su único anclaje a la realidad.
—Gracias, Gocho —me dijo al entrar al ascensor, regalándome una sonrisa genuina.
—Siempre estaré para ti, Miranda. Lo sabes.
El espejo del ascensor nos devolvió el reflejo de una pareja letal. Yo, con mi traje de oficina ajustado a mi cuerpo, mis tatuajes asomados por el cuello y las manos. Ella, a pollada en mi brazo, con su ropa deportiva negra, luciendo frágil, pero con una mirada de acero.
— Somos un reflejo muy llamativo — cometo ella con tono divertido —. Tú, el hombre fuerte y amenazante; yo, la dama protegida.
— Siempre seremos la pareja que todos envidien, nena — respondí, acariciando su mejilla
En el silencio del ascensor, la tensión cambio
de naturaleza. Ya no era miedo por David, era la electricidad entre nosotros. Miranda suspiró, y por un momento, la máscara de frialdad calló. Recordé aquellos años en Madrid, dónde todo era diferente, dónde ella era una persona diferente y disfrutaba el día a día. David creía que la Miranda del pasado era suya, cuando en realidad cada pedazo de la historia de Miranda me pertenecía únicamente a mí.
—¿Crees que se lo creyó? — pregunto ella en voz baja.
— Se lo creerá porque tiene que ser real, Miranda — le dije, obligándola a mirarme a los ojos —. Porque aunque no lo digas, sabes que conmigo es donde estás segura…
Llegamos al piso y entramos al departamento.
Marian seguía durmiendo, ajena a la guerra que se libraba afuera. Miranda se despidió con un beso en la mejilla que me dejó quemando, pero antes de entrar a su habitación, se detuvo.
— Cristian... — me llamo sin voltear —. Gracias por quedarte a mi lado.
— No agradezcas — respondí desde la oscuridad del pasillo — yo estaré desde las sombras, cuidando que nadie toque lo que es mío.
Cerró la puerta y yo me quedé allí, solo con mis pensamientos. David no tenía ni idea del mounstro que creo. Porque desde que ví lo rota que estaba me prometí cuidar de ella, y si tenía que ensuciar mis manos para que ella lo haría con gusto. Porque por Miranda y Mirian soy capaz de volver el maldito mundo cenizas.