Emanuel lo tiene todo… menos la libertad de ser quien realmente es.
El mejor alumno de la universidad, el hijo perfecto, un secreto que pesa demasiado.
Una cita equivocada lo lleva a conocer a Sasha y a su hermano Héctor, alguien que vive sin esconderse y despierta en él lo que siempre negó.
Entre miradas prohibidas, decisiones difíciles y una verdad que amenaza con salir a la luz, Emanuel deberá elegir entre seguir fingiendo o amar sin miedo.
Porque hay silencios que duelen más que cualquier verdad.
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Capítulo:XIV “Bueno… él es mío”
Cuando Héctor y Emanuel volvieron con los demás, algo era evidente incluso para el que no quería ver:
Emanuel estaba rojo como un tomate 🍅.
Caminaba un paso atrás de Héctor, mirando el piso, tocándose la manga del buzo como si no supiera qué hacer con las manos. Héctor, en cambio, estaba relajado… demasiado relajado.
Santiago fue el primero en notarlo.
—Apa… —dijo, apoyándose en la mesa con una sonrisa pícara—. ¿Y ese colorcito, Ema? ¿Te dio fiebre o pasó algo interesante?
Emanuel abrió la boca para contestar, pero no le salió ni una palabra.
—Nada —murmuró—. Hace calor.
Sasha levantó una ceja, miró a Héctor… después a Emanuel… y sonrió con malicia.
—¿Calor? —repitió—. Mirá vos.
Hizo una pausa dramática y largó:
—Bueno, cuñado, sentate.
Emanuel casi se atraganta.
—¿QUÉ? —dijo al mismo tiempo que Santiago estallaba en risa.
—CUÑADO —repitió Sasha, encantada—. ¿O no?
Antes de que Emanuel pudiera morir oficialmente de vergüenza, Héctor pasó un brazo por sus hombros y lo atrajo hacia él sin ningún apuro.
—Sí —dijo tranquilo, con una sonrisa ladeada—. Cuñado está bien.
Emanuel lo miró con los ojos enormes.
—Héctor… —susurró.
Pero Héctor no lo soltó. Al contrario, lo apretó un poco más y agregó, mirando a los demás:
—Y para que quede claro…
Hizo una pausa, disfrutando la atención.
—Él es mío. Así que no lo carguen mucho.
Santiago aplaudió lento.
—Uhh, mirá vos, qué posesivo —dijo—. Bajá un cambio, rubio.
—No seas celoso —agregó Sasha, riéndose—. Nadie te lo va a robar.
—Eso espero —respondió Héctor, mirándolos fijo—. Porque muerdo.
Emanuel no sabía si reírse, esconderse debajo de la mesa o besarle la mejilla ahí mismo. Optó por lo único posible: taparse la cara con la mano.
—No puedo con ustedes… —murmuró.
En ese momento, alguien pasó por detrás.
Marcos.
Caminaba con sus amigos, serio, y al pasar clavó la mirada en Santiago. No dijo nada, pero la tensión se podía cortar con cuchillo. Santiago lo vio… y sonrió de costado.
Marcos siguió de largo sin mirar atrás.
Sasha fue la primera en hablar.
—¿Y ese intercambio de miradas? —preguntó—. ¿Me perdí de algo?
Santiago se encogió de hombros, despreocupado.
—Nada nuevo.
Emanuel lo miró de reojo.
—Te miró como si le doliera.
Santiago soltó una risa corta.
—Problema de él.
Se acomodó el buzo y agregó, con tono seguro:
—Yo soy mucho para alguien que no sabe lo que quiere.
Héctor levantó su vaso.
—Brindo por eso.
—Yo también —dijo Sasha—. Por los que saben elegir… y por los que se animan.
Emanuel levantó el suyo último, todavía sonrojado, pero sonriendo.
Porque por primera vez…
no se estaba escondiendo.
Y tampoco estaba solo.

Emanuel se fue con Héctor sin mirar atrás.
Necesitaba aire, ruido, algo frío para tomar y algo caliente en el pecho que le recordara que estaba vivo. Héctor caminaba a su lado, tranquilo, seguro, con esa presencia que lo hacía sentir protegido sin necesidad de decir nada.
—¿Estás bien? —preguntó Héctor mientras entraban a un barcito cerca de la universidad.
—Sí… —respondió Emanuel—. Mejor que hace mucho.
Héctor sonrió, pidió algo para tomar y apoyó el brazo cerca del suyo. No lo tocó del todo, pero estaba ahí. Y eso bastaba.
Mientras tanto, en otro punto del campus, Sasha se alejaba riendo con sus amigas, descargando la tensión del día, sin saber que esa noche iba a mover piezas que nadie esperaba.
Santiago, en cambio, caminaba solo por el pasillo hacia su cuarto. Iba distraído, pensando en todo y en nada a la vez, cuando de pronto sintió una mano firme agarrándole el brazo.
—¿A dónde vas tan rápido? —dijo una voz baja.
Santiago se giró.
Era Marcos.
El pasillo estaba medio vacío, luces blancas, silencio incómodo. Marcos lo miraba distinto. Sin la pose de siempre. Sin la novia al lado. Sin testigos.
—¿Qué querés? —preguntó Santiago, arqueando una ceja, con esa sonrisa pícara que siempre usaba como escudo.
—Dejar de mentir —respondió Marcos, sin vueltas.
Santiago soltó una risa suave.
—¿Y vos? ¿El machito perfecto? ¿Te gustan las mujeres… o yo?
El silencio pesó.
Marcos dio un paso más cerca. Santiago no retrocedió.
—No me pongas nombres —dijo Marcos—. Solo callate.
Y sin darle tiempo a nada más, lo besó.
No fue torpe.
No fue apurado.
Fue directo.
Santiago se quedó quieto un segundo, sorprendido… y después respondió. No con prisa, sino con decisión, como si hubiera sabido desde siempre que ese momento iba a llegar.
Cuando se separaron, Marcos respiraba agitado. Santiago sonreía, lento.
—¿Y ahora qué? —preguntó Santiago—. ¿Seguís fingiendo… o empezamos a decir la verdad?
Marcos no respondió. Solo lo miró, con esa mezcla peligrosa de deseo y miedo.
—Nada es tan simple —murmuró.
—Nunca lo es —contestó Santiago—. Pero tampoco voy a conformarme con menos.
Marcos soltó su brazo y se alejó, sin mirar atrás.
Santiago se quedó ahí, apoyado contra la pared, tocándose los labios, con una sonrisa que no era de burla… sino de certeza.
—Yo soy mucho para vos —susurró—. Y lo sabés.
Y mientras Emanuel reía con Héctor sin saber lo que estaba pasando, y Sasha brindaba con sus amigas, algo ya había cambiado.
Nada estaba donde parecía.
Y lo mejor… recién empezaba

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Miradas que queman, celos que no se esconden, besos que cambian todo y secretos que están a punto de salir a la luz…
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Continuará… y viene fuerte
Luna Aoul