“Para heredar el imperio de la mafia, Pedro necesita ser entrenado por los gemelos Danilo y Diogo. Pero las lecciones de poder pronto se convierten en juegos de deseo, donde el placer es el arma más peligrosa y el heredero se convierte en el premio.”
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Capítulo 6
El eco del primer disparo aún zumbaba en los oídos de Pedro. Respiró hondo, sintiendo la mirada pesada de Diogo a su lado y la mirada escéptica de Danilo a la distancia. Recordó las instrucciones: Respirar, apuntar, apretar. No jalar.
Levantó la pistola nuevamente, los brazos más firmes esta vez. Se concentró en el punto de mira, ignorando todo a su alrededor. El mundo se redujo frente a él, al blanco y al ritmo de su propia respiración. Contuvo la respiración en el pico y apretó el gatillo.
El disparo sonó, pero esta vez el blanco electrónico se balanceó y un punto verde brilló en el centro del pecho de la silueta.
"Acertaste", dijo Diogo, su voz neutra, pero con un hilo de aprobación.
Una sonrisa de triunfo irrumpió en el rostro de Pedro. "Siempre lo logro."
Danilo se empujó de la mesa donde estaba apoyado y caminó hacia ellos, una sonrisa pícara en los labios. "Qué bien. Ahora, dispara cinco veces seguidas en el mismo lugar."
La confianza de Pedro vaciló. "¿Cinco? ¿Seguidas?"
Diogo cruzó los brazos. "Ahí es donde aparece la técnica de verdad. Cualquiera acierta un tiro de suerte."
"Ay, hermanito", dijo Danilo, colocando una mano dramática en el pecho. "Él ni siquiera puede sostener el arma derecho para un tiro, ¿imagínate cinco veces seguidas con precisión?"
La provocación funcionó. El orgullo de Pedro fue golpeado de lleno.
"¿Me estás subestimando?" desafió, levantando la barbilla.
Danilo rió, un sonido bajo y divertido. "Claro que sí. Además, nosotros sabemos más que tú. Es un hecho, no una opinión."
"Jódete", escupió Pedro, la rabia apoderándose de la razón.
Levantó el arma nuevamente, pero esta vez no había paciencia, no había enfoque. Solo existía la voluntad de probar que estaban equivocados. Apretó el gatillo rápidamente, cinco veces.
BANG. BANG. BANG. BANG. BANG.
Los disparos fueron una salva descontrolada. El blanco se balanceó violentamente, pero los puntos de luz que se encendieron fueron todos rojos y esparcidos por los bordes. Ninguno cerca del centro.
"¡Qué mierda!" gritó Pedro, la frustración desbordándose. Con un gesto de rabia, arrojó la pistola al suelo acolchado, el metal resonando contra el material.
Inmediatamente, la atmósfera cambió. La diversión en los ojos de los gemelos se apagó, reemplazada por una seriedad instantánea.
Diogo fue el primero en moverse. Se acercó a Pedro, no con rabia, sino con una calma que era más aterradora que un grito. "Relájate, gatito. No es así como se aprende." Su voz era suave, pero firme como acero. "Estamos aquí para hacerte muy bueno. Y eso es lo que vamos a hacer. ¿Verdad, hermanito?"
Danilo recogió el arma del suelo, inspeccionándola con una mirada crítica antes de accionar el seguro. "Eso es. No tienes que enojarte." Miró a Pedro, y una sonrisa genuina, casi paternal, surgió en su rostro. "Pero, para ser sincero, fue muy lindo verte todo bravito."
La combinación de la reprimenda suave de Diogo y la provocación afectuosa de Danilo fue demasiado. "¡Ustedes dos están empezando a irritarme!" dijo Pedro, pero el fuego de su rabia ya se estaba apagando para dar paso a la vergüenza.
Los dos rieron, un sonido que ahora sonaba más unido que provocativo.
"Haz como Diogo te enseñó", dijo Danilo, extendiendo la pistola de vuelta a Pedro, sujetándola por la culata. "No pensaste en esos últimos cinco tiros. Solo reaccionaste. Equivocarse es parte del proceso."
Pedro tomó el arma de vuelta, sintiendo el peso frío del metal. "Odio cuando la gente dice eso."
"Créeme", Danilo se encogió de hombros, su voz perdiendo el filo por un momento. "No lo digo por mal. Es la verdad. Ahora, ve. Intenta de nuevo. Como Diogo te enseñó. Despacio. Respira."
Pedro cerró los ojos por un segundo, expulsando el resto de la frustración. Podía sentir a Diogo parado a pocos centímetros, una presencia silenciosa y vigilante. Abrió los ojos, levantó el arma y asumió la postura perfecta que había sido inculcada en él.
Pies al ancho de los hombros. Rodillas flexionadas. Brazos extendidos, pero no trabados. Enfoque en la mira. Respira.
Inspiró profundamente. El mundo desaceleró. El zumbido en la sala desapareció. Todo estaba tranquilo.
BANG.
Un punto verde en el centro.
No celebró. Espiró, se realineó y apretó el gatillo nuevamente.
Cinco tiros. Cinco impactos limpios y precisos en el centro del blanco. El silencio que siguió al último tiro era pesado, cargado de realización.
Pedro bajó el arma, los brazos temblando levemente por la tensión y la adrenalina. Finalmente miró a los gemelos.
Diogo lo estaba observando, sus ojos oscuros brillando con algo que no era más solo evaluación profesional. Era respeto. "Ahora", dijo, su voz un susurro ronco. "Ahora acertaste."
Danilo silbó bajito, una sonrisa ancha estampada en su rostro. "Bien, bien, bien... Mira eso. El chico de oro realmente existe. Tal vez no tengamos que matarte de aburrimiento en los entrenamientos básicos, después de todo."
Pedro sintió una ola de orgullo tan intensa que casi lo dejó mareado.