Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
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Una noticia que lo cambia todo.
Las semanas comenzaron a pasar con una lentitud desesperante.
La mansión Montenegro, que desde afuera parecía un palacio digno de revistas, para Keyla se había convertido en una jaula dorada. Cada día era igual al anterior: desayunos silenciosos, sonrisas obligadas ante el personal, miradas frías de Andrés y una vigilancia constante que no necesitaba palabras para hacerse sentir.
Curiosamente, quien terminó convirtiéndose en su único apoyo fue Darío.
La convivencia forzada los llevó a compartir conversaciones nocturnas en la cocina, miradas cómplices cuando Andrés humillaba a Keyla en público, silencios que decían más que cualquier discurso. Darío nunca cruzó límites, nunca intentó acercarse de una forma indebida. Entendía demasiado bien que la víctima no era él… sino ella.
—No deberías permitir que te hable así —le dijo una noche, en voz baja.
Keyla sonrió con cansancio.
—No siempre se puede elegir, Darío.
Él apretó los labios, frustrado.
—Ojalá pudiera ayudarte más.
—Lo haces —respondió ella—. Con solo tratarme como una persona.
Andrés, en cambio, parecía disfrutar cada oportunidad para recordarle su lugar. Comentarios hirientes, órdenes disfrazadas de consejos, desprecios sutiles frente a terceros. Jamás la golpeó, jamás levantó la voz… y aun así, cada palabra suya era una herida.
Keyla no tenía escapatoria.
No llamaba a Ulises.
No respondía sus mensajes.
No porque no lo pensara —lo hacía todos los días—, sino porque el miedo era más fuerte. Sabía que Andrés no necesitaba pruebas para castigarla, solo sospechas. Y ella no podía permitirse un error más.
Pero su cuerpo comenzó a traicionarla.
Al principio fueron mareos leves, luego náuseas persistentes. El dolor de cabeza se volvió constante y el estómago parecía rebelarse ante cualquier comida. Su piel perdió color, sus labios se veían pálidos y sus fuerzas disminuían día a día.
—Keyla, esto no es normal —dijo Darío una mañana, observándola con preocupación—. Apenas has tocado el desayuno.
Ella negó con la cabeza.
—Solo estoy cansada.
—No —insistió—. Andrés, tienes que llevarla a un médico.
Andrés levantó la mirada, molesto por la interrupción.
—No exageres.
—No exagero —replicó Darío con firmeza—. Se ve mal.
Por una vez, Andrés aceptó. No por preocupación, sino porque una esposa enferma no encajaba con la imagen que quería proyectar.
En el hospital, el ambiente era frío y silencioso. Keyla fue llevada a una camilla, le colocaron un suero con vitaminas y le realizaron varios exámenes. Andrés se sentó a su lado, tomando su mano frente a las enfermeras, interpretando el papel del esposo atento.
—Todo va a estar bien —dijo en voz baja, para quien los mirara.
Keyla cerró los ojos. No tenía fuerzas para fingir.
Pasaron los minutos. El suero goteaba lentamente mientras el miedo crecía en su pecho. Algo no estaba bien, lo sentía.
Finalmente, una enfermera entró con una carpeta en las manos y una sonrisa profesional.
—Señores Montenegro —dijo—, ya tenemos los resultados.
Keyla abrió los ojos.
—Felicidades —continuó la mujer—. Van a ser padres.
El mundo se detuvo.
Keyla sintió que el aire le faltaba, que el corazón se le desplomaba en el pecho. No era alegría lo que sentía… era pánico, miedo, desilusión.
No… no puede ser.
Andrés quedó rígido por un segundo, pero reaccionó rápido. Sonrió, se levantó y abrazó a Keyla frente al personal médico.
—Gracias —dijo—. Es una gran noticia.
Keyla no pudo devolver el abrazo. Su mente giraba en una sola dirección:
Ese hijo no es suyo.
Cuando el suero terminó, fue dada de alta. El camino de regreso a la mansión fue silencioso, intenso, Keyla estaba sumida en sus propios pensamientos, Andrés no dijo una sola palabra. No hizo falta. Solo se concentro en manejar a casa.
Apenas cruzaron la puerta, la sonrisa desapareció.
—Sube a la habitación —ordenó.
Keyla obedeció.
Andrés cerró la puerta tras ellos y se quedó mirándola fijamente.
—Así que estás embarazada —dijo al fin.
Ella tragó saliva.
—Yo…
—No intentes explicarte —la interrumpió—. No soy idiota.
Se acercó lentamente.
—Ese hijo no es mío.
Keyla bajó la mirada, temblando.
—No fue planeado… —susurró.
Andrés soltó una risa seca.
—¿Sabes lo gracioso? —dijo—. Me has ahorrado mucho trabajo.
Ella lo miró, confundida.
—¿Qué?
—Ya no tendré que tocarte —continuó con frialdad—. Ahora tendremos un hijo y todos cerrarán la boca.
Keyla retrocedió un paso.
—No puedes hacer esto…
—Claro que puedo —respondió—. Ese niño será mío ante todos. Llevará mi apellido.
Sus ojos se oscurecieron.
—Estoy seguro de que es del imbécil de Ulises.
Keyla sintió un escalofrío.
—Si piensas seguir con ese jueguito —prosiguió Andrés—, lo vas a perder todo. A él… y a tu hijo.
—No te atrevas… —murmuró ella.
Andrés se inclinó hacia ella, su voz se volvió un susurro venenoso.
—¿Quieres que tu hermanito termine en la calle? ¿Que tus padres sean señalados, humillados, obligados a mendigar?
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Todo depende de ti, cariño —sentenció—. Si aceptas mis condiciones, todo seguirá bien.
Sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa.
—Otro contrato —dijo—. Este especifica que el hijo que esperas es mío. Y si alguna vez intentas dejarme… el niño se queda conmigo. Sabía que algo así pasaría, por eso estaba preparado, aunque para ser sincero no pensé que fuera tan pronto.
Keyla sintió que algo se rompía definitivamente dentro de ella.
—Estás destruyéndome…
—No —corrigió Andrés—. Te estoy dando una opción.
Con manos temblorosas, Keyla tomó la pluma.
Pensó en su hijo.
Pensó en su familia.
Pensó en Ulises… y en lo imposible que era todo.
Firmó.
Andrés sonrió satisfecho.
—Buena chica.
Esa noche, Keyla se quedó sola, abrazando su vientre aún plano.
—Lo siento —susurró—. Mamá va a protegerte… cueste lo que cueste.
Darío se encontraba escondido en la puerta escuchando todo, no podía creer lo cruel y despiadado que podía llegar a ser Andrés. Sin duda era una faceta de su novio que no conocía y eso le asustaba, pero el amor era más grande. Por eso al mismo tiempo trataba de justificar las acciones de Andrés. Aunque también compadecía el destino de Keyla y Ulises.