Sin spoiled
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Penúltimo
—No se han ido —susurró Araxie, apoyada contra un pino carbonizado. Sus ojos grises escaneaban el horizonte con una agudeza que la humanidad normal no posee. Aunque el virus se había calmado, ella seguía siendo una brújula biológica—. Siento el vacío, Elías. El vacío de las Sombras.
Tenía razón. El Consorcio no iba a dejar que la anomalía más grande de la historia se desvaneciera en el polvo. Si la señal de la magnetita había muerto, ellos vendrían a realizar la autopsia.
A lo lejos, tres siluetas oscuras, delgadas como agujas, descendían de un transporte silencioso que flotaba sobre la niebla del valle. No eran drones. Eran las Unidades de Supresión Final: asesinos humanos mejorados cibernéticamente, diseñados para cazar en entornos donde la tecnología falla. No usaban radares; usaban instinto y visión térmica.
—Nos tienen rodeados —dije, revisando mi única arma: una pistola con tres balas y el cuchillo de monte—. No podemos correr más rápido que ellos en este terreno.
—Entonces dejaremos de correr —Araxie se enderezó. Había una calma aterradora en su rostro—. Maximiliam decía que la caza es una cuestión de ángulos. Tú conoces el barro, Elías. Yo conozco el sistema. Vamos a darles una guerra de guerrillas en el único lugar donde todavía soy la reina.
La cacería comenzó en los bosques de abetos que rodeaban la mina. El entorno era un caos de troncos caídos, niebla espesa y pendientes pronunciadas. Los cazadores del Consorcio se movían con una coordinación silenciosa, comunicándose a través de pulsos táctiles. Eran tres: el Rastreador, el Flanqueador y el Verdugo.
—Sepárate —le ordené a Araxie—. Haz que te sigan. Muéstrales destellos de tu señal, luego apágala. Yo me encargaré del resto.
Araxie asintió y desapareció entre los árboles como un espectro. Yo me hundí en un foso de lodo y hojas secas, cubriendo mi cuerpo con la tierra fría para ocultar mi calor corporal. Elías Solo había vuelto a su estado más primario: el de un animal acorralado que sabe que la única forma de ganar es morder la garganta del que lo persigue.
El Rastreador fue el primero en llegar. Se movía con una fluidez mecánica, sosteniendo un rifle de pulsos. Pasó a menos de dos metros de mi escondite. Podía oír el zumbido de sus filtros de aire. Esperé a que sus sensores apuntaran hacia la dirección donde Araxie acababa de emitir un pequeño pulso estático.
Cuando me lanzó, no fui un caballero, ni un administrador. Fui un golpe de violencia pura. Clavé el cuchillo en la unión de su cuello y el casco, donde la armadura era más delgada. El mercenario soltó un gorgoteo electrónico mientras la sangre caliente manchaba la nieve. Le arrebaté el rifle antes de que su cuerpo tocara el suelo.
—Uno fuera —susurré por el comunicador interno del casco que acababa de robar.
—El Verdugo viene por tu izquierda —la voz de Araxie resonó en mi mente. No por el radio, sino por el residuo de conexión que aún compartíamos—. Puedo sentir su núcleo de energía. Está sobrecargando su sistema para un barrido total. Elías, muévete ahora.
Rodé por una pendiente justo cuando un rayo de energía azul despedazaba el tronco donde estaba apoyado. El segundo cazador apareció desde las alturas, saltando con una fuerza sobrehumana. Disparé el rifle de pulsos, pero su armadura refractó el disparo.
El Verdugo era una máquina de matar. Me lanzó un golpe que me fracturó dos costillas y me mandó a volar contra una roca. Sentí el sabor a hierro de la sangre en mi boca. Estaba a punto de rematarme cuando una ráfaga de estática violenta surgió del bosque.
Araxie apareció en un claro, con los brazos extendidos. Su cabello flotaba como si estuviera bajo el agua. No estaba disparando un arma; estaba proyectando una interferencia masiva. El Verdugo se detuvo, su visor parpadeando erráticamente mientras su sistema nervioso artificial entraba en conflicto con la señal de Araxie.
—¡Ahora, Elías! —gritó ella.
Me levanté con el último aliento de mis pulmones y le vacié la pistola en el visor agrietado. El cazador cayó de rodillas, con los circuitos humeantes, antes de desplomarse definitivamente.
Pero faltaba el tercero. El Flanqueador.
Un disparo de precisión desde la colina opuesta alcanzó a Araxie en el hombro. Ella cayó al suelo con un grito que me desgarró el alma. El último cazador no estaba jugando al combate cercano; era un francotirador que nos había estado usando de cebo entre nosotros.
Corrí hacia ella, arrastrándola tras una roca mientras las balas de alta velocidad impactaban a nuestro alrededor, levantando esquirlas de piedra.
—Está herida... está herida —balbuceé, tratando de tapar la hemorragia. La sangre de Araxie era de un rojo demasiado brillante, mezclada con filamentos plateados.
—Vete, Elías —jadeó ella—. El Flanqueador no se detendrá. Él no busca la red... busca eliminar el error. Si te quedas, morirás con el error.
—No eres un error —dije, cargando el rifle de pulsos que le quité al primero—. Eres lo único real que he tenido en toda esta mentira.
Miré por encima de la roca. El Flanqueador estaba a quinientos metros, invisible en la niebla. Pero entonces, recordé lo que Maximilian dijo en el video: "Ella es el hardware".
—Araxie, necesito que te conectes una última vez —le dije, mirándola a los ojos—. No a la red global. A él. Rastrea su disparo, localiza su firma de calor a través del rifle que tengo en la mano. Sé mi lente.
Ella me miró con una mezcla de agonía y resolución. Tomó mi mano sobre el rifle. Sus ojos se volvieron blancos, y sentí una descarga eléctrica recorrer mis brazos. De repente, la niebla desapareció ante mis ojos. Vi un punto rojo parpadeando en la lejanía, oculto tras un risco. El corazón del cazador.
Apreté el gatillo.
El rifle de pulsos emitió un zumbido ensordecedor. El proyectil atravesó la distancia, la niebla y el acero. Hubo una pequeña explosión de luz blanca en la colina. Luego, el silencio volvió a las Montañas de Hierro.
La última cacería había terminado.
Me desplomé al lado de Araxie. Estábamos cubiertos de barro, sangre y restos de una tecnología que ya no comprendíamos. El Consorcio tardaría horas en enviar otra unidad. Teníamos una ventana de tiempo, un último respiro antes de que el mundo nos tragara de nuevo.
—Lo hemos logrado —dije, respirando con dificultad—. Están todos muertos.
Araxie apoyó su cabeza en mi pecho. Estaba débil, su respiración era un hilo fino.
—Elías... —susurró—. La señal del Flanqueador... antes de morir, envió un paquete de datos. No era para el Consorcio. Era una señal de "Cosecha Final".
—¿Qué significa eso?
—Significa que ya no quieren cazarnos —ella cerró los ojos, exhausta—. Significa que han decidido que si no pueden tener el virus, nadie tendrá el sistema. El final no viene por nosotros, Elías. El final viene para todos.
Miré hacia el horizonte. A lo lejos, las luces de la ciudad que tanto me había costado conquistar empezaron a parpadear de una manera rítmica, como un corazón que se detiene. El Consorcio había pulsado el botón de autodestrucción global.