Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 16: Por el Norte, mi vida. Por ella, todo.
Convertirse en reina había resultado sorprendentemente sencillo. El verdadero problema comenzó cuando descubrí que mi esposo tenía una preocupante facilidad para ponerse en peligro y una incapacidad todavía mayor para escuchar consejos razonables.
—No —declaré por tercera vez.
Killian continuó abrochándose la armadura sin prestarme demasiada atención.
—No recuerdo haberte pedido permiso.
—Y yo no recuerdo haberme casado con un hombre tan desesperado por morir antes de cumplir treinta años.
Ronan, que estudiaba un mapa junto a la mesa de guerra, encontró repentinamente fascinante la ubicación de las fortalezas fronterizas. Cobarde. Habría agradecido que alguien más intentara convencer a nuestro flamante rey de que abandonar su castillo con apenas trescientos soldados era una idea terrible.
Habían transcurrido dos días desde que las veinticuatro casas reconocieran a Killian como Rey en el Norte. Draeven se había transformado en un hervidero de actividad: los herreros trabajaban durante la noche, las caravanas transportaban provisiones y los mensajeros recorrían las montañas llevando órdenes a las fortalezas.
Cassiel todavía no había atacado, pero sus treinta mil soldados permanecían concentrados al sur. Aquella mañana, nuestros exploradores informaron que un destacamento imperial avanzaba hacia Skall, una pequeña aldea cuya evacuación todavía no había terminado.
Y, naturalmente, mi esposo había decidido acudir personalmente.
—Hay familias atrapadas allí —insistió Killian mientras ajustaba su espada.
—Lo sé. También sé que tiene generales perfectamente capacitados para dirigir una operación de rescate.
—Mis hombres necesitarán refuerzos si los imperiales llegan antes de que termine la evacuación.
—Entonces envíe quinientos soldados. ¡Envíe mil! Lo que no comprendo es por qué debe acompañarlos el rey que acaban de elegir.
Killian levantó la mirada.
—Porque me eligieron precisamente por ser el tipo de hombre que iría.
Abrí la boca para responder, pero no encontré ningún argumento que no sonara terriblemente egoísta. Ronan cometió entonces el error de sonreír.
—¿Encuentra algo divertido? —pregunté.
—Absolutamente nada, mi reina.
—Excelente. Entonces quizá pueda ayudarme a convencer a su rey de que no es inmortal.
—Llevo doce años intentándolo. Le deseo mejor suerte.
Killian tomó sus guantes y se acercó a mí.
—Regresaré antes del anochecer.
—¿Y si es una trampa?
—Probablemente lo sea.
Lo miré horrorizada.
—¿Acaba de reconocer que está caminando voluntariamente hacia una trampa?
—Reconocí que Cassiel es predecible, no que vaya a conseguir atraparme.
—Qué tranquilizador.
Su expresión se suavizó.
—Alamea, Skall juró lealtad al Norte cuando nadie más quería estas tierras. No abandonaré a su gente ahora porque llevo una corona que nunca pedí.
—Ni siquiera lleva corona —murmuré.
—Entonces tenemos un problema menos.
Quise seguir discutiendo, pero empezaba a comprender algo fundamental sobre Killian. No había aceptado convertirse en rey porque deseara poder, sino porque aquellas personas confiaban en él. Y esa confianza pesaba sobre sus hombros mucho más que cualquier corona.
Suspiré, derrotada.
—Regrese entero, por favor.
Killian arqueó una ceja.
—¿Eso fue una orden?
—Una amenaza, si lo prefiere.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.
—Regresaré, Alamea.
Y, por alguna razón, aquella promesa consiguió inquietarme todavía más.
Horas después, llegó el mensaje; Skall nunca fue atacada.
La verdadera ofensiva llegó a Draeven.
Killian llevaba cuatro horas fuera cuando los cuernos de alarma resonaron sobre las murallas. Tres notas cortas y una larga hicieron que los corredores se llenaran de soldados.
Me encontraba con Yrsa examinando antiguos mapas de Vaelgard cuando un capitán apareció en la puerta.
—¡Jinetes aproximándose desde el oeste!
—¿Imperiales? —preguntó Yrsa.
—No llevan estandartes, mi señora.
La anciana soltó una maldición y salió inmediatamente. La seguí hasta las murallas, desde donde distinguimos aproximadamente doscientos hombres armados.
—Son demasiado pocos para tomar Draeven —observé.
—Tal vez esperan refuerzos —respondió Yrsa.
Entonces vi cómo uno de los jinetes levantaba un pequeño artefacto y lo lanzaba hacia el interior de la ciudad.
El proyectil atravesó el cielo y cayó sobre un tejado. Una llamarada se elevó inmediatamente, seguida por otras dos explosiones.
—¡Incendiarios! —gritó el capitán.
Comprendí entonces que los atacantes no pretendían conquistar Draeven. Querían obligarnos a dividir nuestras fuerzas mientras el fuego consumía los barrios occidentales.
Yrsa comenzó a impartir órdenes, enviando soldados hacia las calles y organizando grupos para combatir las llamas. Yo descendí apresuradamente por las escaleras antes de que alguien pudiera detenerme.
El humo ya cubría parte de la ciudad. Había familias intentando rescatar sus pertenencias, niños llorando y caballos desbocados que huían del establo incendiado. Ayudé a una mujer a levantar a su hijo y los conduje hacia una calle despejada.
—¡Diríjanse a la plaza interior! —les indiqué—. ¡No regresen a sus casas!
Una explosión cercana hizo temblar los adoquines. Me cubrí el rostro con el brazo y continué avanzando hasta que una figura enorme emergió entre el humo.
Morvath.
El lobo corrió directamente hacia mí y soltó un gruñido de advertencia.
—Estoy bien —aseguré, aunque mi vestido cubierto de ceniza sugería lo contrario.
Morvath volvió a gruñir.
—Realmente no tengo tiempo para discutir contigo.
Entonces giró bruscamente la cabeza hacia los tejados.
Alcé la mirada y distinguí un destello metálico.
Una flecha.
Morvath se abalanzó contra mí, apartándome de su trayectoria. Caí sobre los adoquines justo cuando el proyectil atravesaba el lugar donde había estado mi cabeza.
—¡Protejan a la reina! —gritó un soldado.
Desde el suelo alcancé a ver a otro arquero apostado sobre un tejado. No disparaba contra los soldados ni contra los hombres que intentaban apagar los incendios.
Me estaba buscando.
Comprendí demasiado tarde el verdadero propósito del ataque. Cassiel no había enviado mercenarios para conquistar Draeven ni para destruir sus defensas.
Había utilizado el falso ataque a Skall y el incendio para distraernos mientras sus asesinos intentaban llegar hasta mí.
Killian regresó antes del anochecer.
Yo estaba en la enfermería cuando escuché los caballos entrando al patio. Habíamos perdido siete edificios, tres personas habían muerto y otras doce habían resultado heridas. Los atacantes habían sido derrotados, aunque uno de los asesinos seguía vivo.
Killian apareció pocos minutos después, todavía con nieve sobre la capa. Su mirada recorrió desesperadamente la habitación hasta encontrarme.
—¿Estás herida?
—No. Estoy bien.
Cruzó la distancia que nos separaba y sostuvo mi rostro entre sus manos.
—Alamea, mírame. ¿Estás herida?
—Killian, se lo prometo, no tengo nada.
Sus ojos descendieron hacia mi manga, donde había una mancha de sangre.
—No es mía —aclaré inmediatamente—. Estuve ayudando a los heridos.
Solo entonces pareció recuperar la respiración.
Ronan entró detrás de él, acompañado por Yrsa, quien explicó brevemente lo ocurrido. Mientras hablaba, vi cómo la expresión de mi esposo cambiaba hasta adquirir una frialdad que conocía demasiado bien.
—¿Dónde están los responsables? —preguntó.
—Muertos, excepto uno —respondió Yrsa—. Lo tenemos encerrado en las mazmorras.
Killian se volvió hacia la puerta.
—Killian, espere.
No me escuchó.
Lo seguí hasta las mazmorras, donde el prisionero permanecía sentado contra una pared. Cuando reconoció al hombre que acababa de entrar, intentó incorporarse, pero Killian lo sujetó antes de que pudiera hacerlo.
—¿Quién te envió?
—No conozco su nombre.
—Te aconsejo que recuerdes.
La voz de Killian era tan tranquila que resultaba aterradora. Las marcas negras comenzaron a extenderse lentamente por su cuello mientras el prisionero retrocedía contra la pared.
—¡Nos contrataron mediante un intermediario! ¡Nunca vimos a quien dio la orden!
Me acerqué a mi esposo y apoyé una mano sobre su brazo.
—Killian, necesitamos respuestas, no un cadáver.
Sus ojos encontraron los míos. Durante un instante temí que no fuera a escucharme, pero finalmente aflojó su agarre.
—¿Cuál era tu objetivo? —preguntó.
El prisionero tragó saliva.
—La mujer.
—Tiene nombre.
—Alamea Aster.
—Reina Alamea —corrigió Ronan desde la entrada.
—Debíamos capturarla viva si era posible —continuó el hombre.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Y si no podían hacerlo?
El prisionero vaciló.
—Su muerte también era aceptable.
Las marcas oscuras alcanzaron la mandíbula de Killian.
—¿Quién autorizó la operación?
—La orden llevaba un sello imperial. ¡Es todo lo que sé!
Un silencio pesado llenó la celda.
No teníamos una firma ni una confesión que señalara directamente a Cassiel, pero todos comprendimos lo mismo.
Killian soltó al prisionero y se volvió hacia Ronan.
—Duplica las patrullas. Nadie entrará en Draeven sin ser registrado. Quiero guardias adicionales en todas las puertas.
—Entendido.
—Y aumenta la escolta de Alamea.
—No necesito una escolta permanente —intervine.
Killian me miró.
—Sí, la necesitas.
—No voy a pasar el resto de mi vida rodeada de veinte soldados.
—Entonces serán treinta.
—¡Killian!
Pero él ya había salido.
Lo alcancé en el patio, donde comenzaban a caer los primeros copos de nieve.
—¡No puede encerrarme en este castillo!
—Puedo intentarlo.
—Entonces descubrirá lo mucho que disfrutará dormir al otro lado de una puerta cerrada durante el resto de nuestro matrimonio.
Killian se detuvo.
Ronan, que venía detrás de nosotros, decidió desaparecer discretamente. Al menos alguien en aquel castillo conservaba el instinto de supervivencia.
Mi esposo se volvió hacia mí.
—¿Crees que esto es un juego?
—No. Pero tampoco pienso permitir que decida por mí.
—Una flecha pasó a centímetros de tu cabeza, Alamea.
—Lo sé. Yo estaba allí.
—Podrías haber muerto.
—¡Y usted también podría haber muerto esta mañana en Skall!
—Eso es diferente.
Lo observé, indignada.
—Explíqueme cómo puede ser diferente.
Killian apartó la mirada.
—Porque sabía exactamente qué arriesgaba cuando acepté gobernar el Norte.
—¿Su vida?
—Sí.
La facilidad con que respondió me dejó sin palabras.
—¿Tan poco vale para usted?
Su expresión se endureció.
—No entiendes lo que significa gobernar estas tierras.
—Entonces explíquemelo. Porque empiezo a pensar que todos aquí consideran perfectamente normal que su rey se ofrezca a morir en cada batalla.
Killian guardó silencio mientras la nieve comenzaba a cubrir sus hombros.
—He enterrado norteños desde que tenía dieciocho años —dijo finalmente—. Hombres que defendieron estas montañas cuando el Imperio ni siquiera recordaba sus nombres. Si exijo que arriesguen sus vidas por estas tierras, debo estar dispuesto a arriesgar la mía.
Su voz no tenía orgullo ni dramatismo. Era simplemente una convicción que parecía acompañarlo desde hacía muchos años.
—Por el Norte daría mi vida, Alamea.
Sentí un nudo en la garganta.
—No puede pedirme que me proteja mientras habla de su propia muerte con tanta tranquilidad.
Killian dio un paso hacia mí.
—Mi deber es proteger a nuestra gente. Y ahora también tengo que protegerte a ti.
—Mi vida no le pertenece.
—Lo sé.
Por primera vez, su expresión dejó entrever algo parecido al miedo.
—Y eso es lo que me aterra.
Me quedé inmóvil.
Killian levantó una mano y rozó delicadamente mi mejilla.
—Puedo perder fortalezas, soldados e incluso esta falsa corona. Pero cuando me dijeron que habían venido por ti, no pensé en nuestras defensas ni en lo que significaría políticamente perder a la Reina del Norte.
Su voz descendió.
—Solo pensé que podría llegar demasiado tarde.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Y eso qué significa?
Killian sostuvo mi mirada.
—Que por primera vez desde que llegué a estas tierras no pensé como rey.
—¿Entonces?
—Pensé como tu esposo.
El silencio entre nosotros se volvió insoportablemente intenso.
Killian apoyó suavemente su frente contra la mía.
—Por el Norte entregaría mi vida, Alamea.
Su mano se detuvo sobre mi cintura.
—Pero por ti...
Calló, como si incluso él temiera lo que estaba a punto de reconocer.
—¿Por mí qué? —susurré.
Sus ojos se oscurecieron por completo.
—Por ti podría entregar la de todos los demás.
Sentí un escalofrío.
Killian se apartó lentamente, como si acabara de revelar algo que habría preferido mantener oculto. Sin embargo, yo ya había comprendido la diferencia entre las dos promesas.
El Norte tenía un rey dispuesto a morir por protegerlo.
Yo tenía un esposo que, si el miedo llegaba a dominarlo, podría convertirse en aquello que todos decían que era.
Un monstruo capaz de incendiar el mundo.
Y lo verdaderamente aterrador era que empezaba a importarme demasiado el hombre que se escondía detrás de aquel monstruo.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰