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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:833
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 8.1

Santaella estaba saliendo de ese bar unos 5 locales antes de la cafetería, con una bolsa en la mano, la corbata aflojada, el abrigo arrugado y la postura de un hombre que lleva días sin dormir bien. Sin el esmoquin de la gala era distinto pero no era otro: la manera de moverse era la misma, el ángulo de la cabeza cuando me reconoció era el mismo, y la sonrisa que se formó despacio en su cara era exactamente la misma.

Di un paso atrás, calculando instintivamente la distancia hacia la luz de la cafetería, que aún quedaba a media calle de distancia. Mi mano derecha se hundió en el bolsillo de mi abrigo, cerrando los dedos alrededor del cilindro frío de mi spray de pimienta

Aparentemente no me estaba buscando. Eso lo entendí y de alguna manera lo hizo peor: no era un plan. Era que el mundo era pequeño y él se sentía intocable en cualquier versión de él.

—Qué casualidad —dijo.

El olor a tabaco rancio y alcohol barato me golpeó el rostro.

No respondí. Calculé la distancia hasta la cafetería: veinte metros. La puerta estaba abierta, había gente dentro, luz suficiente. Veinte metros era manejable.

Empecé a caminar.

Se puso a mi lado.

—Oye —dijo, con ese tono de conversación que fingía que yo había aceptado tenerla—. No hace falta que te pongas así. Solo quería disculparme por el otro día. Las cosas se salieron de control.

—Buenas noches —dije, sin mirarlo, sin detenerme.

—Qué borde. —El tono cambió. Solo un grado, pero fue suficiente—. Te estoy hablando.

Me tomó del brazo.

No como en la gala, donde hubo una progresión, un espacio donde la situación fue escalando. Esta vez fue directo: la mano cerrada sobre mi brazo por encima del codo, el tirón hacia atrás que me hizo perder el paso, y en el mismo movimiento él interponiéndose entre la cafetería y yo, cerrándome el ángulo hacia la derecha con el cuerpo.

Pero esta vez, no me congelé

La rabia fue más grande que el miedo. Tiré del brazo con todo el cuerpo. No cedió.

—Tu noviecito de antifaz no está aquí para salvarte hoy —dijo, y su voz había bajado a algo que no era un susurro pero que tampoco quería ser oído a distancia—. Tú y yo tenemos una conversación pendiente sobre modales.

La mano libre fue al bolso. El spray estaba donde siempre.

Lo saqué. Le apunté.

Algo cruzó por su cara: el reconocimiento, y detrás del reconocimiento, la furia de quien no esperaba eso. Calculé que iba a retroceder.

No retrocedió.

El pánico ardía en mi garganta, pero el instinto de supervivencia fue más rápido. Usando el impulso de mi cuerpo, giré hacia él, saqué la mano del bolsillo y presioné el botón del spray a escasos centímetros de su cara.

El chorro anaranjado le dio de lleno en los ojos.

Santaella soltó un rugido gutural, un aullido de dolor puro. Me soltó el brazo para llevarse las manos al rostro, tambaleándose hacia atrás. Intenté correr, pero él, enfurecido y cegado, se lanzó hacia, la mano que tenía libre golpeó la mía hacia arriba, un golpe seco que me hizo perder el agarre. El spray cayó al suelo. Yo intenté retroceder pero su mano volvió a tomar mi brazo y el tirón fue tan brusco que perdí el equilibrio y caí de rodillas en la acera, y el golpe en las palmas y en las rodillas fue lo de menos porque antes de que pudiera incorporarme ya tenía su mano agarrandome el pelo.

—¡Pequeña zorra! —bramó, tosiendo y escupiendo, dispuesto a avalanzarse sobre mí aunque no pudiera ver

Fue un segundo. Solo un segundo, con el suelo frío bajo las palmas y su mano en mi pelo jalando hacia atrás y yo sin poder hacer nada con ese ángulo, y en ese segundo entendí de una manera que no había entendido ni en la gala lo que era estar completamente a merced de alguien que sabe que puede.

Entonces escuché. No un grito el sonido sordo y seco de un impacto.

Una figura oscura surgió desde la dirección de la cafetería a una velocidad que mis ojos apenas pudieron procesar. Alguien impactó a Santaella desde el flanco. El empresario salió despedido hacia atrás y cayó pesadamente sobre los botes de basura del callejón

—¡Leyla!.

La voz vino de la izquierda. Conocida. Con una urgencia que no era el tono habitual de Allen en ninguna circunstancia.

Y entonces Logan estaba ahí.

No voy a poder describirlo bien porque no lo vi del todo: estaba en el suelo, el ángulo era malo, y las cosas pasaron muy rápido. Lo que sí vi fue que Logan no gritó, no amenazó, no dijo nada en absoluto. La mano de Santaella salió de mi pelo porque Logan se la quitó de ahí, y lo que siguió fue corto y preciso y sin nada de la torpeza de una pelea improvisada: el golpe al costado que hizo que Santaella soltara un sonido que no era un grito sino algo más parecido al aire saliendo, y luego en el piso cerca del basurero, Logan con el brazo del hombre doblado en un ángulo que yo nunca había visto en una persona real y que le tenía a Santaella la cara pegada contra el piso.

Duró cinco segundos así.

Luego Santaella se retorció de una manera que Logan no esperaba — o que esperaba y calculó que no valía el costo de impedirla — y el hombre se soltó, se levantó perdió el equilibrio él mismo, y echó a correr. No hacia la cafetería. En dirección contraria, hacia el cruce, perdiéndose entre la gente del tráfico de la noche con una rapidez que no correspondía a alguien de su constitución y que era, supuse después, la velocidad que uno encuentra cuando tiene suficiente miedo y suficiente instinto de supervivencia.

La figura alta de chaqueta oscura se giró lentamente hacia mí, Logan dio un paso bajo la luz del farol parpadeante. Su respiración apenas estaba agitada.

Se agachó frente a mí, manteniendo una distancia respetuosa, y me extendió una mano firme.

—¿Estás bien, Leyla? —preguntó. Su voz era la misma de siempre: grave, controlada, tranquila.

Allen llegó a mi lado en algún momento que no supe.

No sé desde dónde había estado mirando. No sé cuánto había visto. Pero estaba en el suelo conmigo en dos segundos, con las manos en mis hombros y la cara de Allen cuando algo le importa demasiado para fingir que no le importa, que es una cara que yo había visto muy pocas veces y que siempre me dejaba sin saber qué hacer con ella.

—Leyla. Oye. Mírame.

La miré.

—¿Estás bien?

—Sí —dije. Las palmas me ardían. Las rodillas también. No era nada grave, pero era concreto, era el tipo de dolor que no deja espacio para abstracciones—. Sí, estoy bien.

Logan arrodillado al otro lado. No dijo más nada, solo me miró con esa atención suya de siempre, pero había algo debajo de la atención que no era lo habitual: algo tirante, algo que no había terminado de cerrarse aunque Santaella ya no estuviera.

—¿Las manos? —dijo.

Las miré. Las palmas tenían el raspado rojo del asfalto, nada profundo pero suficiente para arder.

—No es nada.

—Hay una farmacia en el siguiente bloque —dijo Allen, poniéndose de pie con esa eficiencia suya de cuando canaliza la angustia en logística—. Vamos.

Me ayudó a levantarme. Recogí el spray del suelo sin pensar, lo guardé en el bolso, y noté que las manos me temblaban levemente al hacerlo. No de miedo. Era la reacción del cuerpo después del hecho, cuando ya no necesitaba estar en modo de emergencia y no sabía muy bien cómo salir de él.

Logan recogió la mochila que se me había caído y me la puso en el hombro sin preguntarme. Luego se quedó de pie a mi lado mientras Allen buscaba la farmacia en el teléfono, y en algún momento entre el suelo y estar de pie yo lo miré de una manera diferente a como lo había mirado antes.

No sé si él lo notó.

Allen sí.

Porque Allen notaba todo, especialmente las cosas que una preferiría que no notara.

---

Beto llegó a la farmacia doce minutos después. Allen lo había llamado

No sé exactamente qué cara puse cuando lo vi entrar porque lo que sentí al verlo fue demasiado para tener una sola expresión, pero fuera lo que fuera debió ser suficientemente claro porque Beto cruzó la farmacia en cuatro pasos y se agachó frente a mí sin decir nada, tomo mi cabeza entre sus manos, me examinó primero, mirando las palmas vendadas, la rodilla izquierda que la farmacéutica había limpiado, y luego mi cara.

—Cuentame —dijo.

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