Coincidimos Demasiado Tarde es una novela romántica y emocional sobre dos personas que se encuentran en el momento equivocado de sus vidas, cuando ya existen compromisos, heridas y decisiones difíciles de enfrentar. Lo que comienza como una conexión imposible termina convirtiéndose en una historia intensa de amor, culpa, separación y verdad, donde cada decisión tiene consecuencias reales. Entre silencios, pérdidas y reencuentros, ambos deberán descubrir si el amor puede sobrevivir cuando llega demasiado tarde… o si algunas historias simplemente cambian para siempre a quienes las viven.
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El miedo de acostumbrarse
Coincidimos Demasiado Tarde
Capítulo 16:
El miedo de acostumbrarse
Los días siguieron avanzando.
Y con ellos, también avanzó algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
La costumbre.
Porque enamorarse no siempre ocurre de forma repentina.
No siempre llega acompañado de grandes declaraciones, momentos perfectos o señales evidentes.
A veces sucede despacio.
Tan despacio que uno no se da cuenta.
Hasta que un día descubre que alguien se ha convertido en parte de su rutina.
Y entonces aparece el verdadero miedo.
Ella lo descubrió un martes cualquiera.
No había ocurrido nada especial.
No era una fecha importante.
No había ninguna conversación extraordinaria.
Era simplemente un día normal.
Sin embargo, cuando algo divertido ocurrió durante la tarde, tomó el celular automáticamente para contárselo.
Y fue ahí cuando se detuvo.
Porque aquel gesto había sido completamente natural.
Ni siquiera tuvo que pensarlo.
Su primera reacción había sido compartir el momento con él.
Como si él ya perteneciera a ese espacio reservado para las personas importantes.
Guardó el teléfono durante unos segundos.
Intentando entender por qué aquello la había afectado tanto.
Y finalmente encontró la respuesta.
Porque ya no se trataba solamente de querer hablar con él.
Se trataba de que él estaba presente incluso cuando no hablaban.
Mientras tanto, en otra ciudad, él atravesaba exactamente el mismo problema.
Aquella tarde terminó una reunión complicada.
Estaba agotado.
Necesitaba despejar la mente.
Mientras caminaba hacia su vehículo, observó algo curioso en una vitrina.
Una tontería.
Algo insignificante.
Pero sonrió.
Y de inmediato pensó:
"Esto le haría gracia."
Se quedó inmóvil.
Porque el pensamiento apareció antes de que pudiera detenerlo.
Antes de analizarlo.
Antes de racionalizarlo.
Simplemente apareció.
Y eso significaba algo.
Algo que ya comenzaba a ser imposible ignorar.
Aquella noche hablaron más tarde de lo habitual.
Los dos habían tenido días largos.
Los dos estaban cansados.
Y aun así terminaron encontrándose donde siempre.
En esa conversación que parecía haberse convertido en refugio.
Al principio hablaron de cosas simples.
Pequeños acontecimientos del día.
Historias sin importancia.
Comentarios casuales.
Pero poco a poco el tono cambió.
Como siempre ocurría.
Hasta que ella escribió algo inesperado.
—¿Nunca te preocupa esto?
Él leyó la pregunta varias veces.
Porque sabía perfectamente a qué se refería.
No preguntó.
No necesitó aclaraciones.
Simplemente respondió.
—Sí.
Ella observó la pantalla.
Esperando que continuara.
Y él continuó.
—Más de lo que imaginas.
El corazón le dio un pequeño salto.
Porque aquella respuesta sonaba demasiado honesta.
Demasiado cercana.
Demasiado parecida a lo que ella sentía.
—¿Y qué es exactamente lo que te preocupa? —preguntó finalmente.
Él tardó varios minutos.
Necesitaba encontrar las palabras adecuadas.
Porque algunas verdades son difíciles de explicar.
Especialmente cuando uno apenas empieza a aceptarlas.
Finalmente escribió:
—Que me estoy acostumbrando a ti.
Ella dejó de respirar durante un instante.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
Porque aquellas palabras golpearon directamente el lugar que llevaba semanas intentando proteger.
La verdad.
La verdad de que ella también se estaba acostumbrando a él.
A sus mensajes.
A sus buenos días.
A sus preguntas.
A su manera de aparecer justo cuando lo necesitaba.
A todo.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Porque las costumbres son peligrosas.
Las costumbres crean espacios.
Y cuando esos espacios quedan vacíos, duelen.
Mucho.
Durante varios minutos permaneció observando la conversación.
Buscando una respuesta.
Buscando una forma segura de responder.
Pero ya estaba cansada de esconderse detrás de respuestas seguras.
Así que decidió ser sincera.
—Yo también.
Cuando él leyó aquellas palabras, sintió algo extraño.
No alivio.
No felicidad.
Algo más profundo.
La sensación de no estar solo en aquello.
Porque durante semanas había pensado que tal vez estaba sintiendo demasiado.
Que quizás era él quien estaba complicando las cosas.
Ahora sabía que no.
Los dos estaban caminando por el mismo lugar.
Y eso hacía que todo fuera más sencillo.
Y más complicado al mismo tiempo.
La conversación continuó.
Pero ninguno volvió a mencionar el tema directamente.
No hizo falta.
Las palabras importantes tienen la costumbre de quedarse mucho después de ser escritas.
Y aquellas palabras se quedaron.
Antes de dormir, ella salió al balcón.
La noche estaba tranquila.
El aire era fresco.
Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos.
Y por primera vez en mucho tiempo se permitió hacerse una pregunta que había evitado durante semanas.
¿Qué pasaría si esto seguía creciendo?
No encontró una respuesta.
Solo encontró otra pregunta.
Una mucho más difícil.
¿Y si ya estaba creciendo demasiado?
Mientras tanto, él observaba la oscuridad desde la ventana de su apartamento.
Pensando exactamente lo mismo.
Porque ambos comenzaban a comprender una verdad que daba más miedo que cualquier otra.
No era el pasado lo que los estaba uniendo.
No eran los recuerdos.
No era la nostalgia.
Era el presente.
Y el presente, a diferencia de los recuerdos, exige decisiones.
Decisiones que tarde o temprano tendrían que tomar.