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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

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capitulo 16

La nieve había comenzado a caer poco antes de la medianoche.

 En Moscú eso no era extraño, pero esa noche el silencio parecía más profundo de lo normal. La mansión Sergeyev estaba envuelta en una quietud casi perfecta: luces cálidas en los pasillos, guardias en sus posiciones habituales, y el jardín cubierto por una capa de nieve fresca que reflejaba la luz de las farolas.

 Sasha había salido a tomar aire.

 La recuperación después del ataque anterior había sido lenta, pero esa noche se sentía inquieta. No era dolor físico. Era algo más difícil de explicar, una sensación persistente de que algo estaba desplazándose bajo la superficie de las cosas.

 Apoyó las manos en la baranda de piedra que rodeaba el jardín interior y respiró el aire frío. La nieve caía lentamente, silenciosa, y durante unos segundos se permitió creer que todo estaba en calma.

 Desde la ventana del despacho del segundo piso, Isabella la observaba.

 Había aprendido a reconocer la presencia de Sasha incluso sin verla. Era una conciencia constante, casi instintiva. Desde que la había reclamado públicamente como su omega, algo en su interior se había vuelto más agudo, más atento.

 No era posesión.

 Era responsabilidad.

 Isabella se apartó de la ventana para revisar unos documentos sobre la mesa. Los informes financieros de las últimas semanas no eran tranquilizadores. Después del golpe que habían dado a Volkov, varias de sus empresas pantalla estaban reaccionando de forma extraña. Demasiado coordinadas.

 Como si alguien más estuviera moviendo los hilos.

 El sonido fue casi imperceptible.

 Un breve parpadeo de las luces.

 Isabella levantó la vista.

 Las lámparas del despacho se apagaron por un segundo y volvieron a encenderse. Podría haber sido un fallo eléctrico, pero algo en su instinto se tensó inmediatamente.

 La mansión tenía generadores automáticos y sistemas redundantes. Un simple corte de energía no debía ocurrir.

 Cuando las luces volvieron, el silencio ya no era el mismo.

 Isabella cruzó la habitación en dos pasos y abrió la puerta del despacho.

 —Aleksander —llamó al bajar al pasillo.

 No obtuvo respuesta.

 Y entonces escuchó el disparo.

 Fue un solo tiro.

 Seco.

 Procedente del jardín.

 Durante un instante el tiempo se detuvo.

 Luego Isabella empezó a correr.

 Bajó las escaleras sin pensar, atravesó el vestíbulo y empujó las puertas que daban al jardín con tanta fuerza que una de ellas golpeó contra la pared.

 El frío le cortó el rostro.

 Y vio la sangre.

 Sasha estaba en la nieve.

 El rojo se extendía bajo su cuerpo como una mancha imposible sobre el blanco.

 A unos metros de distancia, uno de los guardias sostenía el arma todavía levantada. Durante años había trabajado para la familia Sergeyev. Había pasado cada control, cada evaluación.

 Ahora su expresión estaba llena de algo parecido al arrepentimiento.

 —Lo siento —murmuró.

 Isabella no escuchó nada más.

 Llegó hasta Sasha antes de sentir siquiera el impacto del frío en las rodillas. La levantó con cuidado, pero el movimiento hizo que Sasha soltara un jadeo de dolor.

 La bala había atravesado su abdomen.

 —Mírame —susurró Isabella, con una voz que no se parecía a ninguna que hubiera usado antes—. Sasha, mírame.

 Los ojos de Sasha se abrieron apenas.

 —Bella…

 El guardia levantó el arma otra vez.

 No tuvo tiempo de disparar.

 El sonido seco de otro tiro atravesó el aire y el hombre cayó hacia atrás, la frente marcada por un punto oscuro. Aleksander apareció detrás de él, con el arma todavía en la mano.

 Durante unos segundos nadie habló.

 La nieve seguía cayendo, silenciosa, como si no hubiera pasado nada.

 Pero Isabella apenas lo notaba.

 Toda su atención estaba en Sasha.

 La sangre seguía filtrándose entre sus dedos.

 —No te duermas —dijo con urgencia, inclinándose más cerca—. Sasha, escúchame. No te duermas.

 Sasha intentó sonreír, pero el gesto fue débil.

 —Estoy… aquí…

 —Te voy a sacar de aquí.

 Las luces de la mansión comenzaron a encenderse de nuevo mientras los guardias corrían hacia el jardín. Idris apareció con el equipo médico de emergencia, seguido por Sergeyev.

 —Tenemos que moverla ahora —dijo Idris, arrodillándose junto a ellas.

 Isabella no quería soltarla.

 Pero cuando vio el estado de la herida entendió que no tenía opción.

 La ambulancia privada de la familia llegó en menos de cinco minutos, aunque para Isabella parecieron horas.

 Durante el trayecto al hospital no apartó la mirada de Sasha ni un segundo.

 Sasha permanecía consciente, pero cada respiración parecía más difícil que la anterior.

 Isabella le sostuvo la mano.

 —No te vayas —murmuró.

 No era una orden.

 Era una súplica.

 Sasha giró ligeramente el rostro hacia ella.

 —Prometí… quedarme…

 Isabella sintió algo romperse dentro de su pecho.

 Nunca había tenido miedo de nada.

 Hasta ese momento.

 Cuando llegaron al hospital, el equipo médico ya estaba esperando. Sasha fue llevada directamente al quirófano y las puertas se cerraron antes de que Isabella pudiera decir algo más.

 El pasillo quedó en silencio.

 Aleksander llegó unos minutos después, todavía con la chaqueta manchada de nieve.

 —El guardia está muerto —dijo con calma.

 Isabella no respondió.

 Seguía mirando las puertas del quirófano.

 —Era uno de los nuestros —continuó Aleksander—. Cinco años trabajando en la casa.

 —Alguien lo compró —murmuró Isabella finalmente.

 Aleksander asintió.

 —Estamos revisando sus cuentas.

 Pasaron dos horas antes de que encontraran algo.

 Las transferencias eran pequeñas, cuidadosamente distribuidas, pero suficientes para sostener a la familia del guardia durante años.

 El origen del dinero estaba oculto detrás de varias empresas fantasma.

 Pero una de ellas aparecía repetidamente en los registros.

 Aleksander colocó la tablet frente a Isabella.

 —Esto te va a gustar poco.

 Ella miró la pantalla.

 El nombre de la empresa no significaba nada por sí mismo.

 Pero el apellido detrás de ella sí.

 Volkov.

 El mismo hombre que había empezado a perder poder desde que Isabella había regresado a Rusia.

 El mismo que había sido aliado de los Sergeyev durante años.

 Isabella levantó lentamente la mirada.

 Por primera vez desde que comenzó todo, su expresión era completamente fría.

 —Entonces fue él.

 Aleksander no respondió de inmediato.

 —Probablemente —dijo al final—. Pero algo no encaja.

 Isabella volvió a mirar la pantalla.

 —No me importa.

 Cerró la tablet con un movimiento firme.

 —Disparó contra mi omega.

 La frase quedó suspendida en el aire.

 No había gritos.

 No había rabia visible.

 Solo certeza.

 —Esto no es un mensaje —continuó Isabella—. Es una declaración.

 En ese momento se abrió la puerta del quirófano.

 El cirujano salió todavía con la mascarilla colgando del cuello.

 —La cirugía fue complicada —dijo—. Pero la bala no tocó órganos vitales. Está fuera de peligro inmediato.

 Isabella cerró los ojos por un segundo.

 Fue la primera vez en horas que respiró de verdad.

 —Pero las próximas veinticuatro horas son críticas —añadió el médico—. Necesitará reposo absoluto.

 Cuando finalmente le permitieron entrar a verla, Sasha estaba pálida y dormida, conectada a varios monitores.

 Isabella se sentó junto a la cama y tomó su mano con cuidado.

 Durante un largo rato no dijo nada.

 Luego, en voz baja, murmuró:

 —Intentaron usar mi debilidad.

 Apretó ligeramente los dedos de Sasha.

 —Cometieron un error.

 Afuera seguía nevando.

 Pero en ese momento, Isabella Sergeyev ya no estaba pensando en sobrevivir al invierno.

 Estaba pensando en quién no lo haría.

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