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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 16: LA PRIMERA LECCIÓN

Alessandra despertó antes del amanecer. No porque las sombras la inquietaran o porque el corazón no la dejara en paz. Era otra cosa. Era la certeza de que hoy algo iba a empezar.

Se levantó en silencio, sin hacer ruido. Las sombras la siguieron escaleras abajo, moviéndose suaves sobre la madera vieja. En la cocina, una figura la esperaba.

La abuela Elena estaba sentada en la mesa, con las manos alrededor de una taza humeante. Tenía los ojos grises fijos en la ventana, mirando el cielo que empezaba a clarear.

—Sabía que ibas a venir —dijo sin girarse.

—¿Cómo?

—Porque eres igual que yo. Cuando algo te importa, no puedes dormir.

Alessandra se sentó frente a ella. Las sombras se acomodaron a sus pies.

—¿Por dónde empezamos?

—Por el principio. Por lo que eres. Por lo que siempre fuiste.

La abuela Elena dejó la taza sobre la mesa. Por un momento, sus ojos grises se perdieron en el recuerdo.

—Nuestra línea viene de muy lejos. De una mujer que no tenía nombre, solo un don. Podía ver lo que otros no veían. Sentir lo que otros no sentían. Y un día, encontró a un lobo.

—¿Un lobo?

—Un hombre lobo. El primero, dicen. O uno de los primeros. Se encontraron en un bosque como este, junto a un lago como este. Y ella vio en él algo que nadie más veía. No una bestia. Un compañero.

—¿Y qué pasó?

—Se amaron. Y de ese amor nacieron hijos. Algunos lobos. Otros brujos. Y por muchas generaciones, lobos y brujas vivieron juntos. Hasta que alguien tuvo miedo.

—¿Miedo de qué?

—Del poder. De lo que podían hacer juntos. De lo que podían ser. Y ese miedo se convirtió en odio. Y el odio en guerra. Y la guerra en una maldición que nos separó para siempre.

—¿Y nosotras? ¿Qué tenemos que ver con eso?

—Porque la mujer que amó al lobo era nuestra antepasada. Porque su sangre corre por nuestras venas. Porque la promesa que hizo, de que algún día lobos y brujas volverían a estar juntos, todavía está esperando cumplirse.

Alessandra sintió que el corazón le latía con más fuerza.

—¿Y esa promesa… soy yo?

—Tú y él —dijo la abuela, mirando hacia la ventana donde Aeron ya estaba en el jardín—. La profecía no habla de una bruja sola. Habla de una bruja y un lobo. De una sangre que se une. De un amor que rompe lo que el miedo construyó.

—¿Y si no puedo?

—Ya lo estás haciendo. Cada día que eliges quedarte. Cada vez que sientes algo por él. Cada vez que dejas que tu magia despierte. No es un destino que tengas que cumplir. Es un camino que tienes que recorrer.

Alessandra miró sus manos. Las sombras se movían suaves bajo sus dedos.

—Enséñame —dijo—. Enséñame todo.

Salieron al jardín cuando el sol ya estaba arriba. Aeron estaba junto al roble, con los brazos cruzados y la mirada fija en el lago. Al verlas, se acercó.

—¿Vas a empezar hoy? —preguntó.

—Sí. Y quiero que te quedes.

Aeron miró a la abuela Elena con una expresión que Alessandra no supo leer.

—¿Por qué?

—Porque lo que voy a enseñarle no es solo magia. Es la unión. Y para eso, necesita tenerte cerca.

Aeron asintió. Se sentó en el banco de piedra, a unos pasos, sin interferir. Pero Alessandra sintió su presencia como un ancla.

La abuela Elena la llevó hasta el borde del lago. El agua estaba quieta, reflejando el cielo como un espejo.

—Cierra los ojos —dijo.

Alessandra obedeció.

—Ahora respira. No pienses en nada. Solo siente.

Inspiró. El aire entró en sus pulmones con una claridad que no recordaba.

—¿Qué sientes?

—El agua. El árbol. La tierra. Y él.

—¿Cómo lo sientes?

—Como un hilo. Algo que me conecta con él. Algo que no se ve pero está ahí.

—Ese es el vínculo. El que la luna les dio. El que estuvo esperando doscientos años. Ahora, abre los ojos.

Alessandra obedeció. El lago seguía quieto, el roble seguía en su lugar, pero algo había cambiado. Las sombras a su alrededor ya no estaban en el suelo. Flotaban. Se movían como si fueran parte del aire.

—¿Qué hago? —preguntó.

—Nada. Dejalas ser. Son parte de ti. Cuanto más peleas, más se resisten. Cuando aceptas, se calman.

Alessandra respiró hondo. Dejó de pensar en controlar. Dejó de pensar en dominar. Solo sintió.

Las sombras se calmaron. Ya no flotaban inquietas. Descansaban a su alrededor, suaves, como una caricia.

—¿Qué soy? —preguntó en voz alta.

—Lo que siempre fuiste —respondió la abuela—. Una bruja de sangre. De las primeras. De las que pueden cambiar el mundo si se lo proponen.

—No quiero cambiar el mundo.

—No tienes que hacerlo. Solo tienes que ser tú. El resto vendrá solo.

El resto del día lo pasaron junto al lago. La abuela Elena le enseñó a sentir la magia en la tierra, en el agua, en el aire. A distinguir su propia energía de la de los demás. A reconocer el eco de las brujas que vinieron antes.

Aeron se quedó en el banco todo el tiempo, sin moverse, sin interferir. Pero Alessandra sintió su mirada en la nuca, su presencia en el pecho, su calor en la piel.

Cuando el sol empezó a caer, la abuela Elena se levantó con las piernas temblando.

—Es suficiente por hoy. Mañana seguimos.

—¿Estás bien? —preguntó Alessandra.

—Solo cansada. No estoy acostumbrada a usar tanta magia.

—¿Usaste magia?

—Para guiarte. Para mostrarte el camino. Pero el poder fue todo tuyo.

Alessandra la miró. En sus ojos grises vio algo que no había visto nunca. Orgullo.

—¿Hice bien?

—Hiciste mejor de lo que esperaba. Eres más fuerte de lo que creés. Siempre lo fuiste.

Alessandra sintió algo en el pecho. No era el calor de siempre. Era algo más suave. Algo que no sabía nombrar.

—Gracias —dijo.

La abuela Elena sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero real.

—No me des las gracias. Todavía no.

Cuando la abuela se fue a descansar, Alessandra se quedó junto al lago. Aeron se acercó con pasos lentos.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Rara. Como si hubiera estado sorda toda mi vida y de repente pudiera escuchar. Todo es más intenso. Las luces, los sonidos, las sombras. Y tú.

—¿Yo?

—Te siento más. Cuando estás cerca. Como si algo dentro de mí supiera que estás ahí antes de que te vea.

Aeron se sentó a su lado.

—Eso es el vínculo. Va a estar contigo siempre. No se va a ir.

—¿Y tú? ¿Tú te vas a ir?

—No. Nunca más.

Alessandra apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos. Sintió su corazón latir junto al suyo.

—Tu abuela me dijo algo hoy —dijo Aeron después de un rato.

—¿Qué?

—Que cuando ella se vaya, va a dejar algo para ti. En el árbol.

—¿Qué cosa?

—No me dijo. Solo que iba a ser importante. Y que ibas a saber cuándo usarlo.

Alessandra abrió los ojos. El roble se alzaba en la orilla, con sus ramas extendidas como brazos.

—¿Crees que ella sabe que no le queda mucho?

—Creo que lo sabe. Por eso está haciendo todo esto. Por eso quiere enseñarte. Porque quiere asegurarse de que estés lista.

—¿Lista para qué?

—Para lo que venga. Para cuando ella no esté.

Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

—No quiero que se vaya. Recién la encontré.

—Lo sé. Pero a veces no podemos elegir. Solo podemos aprovechar el tiempo que tenemos.

—¿Y si no es suficiente?

—Va a ser suficiente. Porque no estás sola. Porque tienes a tus hermanas. Porque me tienes a mí.

Alessandra se quedó en silencio, sintiendo el viento en el rostro, el lago quieto, las sombras descansando a sus pies.

—Quedate conmigo —susurró.

—Siempre.

Esa noche, Alessandra no durmió en su habitación. Se quedó en la terraza, con una manta sobre los hombros, mirando la luna reflejarse en el lago. Aeron estaba a su lado, en silencio, con la mano en la suya.

Las sombras descansaban a sus pies, quietas, en paz. Ya no eran una presencia que la inquietaba. Eran parte de ella. Como los brazos, como las piernas, como el corazón que ahora latía con un ritmo que reconocía.

La abuela Elena había dicho que era más fuerte de lo que creía. Que su magia era de las primeras. Que podía cambiar el mundo si se lo proponía.

Pero Alessandra no quería cambiar el mundo. Solo quería proteger a los suyos. A sus hermanas. A Aeron. A esta familia que estaba encontrando, pieza por pieza, día por día.

Y esa noche, mientras la luna brillaba sobre el valle y las sombras descansaban a sus pies, Alessandra Montenegro Valerius supo que, por fin, estaba exactamente donde debía estar.

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