⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Hilo a punto de romperse
El despertar fue como emerger de un pozo de brea fría. Lo primero que Cass sintió no fue la vista, sino el olfato, y lo que percibió lo hizo querer vomitar. El aire no tenía el rastro reconfortante de roble y romero que se había convertido en su oxígeno. En su lugar, una nube espesa de ciprés rancio y jengibre punzante se le filtraba por la nariz, quemándole la garganta.
Abrió los ojos con dificultad. Estaba en una habitación lujosa, pero fría, de techos altos y paredes de color gris. No era un estudio acogedor ni un refugio; era una jaula de cristal. Sus manos estaban libres, pero al intentar levantarse de la cama, un mareo violento lo devolvió a las almohadas.
—No intentes moverte demasiado rápido, dulce Omega. El golpe fue seco, pero el veneno de mi presencia es lo que realmente te tiene así —la voz de Danilo llegó desde un rincón en sombras.
Cass se sentó con esfuerzo, apretando las sábanas con sus dedos temblorosos. Se tocó instintivamente el cuello. La marca de Kenny seguía allí, palpitando con un dolor sordo, pero la sentía extraña, como si estuviera "apagada". A través del lazo, solo percibía una estática lejana, un eco desesperado del rugido de Kenny que no lograba atravesar los muros de ese lugar.
—¿Dónde estoy? —preguntó Cass, su voz sonando pequeña en la inmensidad del cuarto.
Danilo salió de las sombras. No llevaba su chaqueta de combate, sino una camisa entreabierta. Su aroma a jengibre era ahora tan agresivo que el joven sintió una punzada de migraña. El Alfa se acercó a la cama y se sentó en el borde, invadiendo el espacio personal de Cass de una forma que lo hacía sentir físicamente enfermo.
—Estás en mi territorio. Un lugar donde el roble de tu Alfa no puede protegerte —Danilo extendió una mano para tocar el rostro del chico, pero este giró la cara con asco—. Qué rebelde. Me encanta esa chispa de miel que todavía intentas mantener, pero hablemos con claridad: esa marca que llevas en el cuello es un insulto para mis sentidos.
Danilo se inclinó, inhalando cerca de la nuca de Cass. El Omega se encogió, sintiendo una repulsión instintiva.
—Hueles a Kenny por todos lados. Es un olor pesado, aburrido... como un bosque viejo —siseó Danilo contra su oído—. Pero la biología es curiosa, ¿sabes? Un lazo se puede romper si se sobrepone otro más fuerte. Si yo clavo mis dientes sobre esa marca roja, el roble morirá y solo quedará mi ciprés. Serás mío, y Kenny sentirá cómo te desvaneces de su mente hasta que no quede nada más que un agujero negro.
—Eso nunca va a pasar —escupió Cass, sus ojos brillando con una furia diabólica—. Puedes encerrarme, puedes intentar ahogarme con tu olor a jengibre, pero mi cuerpo ya sabe a quién le pertenece. Kenny vendrá por ti, y no va a dejar ni los cimientos de esta casa en pie.
Danilo soltó una carcajada que resonó en el mármol. De repente, su mano se cerró alrededor del cuello del joven, justo al lado de la marca, apretando con una firmeza que le cortó un poco el aliento. No era un gesto de cariño, era un recordatorio de quién tenía el poder físico en ese momento.
—¿Crees que le importas tanto? —preguntó Danilo, su mirada volviéndose cruel—. Eres un juguete nuevo, dulce Omega. Una distracción. Para cuando él logre cruzar mis defensas, ya habrás olvidado cómo suena su voz. Tu cuerpo empezará a desear mi aroma porque el instinto es traicionero. El Omega siempre busca al Alfa que tiene enfrente, no al que está lejos.
Danilo soltó el cuello de Cass y pasó su pulgar por la piel irritada. El joven sintió una náusea profunda. El roce de Danilo era frío, carente de esa chispa eléctrica que sentía con Kenny. Era como si el jengibre intentara pudrir la miel.
—Voy a dejar que descanses unas horas —dijo Danilo, levantándose y recuperando su compostura—. Mi aroma saturará esta habitación hasta que tus propios pulmones lo pidan a gritos. Y mañana, cuando estés lo suficientemente débil y tu lazo con Kenny esté marchito por la distancia... pondré mi sello sobre el suyo. Borraré su rastro de tu piel con mis propios dientes.
Danilo caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró a Cass de reojo.
—Por cierto, tu amigo Santi... está siendo muy útil. Me dijo que te gusta mucho la miel en el café. Mañana te traeré uno, para que veas que soy un Alfa mucho más detallista que ese animal con el que estabas.
La puerta se cerró con un clic metálico y el sonido de varios cerrojos activándose. El Omega se quedó solo en el silencio opresivo. El aroma de Danilo seguía allí, flotando en el aire como un gas venenoso que intentaba asfixiar su conexión con Kenny.
Cass se encogió en posición fetal sobre la cama, apretando el dije de rubí que Kenny le había dado. Repitió mentalmente el nombre de su Alfa, tratando de recordar la sensación del roble y el romero envolviéndolo en el estudio. "Amo este caos, amo a mi Alfa".
Pero a medida que los minutos pasaban, el jengibre de Danilo empezaba a nublarle los sentidos. El lazo se sentía cada vez más delgado, más frío. Cass sabía que estaba en una carrera contra el tiempo. Si Kenny no llegaba pronto, la oscuridad de Danilo lo consumiría, y el desastre que tanto amaba se convertiría en su tumba biológica.
Cerró los ojos y se concentró en su propio aroma, tratando de que la miel y el café lucharan contra el ciprés. No iba a rendirse. Si tenía que quemar todo ese palacio de mármol con sus propias manos para volver a los brazos de Kenny, lo haría. Porque estar con Kenny estaba mal, era diabólico... pero ser de Danilo era simplemente el infierno.
El silencio que siguió al cierre de la puerta era peor que los gritos de la batalla en el puerto. Cass se quedó mirando el techo de mármol, sintiendo cómo cada centímetro de su piel reaccionaba con asco ante el lujo que lo rodeaba. La habitación era inmensa, pero para él no era más que un ataúd decorado. El aire estaba tan cargado de jengibre que sus ojos empezaron a lagrimear; era una táctica de Danilo, una forma de asfixiar sus sentidos hasta que su cuerpo de Omega, traicionado por la biología, empezara a ceder ante el Alfa que tenía cerca.
Se incorporó de nuevo, luchando contra la debilidad que le recorría las piernas. Cada vez que intentaba buscar a Kenny a través del lazo, se topaba con un muro de frío. Era como intentar gritar bajo el agua. Sabía que Kenny debía estar volviéndose loco, destruyendo cada rincón de la ciudad para encontrarlo, pero allí, en esa jaula de piedra, el tiempo parecía detenerse de forma cruel.
—No vas a romperme —susurró el chico para sí mismo, aunque su voz tembló—. No eres nada, Danilo.
Se bajó de la cama y sus pies descalzos tocaron el suelo de mármol gélido. Caminó hacia el gran ventanal, esperando ver alguna salida, pero solo encontró con que estaba atrapado en una fortaleza. La desesperación empezó a subir por su garganta como bilis amarga. Se llevó las manos a la cabeza, tirando de su cabello, tratando de concentrarse en el recuerdo del olor a roble de Kenny para no permitir que el jengibre de Danilo se instalara en sus pulmones.
De repente, la puerta se abrió de nuevo. No era Danilo, sino un hombre alto y de aspecto rudo que llevaba una bandeja con comida. El hombre ni siquiera lo miró a los ojos; dejó la bandeja sobre una mesa de cristal y se dio la vuelta para irse.
—¡Espera! —gritó Cass—. ¿Quién eres? ¿Por qué me tienen aquí?
El hombre se detuvo un segundo, pero no respondió. Solo se escuchó el sonido de su respiración pesada antes de que saliera y cerrara de nuevo con doble llave. Cass se acercó a la bandeja. Había frutas, pan y un café que humeaba, inundando el pequeño espacio con un aroma que pretendía ser reconfortante. Pero cuando se acercó, lo notó: el café estaba cargado de miel, tal como Danilo había prometido. El gesto le dio tanta náusea que volcó la bandeja de un manotazo.
El estruendo de la porcelana rompiéndose contra el mármol fue el único desahogo que encontró. Se dejó caer al suelo, rodeado de trozos de tazas rotas y café derramado. Las lágrimas finalmente brotaron, calientes y amargas. No era miedo por su vida, era el terror puro de imaginar los dientes de Danilo sobre la marca que Kenny le había dejado. En el mundo de los Alfas y Omegas, una sobremarca era una violación del alma, una forma de borrar la identidad de alguien para convertirlo en un esclavo biológico.
—Kenny, por favor... —sollozó, apretando el dije de rubí contra su pecho.
El rubí estaba frío, pero en su mente, Cass podía visualizar el brillo rojo en los ojos de su Alfa durante la pelea. Recordó cómo Kenny había despedazado a aquellos hombres solo para mantenerlo a salvo. Esa ferocidad era lo único que le daba esperanza. Si Kenny seguía vivo, no habría muro lo suficientemente grueso ni ejército lo suficientemente grande para detenerlo.
Pasaron las horas y la luz de la luna empezó a entrar por el ventanal, dibujando sombras alargadas y monstruosas en las paredes. El cansancio físico empezó a ganarle la partida a la adrenalina. Cass se arrastró de nuevo hacia la cama, pero no se tapó con las sábanas de Danilo. Se ovilló en una esquina del colchón, tratando de ocupar el menor espacio posible.
Sentía que el lazo con Kenny se volvía más y más fino, como un hilo a punto de romperse. La distancia y las paredes de esa casa estaban haciendo su trabajo. Su propio aroma a miel empezaba a palidecer, volviéndose débil, casi inexistente bajo la presión del ciprés rancio que lo rodeaba. Era una tortura silenciosa. Danilo no necesitaba usar golpes; solo necesitaba tiempo para que el instinto de Cass se rindiera ante la presencia del Alfa dominante que tenía el control.
¡Mis amores! Vayan a leer esta belleza ⬇️
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho