Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 13 – AUNQUE NO QUIERA, TE PIENSO
Camila se sorprendió a sí misma mirando el sobre de manila que asomaba en su bolso durante cada breve descanso en la oficina. Lo miraba como si el papel mismo pudiera hablar y darle las respuestas que su mente no lograba articular. Porque quizás, en el fondo, ya no se trataba de seguir buscando pruebas lógicas o documentos legales… sino de decidir si estaba lista para volver a creer en alguien. Y lo que resultaba más aterrador: volver a creer en su propio juicio.
Regresó a su escritorio con una taza de café humeante entre las manos. Sus dedos temblaban levemente contra la cerámica. No era el efecto de la cafeína, sino el eco persistente de la mirada de Leví esa mañana. Esa forma de observarla que parecía leer sus pensamientos más privados incluso cuando ambos estaban en completo silencio.
Abrió su bandeja de entrada para revisar los pendientes del día y allí estaba: un mensaje nuevo de Leví. No tenía asunto, ni cuerpo de texto, ni firma. Solo contenía un archivo adjunto. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Camila hizo clic.
Era una fotografía antigua, un poco desgastada por los bordes digitales, de una excursión escolar de hace años. En la imagen, ella aparecía con su uniforme de siempre, el cabello suelto movido por el viento y una sonrisa distraída dirigida a algo fuera de cuadro.
Pero lo que le robó el aliento fue el fondo. Allí, desenfocado, pero reconocible, estaba Leví. No miraba a la cámara, ni al paisaje, ni a sus amigos. La miraba a ella. Con una intensidad que ya estaba ahí desde la adolescencia.
Un segundo correo llegó apenas unos segundos después. Esta vez, solo tenía cuatro palabras que pesaron más que un libro entero:
“Desde entonces, siempre fuiste tú”.
Camila sintió que el aire de la oficina se volvía escaso. ¿Cuándo había tomado esa foto? ¿Durante cuánto tiempo la había guardado en secreto como un tesoro prohibido? La idea de que él la hubiera amado en silencio mientras ella se sentía invisible la dejó completamente desarmada.
Para Camila, el resto de la jornada se volvió lento y denso, como si caminara bajo el agua. Salió de la oficina a las seis de la tarde, sin tener una idea clara de en qué se habían ido las horas. Caminaba distraída por la acera, envuelta en sus pensamientos, cuando una melodía conocida la detuvo en seco. Era el sonido de una guitarra acústica sonando en vivo, a pocos metros de distancia.
Era él.
Leví estaba allí, sobre una pequeña tarima callejera improvisada en una plaza cercana, tocando junto a una banda local. Era una faceta de él que Camila desconocía por completo. Sus dedos acariciaban las cuerdas con una precisión casi dolorosa, una maestría que no parecía de este mundo corporativo. Y cuando levantó la mirada para empezar a cantar, el mundo alrededor de Camila simplemente dejó de existir.
“Y aunque no quieras, te pienso…
aunque no vuelva, me quedo…
aunque te alejes, respiro…”
La letra era una declaración abierta. No era una canción de otro autor; eran sus propias palabras puestas en música. Era para ella. Cada nota era un hilo que tiraba de su pecho, recordándole lo que intentaba olvidar. Los ojos se le llenaron de lágrimas calientes, pero esta vez no retrocedió. Tampoco se acercó para romper el momento. Solo se quedó allí, como una estatua, permitiéndose sentir y entender lo que la razón le prohibía.
Al terminar la canción, los ojos de Leví encontraron los de ella entre la multitud. No hizo ningún gesto exagerado para llamar su atención, ni detuvo el espectáculo. Solo le dedicó una sonrisa llena de una ternura tan pura que dolía. Como si supiera que, al menos por esa noche, había logrado tocar una fibra en ella mucho más profunda y poderosa que el miedo.
Camila regresó a la casa de su tía sin decir una sola palabra. Se encerró en su cuarto, se quitó los zapatos y se lavó el maquillaje, pero no pudo quitarse de encima la sensación de que él seguía presente en la habitación. Leví se había convertido en una melodía suave que se negaba a borrarse, sin importar cuánto silencio intentara usar ella para cubrirla.
Antes de dormir, se acostó de lado y miró hacia la ventana. Por primera vez en muchos días, no hubo lágrimas. Tampoco hubo una sonrisa de victoria. Solo cerró los ojos y, por fin, dejó que él se quedara allí. En su mente, en su pecho y en su recuerdo.
Porque, aunque no quisiera… lo pensaba. Y quizás, solo quizás, ese era el principio de volver a sentir. Sin armaduras. Sin miedo