Magia, traición y un juramento silencioso marcan el inicio de una historia donde la inocencia se convierte en determinación. En un reino construido sobre mentiras, incluso las almas más puras pueden oscurecerse.
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Capítulo 16: Bajo la Luna Roja
La noche cayó sobre el reino con una pesadez extraña.
No era una noche normal.
No era una noche tranquila.
No era una noche que prometiera descanso.
Sobre los tejados, sobre las calles vacías, sobre las torres de piedra y los callejones húmedos…
La luna brillaba en lo alto con un tono rojo oscuro.
Casi como si el cielo mismo hubiera sido manchado por sangre.
Las personas supersticiosas la llamaban de muchas formas.
Luna maldita. Luna de guerra. Luna de mal augurio.
Y, honestamente…
Aquella noche merecía cualquiera de esos nombres.
Porque algo iba a cambiar.
🌹 La Cazadora de la Noche
Mientras los nobles dormían protegidos por guardias y puertas de hierro, las zonas más podridas del reino seguían vivas.
Las calles traseras nunca descansaban.
Ahí se escondían:
mercenarios
traficantes
abusadores
hombres que compraban silencio
y monstruos con rostro humano
Y Himari los conocía bien.
Demasiado bien.
Era casi una costumbre para ella.
Cuando la noche se volvía lo bastante densa y el reino fingía dormir…
ella salía.
Sola la mayoría de las veces.
No como una dama.
No como una infiltrada.
No como una líder.
Sino como algo mucho más peligroso.
Una cazadora.
Vestida con ropa oscura elegante, pero más ajustada para moverse con rapidez, Himari caminaba por los callejones como si el miedo fuera algo que solo les pertenecía a los demás.
Su espada descansaba en su costado.
Sus ojos dorados observaban cada sombra.
Cada puerta.
Cada respiración ajena.
Cada mentira.
El viento nocturno movió apenas su cabello largo.
Y ella sonrió apenas.
No una sonrisa amable.
Sino esa pequeña curva en los labios que aparecía cuando presentía que alguien estaba a punto de cometer el error de cruzarse en su camino.
🌑 Un Hallazgo Repugnante
Lo escuchó primero.
Un golpe metálico.
Luego una voz masculina.
Después un llanto ahogado.
Eso bastó.
Himari se deslizó entre dos edificios y siguió el sonido hasta una vieja construcción de piedra abandonada en uno de los sectores menos vigilados del reino.
Las ventanas estaban rotas.
La puerta principal entreabierta.
Y el olor…
El olor ya le dijo demasiado antes de entrar.
Sudor.
Alcohol.
Suciedad.
Miedo.
Himari empujó la puerta con una mano.
Adentro, la escena le bastó para que su expresión se volviera de hielo.
Había varias chicas encerradas en una celda improvisada al fondo del lugar.
Algunas estaban abrazándose entre sí.
Otras apenas podían sostenerse en pie.
Y alrededor, riendo y hablando como si aquello fuera un negocio cualquiera, había varios hombres armados.
Mercenarios.
Basura útil para los poderosos.
Uno de ellos fue el primero en notarla.
—Oye… ¿y tú quién eres?
Himari inclinó apenas la cabeza.
Sus ojos dorados recorrieron el lugar con una calma insultante.
Luego respondió con total serenidad:
—La última mala decisión de su noche.
Silencio.
Uno de los hombres soltó una carcajada.
Otro se acercó con la espada medio desenfundada.
—Mírenla. Bonita y arrogante.
—Tal vez podamos encerrarla con las demás.
Mala idea.
Himari exhaló por la nariz.
—Qué asco.
Y luego desapareció de donde estaba.
⚔️ Una Violencia Elegante
El primer hombre apenas vio un destello antes de sentir el impacto.
Himari lo golpeó con la guarda de la espada en el rostro y lo mandó contra una mesa de madera que se partió al instante.
El segundo intentó reaccionar, pero recibió una patada brutal en el costado que lo dobló sobre sí mismo antes de que ella lo rematara con un golpe al mentón.
El tercero quiso lanzar magia.
No alcanzó.
Himari ya estaba frente a él.
Su rodilla se clavó en el abdomen del hombre con una precisión seca y suficiente para dejarlo fuera de combate.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Demasiado limpio.
Demasiado humillante.
Y lo peor para ellos era que Himari todavía se estaba conteniendo.
No estaba usando toda su fuerza.
Ni toda su velocidad.
Ni toda su crueldad.
Y aun así…
los estaba barriendo del camino como si fueran desperdicio.
Uno de los mercenarios, con sangre en la boca, la miró con terror.
—¡¿Quién demonios eres?!
Himari giró apenas la muñeca con la espada en mano.
—Alguien con muy poca paciencia para hombres como ustedes.
Otro de los criminales intentó atacar por la espalda.
Error.
Himari lo percibió antes de que llegara.
Se giró, bloqueó con precisión y lo estrelló de cara contra el suelo.
—Cobarde —murmuró.
A los pocos segundos, el lugar ya estaba lleno de hombres caídos, quejidos y cuerpos retorciéndose de dolor.
Y Himari seguía de pie.
Intacta.
Respirando apenas un poco más fuerte.
Nada más.
🌒 La Verdadera Amenaza
Entonces el suelo tembló.
No mucho.
Pero lo suficiente.
Uno de los muros laterales se sacudió con un golpe desde el otro lado.
Las chicas dentro de la celda se encogieron de miedo.
Himari giró la cabeza hacia el sonido.
Y entonces…
él apareció.
Un hombre gigantesco atravesó el acceso lateral con una presencia aplastante.
Medía cerca de dos metros.
Sus hombros eran enormes.
Sus brazos parecían troncos endurecidos por años de violencia.
Y su rostro tenía esa clase de expresión vacía que solo aparece en hombres acostumbrados a usar la fuerza como idioma principal.
Uno de los mercenarios heridos soltó una risa ahogada.
—Ya valiste…
Himari no retrocedió.
Solo sostuvo la empuñadura de su espada con más firmeza.
El gigante la observó con desprecio.
—Así que tú hiciste este desastre…
Su voz era grave.
Pesada.
Animal.
Himari levantó apenas la barbilla.
—No.
El desastre apenas va empezando.
Eso bastó.
El hombre rugió y se lanzó hacia ella con un golpe monstruoso.
Un puñetazo brutal.
Directo.
Capaz de romper huesos y atravesar defensas.
Himari alcanzó a levantar los brazos para cubrirse.
Sabía que el impacto iba a doler.
Sabía que incluso para ella, recibir ese golpe de frente no sería agradable.
Y entonces…
No llegó.
🌑 La Mano que Detuvo la Noche
El golpe se detuvo en seco.
Así.
De repente.
Como si una pared invisible hubiera aparecido entre ambos.
Los ojos de Himari se abrieron apenas.
No por miedo.
Sino por sorpresa genuina.
Frente a ella, bloqueando aquel golpe con una sola mano…
Había una figura.
Alta.
Cubierta por una sudadera negra con capucha.
El rostro oculto.
La postura relajada.
Demasiado relajada.
La mano de esa figura sujetaba el puño del gigante como si no pesara nada.
Como si detener semejante fuerza no requiriera el menor esfuerzo.
El aire se volvió más pesado.
Más frío.
Más raro.
Y Himari sintió algo extraño recorrerle la espalda.
Algo que no pudo nombrar.
No lo reconoció.
No podía.
En su mente, su hermano estaba muerto.
Enterrado.
Perdido hacía once años.
Y aun así…
Aquel desconocido le provocó una sensación incómoda.
Familiar.
Lejana.
Como un recuerdo que se niega a morir del todo.
🩸 Una Voz Enterrada
La figura no volteó hacia ella.
Ni siquiera la miró.
Sus ojos estaban puestos en el gigante.
Y entonces habló.
Con una voz baja.
Fría.
Profunda.
Y completamente vacía de emoción.
—Mejor métete con alguien de tu tamaño.
El gigante gruñó y trató de liberar su brazo.
No pudo.
Ni un centímetro.
La figura de negro inclinó apenas la cabeza.
Y entonces…
Asahi golpeó.
Su puño impactó el torso del hombre con una fuerza absurda.
Seca.
Brutal.
Controlada.
El gigante salió despedido varios pasos hacia atrás, arrastrando los pies contra el suelo de piedra antes de recuperar el equilibrio con dificultad.
Los mercenarios que seguían conscientes se quedaron helados.
Las chicas dentro de la celda dejaron de respirar por un segundo.
Y Himari…
Himari no apartó la mirada de la espalda de aquel hombre.
Porque había algo en él que no encajaba.
No solo por su fuerza.
No solo por la forma en que se movía.
Sino por algo peor.
Algo mucho más difícil de explicar.
La sensación de que esa presencia…
No le resultaba del todo desconocida.
🌙 Dos Caminos, Una Misma Noche
El gigante escupió sangre al suelo.
Su respiración se volvió más pesada.
Y ahora su atención ya no estaba en Himari.
Estaba en la figura encapuchada que acababa de humillarlo de un solo golpe.
La luna roja entraba por los huecos del techo roto.
Su luz caía sobre ambos como si la noche estuviera marcando el inicio de algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Detrás de Asahi, Himari seguía inmóvil.
Con la espada en mano.
Con el corazón incómodamente tenso.
Sin entender por qué la simple presencia de ese hombre le estaba haciendo ruido dentro del pecho.
Y delante de ellos…
La siguiente pelea apenas estaba comenzando.
Fin del Capítulo 16