En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
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VALERIUS 7
La noche en la capital del Sur no era negra; era de un azul eléctrico, teñida por la luz de las linternas de gas y el brillo de las joyas de los nobles que se negaban a aceptar que la muerte caminaba entre ellos. Me movía por los callejones laterales, lejos de las avenidas principales, sintiendo el peso de mi espada contra el muslo.
Había pasado el día estudiando el terreno. El Marqués de Altamira, el segundo perro que ladró en aquel bosque, se había atrincherado en su villa. Sabía que Valeska no había muerto por causas naturales. El miedo lo estaba asfixiando antes incluso de que yo llegara a su puerta.
—¿Sientes eso? —le pregunté a la nada.
A mi lado, una voluta de humo negro se materializó brevemente: mi sombra vinculada, un fragmento de la magia del Norte que solo yo podía ver. El espectro siseó, señalando hacia las torres de la Villa de las Hortensias. Había un rastro en el aire. No era el olor a azufre de los demonios, ni la luz estéril de los magos del Sur. Era algo... antiguo. Algo que olía a tinta fresca y a soledad profunda.
Llegué a los muros de la villa justo cuando una patrulla de guardias pasaba con sus armaduras tintineando. Me pegué a la piedra, fundiéndome con la oscuridad. Fue entonces cuando la vi. O mejor dicho, vi lo que ella dejó atrás.
En el tejado superior, una silueta se recortó contra la luna por menos de un segundo. Era ágil, casi etérea, moviéndose con una confianza que desafiaba la gravedad. No era un asesino común. Los asesinos suelen ser ruidosos en su esfuerzo por ser silenciosos; ella, en cambio, parecía ser parte del viento.
—Así que aquí estás, mi sombra protectora —murmuré, una chispa de anticipación recorriéndome la sangre.
Decidí no intervenir. Quería verla trabajar. Quería entender el alcance de ese poder que parecía brotar de una mujer que el mundo conocía como una "heredera frágil". La seguí desde el suelo, saltando muros y evitando trampas con la facilidad de quien ha pasado media vida en asedios.
Cuando finalmente alcancé el balcón del estudio del Marqués, el silencio dentro de la habitación era absoluto. Un silencio denso, como si el sonido mismo hubiera sido devorado. Entré por el ventanal entreabierto, con la mano en el pomo de mi espada, pero no necesité desenvainar.
El Marqués de Altamira estaba sentado en su sillón de cuero. Sus ojos estaban fijos en la nada, su boca abierta en un grito mudo que nunca llegó a escapar. No había heridas de entrada, ni señales de lucha. Pero lo que me llamó la atención fue el escritorio.
Allí, clavado con un estilete de obsidiana de una factura exquisita, estaba un sobre con el sello del Duque de Hierro.
Me acerqué, mis botas resonando suavemente sobre la alfombra. Tomé el estilete. El metal estaba frío, pero el mango aún conservaba un rastro de calor... el calor de una mano delicada. Al tocarlo, una visión fugaz cruzó mi mente: un destello de ojos oscuros tras una máscara de encaje y el aroma a lavanda y sangre.
—Me estás dejando migas de pan, pequeño monstruo —dije en voz alta, sabiendo que ella podría estar escuchando desde algún rincón del techo o a través de las sombras que aún palpitaban en las esquinas de la habitación—. Quieres que sepa quién es el siguiente. Quieres que vea cómo destruyes a los que me tocaron.
Abrí el sobre. Contenía los mapas de las minas del Norte y la orden de ejecución firmada por el Duque. Era la prueba que necesitaba para declarar la guerra total, pero ella me la estaba entregando como un regalo de bodas sangriento.
Me acerqué a la ventana y miré hacia la oscuridad del jardín. Sabía que estaba allí. Podía sentir su mirada clavada en mi nuca, una presión caliente que me hacía querer darme la vuelta y atraparla, arrastrarla hacia la luz para ver qué se escondía tras esa fachada de Lady Vallemont.
—Has hecho un buen trabajo, Elena —dije, usando su nombre por primera vez. El nombre sonó extraño en mis labios, demasiado suave para una mujer que acababa de arrancar el alma de un hombre—. Pero ten cuidado. En mi reino, no aceptamos sacrificios sin conocer al sacerdote. Si vas a seguir cazando para mí, llegará el momento en que yo empiece a cazarte a ti. Y te aseguro que no soy tan paciente como tus víctimas.
Un susurro de viento movió las cortinas, y por un instante, la sombra en la pared pareció hacer una reverencia burlona antes de disolverse.
Salí de la villa con el sobre en mi poder y el estilete de obsidiana guardado en mi cinturón. El Duque de Hierro era el último. El más poderoso. Pero ya no me preocupaba él. Mi mente estaba ocupada por la mujer que jugaba con la muerte como si fuera un juguete de seda.
La cacería había cambiado de objetivo. Ya no buscaba traidores. Buscaba a la dueña de las sombras.