Bruno Caruso, un hombre fuerte, calculador y la cabecilla de un imperio levantado a base de sangre. Es el rey indiscutible de la mafia siciliana: no perdona, no olvida… y sobre todo, convierte la traición en castigo.
Xenia, sin quererlo, se convierte en la pieza central de su furia. Y en la oscuridad de su mundo, él decide cuánto debe pagar… pero entre amenazas, secretos y silencios que queman, ¿ambos podrian descubrir que la oscuridad también sabe atraerte?
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Capítulo 16
Pov. Xenia
Desperté con un grito ahogado.
El cuerpo se me arqueó de golpe. El corazón me latía tan fuerte que durante un segundo pensé que iba a desmayarme nuevamente.
Cuando estuve más calmada miré a mi alrededor y noté que estaba en la habitación de siempre. Ya era de noche, no sé cuanto tiempo estuve dormida, pero me desperté con algo muy claro.
—Necesito escapar, como sea— Murmuré con determinación mientras mi cuerpo temblaba ligeramente.
Después de lo que viví no pienso quedarme un segundo más aquí, prefiero morir intentando escaparme a morir aquí adentro sin haber intentado nada.
Ese psicópata casi me mata, sentí como mi vida se iba ante mis ojos. No quiero volver a sentir su respiración cerca, su voz, su sombra... no lo quiero cerca.
Me levanté de la cama sin hacer ruido. Mis pies tocaron el suelo frío y un escalofrío me recorrió la espalda. Tomé aire, una sola vez, y avancé hacia la puerta. Giré la manilla con extremo cuidado. No chirrió.
Avance descalza, pegada a la pared. Casi podía escuchar mi corazón latiendo a mil por hora. Bajé las escaleras con extremo cuidado. Noté que no había guardias cerca, era raro.
Llegué a la puerta del frente. Estaba entreabierta.
—Esto está demasiado estraño– Susurré para mí misma. Estaba empezando a creer que él me estaba tendiendo una trampa, porque es demasiada casualidad que no haya muchos guardias y que la puerta estuviera entreabierta.
Decidí no pensar de más y salí.
El aire nocturno me golpeó el rostro. Olía a tierra húmeda y a pinos. El cielo estaba despejado, oscuro y con pocas estrellas.
Corrí agachada. Cada paso me acercaba más al portón principal. Lo veía ya. Negro. Alto. Cerrado, pero no imposible. No pensé que esto fuera tan sencillo.
Solo me falta un poco más.
Mi respiración se volvió errática. El miedo me empujaba hacia adelante. Ya podía imaginarlo: cruzar ese portón, correr hasta la carretera, desaparecer.
Pero algo pasó.
Justo cuando estaba a unos metros del portón, algo llamó mi atención.
A la izquierda.
Una luz.
Me detuve en seco.
Giré la cabeza lentamente, rezando para que fuera mi imaginación. Pero no lo era.
Allí, a unos metros, cerca del límite del jardín, había movimiento. Dos siluetas. Una de ellas… inconfundible.
Bruno.
Lo reconocería incluso en la oscuridad más absoluta. La postura recta. La calma antinatural. La manera en que ocupaba el espacio como si el mundo le perteneciera.
El otro hombre estaba de rodillas.
Mi estómago se encogió.
No podía oír lo que decían, pero no hacía falta. El lenguaje corporal hablaba por sí solo. El hombre gesticulaba, desesperado. Suplicaba. Bruno, por su lado, permanecía inmóvil, escuchándolo como si no le importara en lo más mínimo.
Entonces Bruno se movió.
Un gesto rápido. Preciso. Decisivo.
El hombre cayó hacia adelante, desplomándose como si le hubieran quitado la vida de un solo tirón, y así fue.
No grité.
No respiré.
El mundo se detuvo.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía para siempre.
Bruno permaneció allí unos segundos, observando el cuerpo en el suelo. No había prisa en él. No había culpa. Solo control.
Luego sacó un pañuelo. Se limpió las manos con tranquilidad. Dio una orden breve hacia la oscuridad, y dos hombres aparecieron de la nada, llevándose el cuerpo como si fuera un objeto sin valor.
Yo estaba paralizada.
Mis piernas no respondían. Mi mente gritaba que corriera, que aprovechara que él no me había visto... pero entonces ocurrió.
Bruno giró el rostro.
Directamente hacia mí.
Sentí que me atravesaba.
El miedo me golpeó de repente. El corazón comenzó a latirme sin control y el aire dejó de llegar a mis pulmones. Todo se volvió borroso, pesado, irreal. Intenté mantenerme en pie, pero mis piernas cedieron y el cuerpo dejó de responderme. Y entonces, la oscuridad me envolvió con una suavidad cruel… y me perdí en ella.
.
.
.
...
Desperté con la certeza de que no estaba sola.
El olor fue lo primero: madera oscura, cuero, algo metálico… y su perfume. Abrí los ojos de golpe y el techo desconocido me confirmó lo que el cuerpo ya sabía.
No era aquel cuarto en el que duermo.
Me incorporé de golpe, pero un mareo violento me obligó a apoyar las manos sobre la cama. Las sábanas eran negras. Pesadas. Elegantes. La habitación era amplia, demasiado, con cortinas gruesas que bloqueaban la luz exterior.
Podría ser... ¿la habitación de Bruno?.
El pánico me subió como ácido por la garganta.
El recuerdo me golpeó sin aviso.
El portón.
La noche.
La silueta arrodillada.
Bruno.
La sangre se me heló.
Recordé cómo mis piernas dejaron de sostenerme. Cómo el mundo se inclinó. Cómo el aire desapareció de mis pulmones cuando él giró la cabeza y me miró.
Recordé desmayarme.
—Vaya… —dijo una voz a mi derecha— pensé que tardarías más en despertar.
Giré el rostro bruscamente.
Bruno estaba sentado en un sillón, relajado, con una copa en la mano. No parecía un hombre que hubiera matado a alguien hace poco. Parecía alguien que acababa de disfrutar una cena tranquila.
—Tú… mataste... —susurré, la voz rota. No podía continuar, el solo decirlo me horrorizaba.
Él alzó una ceja, divertido.
—Maté a un traidor —completó con naturalidad—No te preocupes, Xenia. No era alguien importante.
Un nudo me cerró el estómago.
Bruno sonrió. Se levantó y caminó hacia mí. Cada paso suyo hacía que mi cuerpo se encogiera más contra la cama.
—¿Por qué estoy aquí, en lo que supongo que es tu habitación?— Pregunté de repente, queriendo que se detuviera y no avanzara más y lo logré.
—En efecto lo es, y estás aquí porque quiero que te acostumbres— Respondió.
¿Acostumbrarme?, ¿de qué habla?
Bruno se dio la vuelta despacio y caminó hacia un sillón, sentándose con una calma que me desesperó. Me observó como si yo fuera parte del mobiliario.
—Sabes, mi familia existe desde antes de que este país supiera pronunciar la palabra mafia —comentó— Generaciones enteras construyeron este imperio con sangre, lealtad y silencio.
Lo miré sin entender hacia dónde iba.
—Los Caruso no improvisamos —continuó— Todo tiene un propósito. Todo tiene continuidad.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Un apellido no solo se hereda por nacer. Se protege. Se fortalece. Se perpetúa.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Las familias caen cuando olvidan eso— Dijo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Y sabes cuál es una de las mayores fortalezas en la mafia?... Una esposa.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado en los pulmones.
—Mis padres cree en la tradición —continuó— Mis tíos creen en la imagen. Mis aliados creen en símbolos.
Se levantó del sillón y comenzó a caminar lentamente alrededor de la cama.
—Según mi familia, una mujer al lado del jefe transmite estabilidad. Control. Futuro.
Negué con la cabeza, incapaz de procesar.
—No… —susurré— No me hables de eso.
Bruno se detuvo.
—Mi familia está presionando —dijo con frialdad— Quieren que me case. Pronto.
El terror empezó a trepar por mi pecho.
—Eso… eso no tiene nada que ver conmigo —dije, casi suplicando.
Él sonrió.
—Es todo lo contrario, tiene todo que ver contigo.
—No —negué con desesperación— No puedes…
—Puedo —me interrumpió con frialdad—Y lo haré.
Sentí que el pecho se me hundía.
—¿Por qué?, ¿por qué quieres casarte conmigo?— Pregunté con desespero.
Él caminó hacia mí. Cada paso suyo parecía reducir el aire de la habitación. Me sentí pequeña. Vulnerable. Atrapada.
—Porque así mi familia obtiene lo que quiere, y yo obtengo algo mejor.
—¿Qué? —pregunté, temblando.
Bruno se inclinó levemente, lo suficiente para que pudiera ver la oscuridad en sus ojos.
—La oportunidad de destruirte lentamente.
Un sollozo desgarrador escapó de mi garganta.
—Eres un monstruo…
—Eso no es nuevo —respondió— Lo nuevo es que ahora estarás legalmente a mi lado.
Me llevé las manos al rostro, incapaz de contener el llanto.
No merezco esto. No quiero esto.
—Por favor, no quiero casarme contigo, te lo suplico— Lo miré suplicante, con lágrimas desbordando de mis ojos.
—No es que quieras, es que yo así lo decidí —respondió con determinación y luego me miró directamente a los ojos— Tu peor error fue haber atropellado a mi hermana esa noche.
Esa noche... esa maldita noche.
—Yo no quise hacerlo… —mi voz se quebró— Esa noche me drogaron, me inyectaron algo. Esa noche todo empezó a volverse borroso, el cuerpo dejó de responderme por culpa de la droga. No fue mi intención, te lo juro… tienes que creerme —Supliqué entre sollozos, deshecha, con el corazón hecho pedazos.
Él me miró con enojo. Sus ojos reflejaban odio.
—No me vengas con esa mierda —escupió— ¡¡TÚ ESTABAS AL VOLANTE!! Si de verdad hubieras querido, te habrías detenido en cualquier maldito lugar en cuanto notaste que algo no estaba bien.
El grito me atravesó. Retrocedí instintivamente, el cuerpo temblándome de miedo. Su furia llenó el espacio, asfixiándome.
Lloré en silencio mientras lo miraba. En el fondo sabía que tenía razón. Pude haberme estacionado… debí hacerlo. Pero el terror me paralizó. Tenía miedo a que me alcanzaran, y ese miedo fue más fuerte que yo.
Lo vi cerrar los ojos por un segundo, inhalar con fuerza, como si estuviera conteniendo algo mucho peor que un grito. Sus hombros se tensaron y luego descendieron lentamente.
Cuando volvió a mirarme, la furia seguía ahí, pero más contenida.
—Las excusas no cambian lo que pasó —dijo con voz baja— Y tampoco te absuelven de lo que hiciste.
Se giró y caminó hacia la puerta, como si la habitación ya no pudiera contenerlo. Sus pasos eran firmes, tensos. Se detuvo a mitad de camino y habló sin mirarme, con una voz baja, cargada de violencia contenida.
—No voy a quedarme esta noche —dijo— Si lo hiciera… probablemente te mataría, pero acostúmbrate, porque está será nuestra habitación de ahora en adelante.
Siguió hasta la puerta. Justo antes de salir, se volvió una última vez. Sus ojos no mostraban irá, sino algo peor.
—Descansa bien —añadió con una calma cruel— Porque te prometo que voy a hacer que tu vida sea un infierno, día tras día.
Esto está increíble !!