Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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Secretos entre Ariana y Acero Parte 1
Miranda
La cocina estaba impregnada del aroma reconfortante del albahaca fresca y el ajo dorado en aceite de oliva. Me encontraba allí, moviéndome mecánicamente junto a mi padre, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia. Mi madre acababa de subir para ayudar a Marian con el baño, y el silencio que dejaron tras de sí era denso, cargado de palabras no dichas.
Papá cortaba los tomates San Marzano con una precisión casi quirúrgica para la salsa de las albóndigas. Yo, por mi parte, untaba una mezcla de mantequilla, perejil y ajo sobre rebanadas de pan artesanal. Sabía que mis padres ocultaban algo; lo vi en sus ojos cuando cruzaron el umbral del departamento esa mañana.
— Padre —susurré en italiano, bajando la voz por instinto, consciente de que Cristian podría llegar en cualquier momento—. Puoi dirmi che diavolo sta succedendo? —¿Puedes decirme qué diablos está sucediendo?.
Papá dejó el cuchillo a un lado y me miró con una seriedad que me heló la sangre.
— Sai, da quando sei tornata nel paese, ho pensato molto a una cosa —comentó, manteniendo el idioma de nuestros ancestros como un escudo—. Sabes, desde que regresaste al país, he estado dándole vueltas a algo.
— ¿A qué? —pregunté sin apartar la vista de la sartén donde el pan empezaba a dorarse.
— En lo que pasó esa noche... y en la fundación —dijo él, dando un paso hacia mí—. Hija, ¿crees que serás capaz de sostenerle la mirada a Laura? Si ella pide una reunión con la "Directora Ejecutiva" de la fundación, ¿aceptarías verla?
Sentí un vacío en el estómago, pero apreté la espátula con fuerza.
— Podré, padre. Me he preparado cinco años para que el nudo en mi garganta no me impida hablar. La voy a enfrentar y la voy a destruir en su propio juego.
— Esa es mi hija —declaró con orgullo, pero luego su rostro se ensombreció—. Ahora hablemos de...
Levanté la mano de inmediato, deteniéndolo. Sabía perfectamente a quién se refería. Respiré hondo, sintiendo el peso de un secreto que amenazaba con derrumbar los cimientos de mi nueva vida.
— Papá, él no se va a enterar de eso jamás —le aseguré con voz quebrada.
— ¿Qué estás diciendo, Miranda? —El rostro de mi padre se endureció por la confusión—. Durante dos años te hemos pedido que digas la verdad. Ese decreto, ese pasado... no puedes cargarlo sola.
— ¡No lo haré! —exclamé con lágrimas agolpándose en mis ojos—. Sé que ustedes quieren que sea honesta, pero lo conozco. Él nunca me perdonaría si supiera que le oculté un embarazo... un embarazo que perdí por culpa de ella.
El silencio que siguió fue sepulcral. Mi padre procesaba la magnitud de mi dolor. Finalmente, habló con la voz entrecortada.
— Hija, Laura es una serpiente. Buscará la forma de revelar que cuando te fuiste estabas esperando un hijo. Se lo dirá a él solo para verte caer.
— Lo sé —admití, sollozando en silencio mientras apagaba la estufa con dedos temblorosos—. Pero no puedo decirle que esa noche quedé embarazada y que, meses después, unos matones enviados por ella entraron en mi departamento en Madrid y... y acabaron con la vida de mis bebés. Eran dos, papá. Dos vidas que me arrebataron.
Papá se acercó y me envolvió en un abrazo protector, dejando que mi llanto se apagara en su hombro.
— Miranda, non possiamo continuare a nascondere la verità —susurró—. Él tiene un temperamento fuerte, habrá consecuencias, pero debemos enfrentarlo juntos.
— ¡No! —me solté de su abrazo, aterrada—. Él me odiaría. Me culparía por no haberlo protegido. Me mataría ver ese odio en sus ojos.
Justo cuando mi padre iba a replicar, el sonido de la puerta principal cerrándose cortó la tensión. Me limpié las lágrimas frenéticamente y traté de recuperar la compostura. Segundos después, Cristian entró en la cocina, pero no venía solo. Una mujer de cabello rojo encendido y ojos azules penetrantes lo acompañaba. Su belleza era exótica, gélida y perfecta.
— Hola, espero haber llegado a tiempo —dijo Cristian. Su sonrisa flaqueó al notar el brillo de mis ojos y la rigidez de mi espalda—. Quiero presentarles a mi amiga y socia de negocios, Anya Smirnov.
El nombre me golpeó como un balde de agua fría. Smirnov. La hija del magnate petrolero más poderoso de Rusia. Las palabras de mi primo Álvaro resonaron en mi mente: "Le diste mucho poder a Cristian y se le está subiendo a la cabeza".
— Mucho gusto, soy Miranda Rinaldi —dije, forzando una sonrisa de cortesía—. Encantada de conocerte, Anya. Él es mi padre, Mateo Rinaldi.
— El placer es mío —respondió Anya con un acento ruso que arrastraba las vocales con elegancia—. Cristian me ha hablado mucho de ti... aunque no mencionó que fueras tan "emocional". —Sus ojos recorrieron mi rostro con una chispa de superioridad.
En ese momento, mi madre entró con Marian. Mi pequeña, siempre observadora, se detuvo en seco al ver a la desconocida.
— Nonna, abbiamo uno sconosciuto in casa —susurró Marian —Abuela, tenemos a una desconocida en casa. Luego, caminó hacia Anya con los brazos cruzados. —¿Quién es ella, mami? ¿Qué hace aquí?
— Es una socia del tío Cristian, nena —respondí.
Marian frunció el ceño y señaló a Anya con un dedo acusador.
— Cuidado con llevarte a tito Cristian. Él es nuestro —sentenció con una posesividad que me hizo sonreír internamente. Era una Rinaldi pura.
Cristian soltó una carcajada y cargó a Marian.
— No te preocupes, nena. Anya y yo solo somos amigos de negocios. Siempre seré tuyo.
— Más te vale —replicó la pequeña, antes de estirar los brazos hacia mí.
— Es una pequeña caprichosa, igual que su madre —me susurró Cristian al oído al entregármela. Le respondí con una mirada que mezclaba advertencia y complicidad.
— Anya, ella es mi madre, Luisa Rinaldi —concluí las presentaciones.
— Un gusto, señora —dijo Anya, quien parecía estudiar cada rincón de la cosina con ojos evaluadores.
— Cristian, ¿no vas a servirme esa copa que prometiste?
— Por supuesto, nena —me guiñó un ojo antes de dirigirse al bar.
Mi madre, con su elegancia habitual, invitó a todos a sentarse.
— Bueno, querida Anya, llegaste en un momento histórico. Probarás la verdadera cocina italiana, hecha desde cero —dijo mamá.
— En esta casa no compramos nada procesado —añadí, mostrando la pasta fresca—. Aquí todo tiene alma.
Anya se sentó, cruzando sus largas piernas.
— Se nota que son... tradicionales —comentó con una pizca de ironía—. Pero dime, Cristian, ¿por qué no le cuentas a tu "familia" cómo nos conocimos realmente?
Marian, que no perdía detalle, preguntó con astucia:
— Sí, ¿cómo conociste a mi tío?
Anya sonrió, y por un momento, su mirada pareció perderse en un recuerdo lejano.
— Fue en el aeropuerto de Zúrich, hace tres años —comenzó Anya, mirando de reojo a Cristian—. Había una tormenta de nieve y todos los vuelos estaban cancelados. Yo estaba lidiando con unos hombres... poco educados que querían mi maletín de seguridad. Cristian no solo me ayudó a deshacerme de ellos sin despeinarse, sino que terminó comprando el último jet privado disponible en la pista para sacarnos de allí. En ese vuelo, entre caviar y confesiones a diez mil metros de altura, comprendimos que juntos podíamos ser dueños del mundo.
Miré a Cristian. Aquella historia no encajaba con el hombre que yo creía conocer. El misterio sobre sus negocios en el extranjero empezaba a filtrarse en mi cocina, y el aroma de la comida italiana fue reemplazado por el olor metálico del peligro.
— Una historia fascinante —intervino mi padre, rompiendo el trance—. Pero en esta mesa, Anya, el poder no se mide en jets privados, sino en la verdad de quienes se sientan a comer.
Anya alzó su copa de vino, desafiante.
— Entonces, espero que la verdad sea tan deliciosa como la pasta, señor Rinaldi.
El almuerzo comenzó, pero cada bocado se sentía como una tregua armada. El secreto de mi embarazo perdido quemaba en mi pecho, mientras la presencia de la rusa me recordaba que, tal vez, mi mayor aliado ya no jugaba en mi mismo equipo.
Después de que la enigmática Anya y mis padres se marcharan, el departamento quedó sumido en un silencio denso, casi sólido. Era esa clase de quietud que precede a las tormentas. Sin decir una palabra, tomé a Marian en brazos. Sentía su pequeño cuerpo cálido contra mi pecho, un recordatorio constante de por qué soportaba todo este veneno. La llevé a su habitación bajo la excusa de las tareas escolares; necesitaba que estuviera lejos de la vibración eléctrica que desprendía Cristian en el pasillo.
Horas más tarde, el panorama era un contraste de inocencia y guerra fría. Mi pequeña garabateaba flores y soles en su cuaderno, mientras yo, sentada a su lado con la laptop, me sumergía en expedientes médicos. Mis ojos recorrían diagnósticos, pero mi mente seguía anclada en la advertencia de mi padre. ¿Perder al hombre que amo por una verdad que ya no existe? ¿O perder mi paz por una mentira que crece cada día?
De pronto, tres golpes secos en la madera rompieron el trance.
—Nenas, llegó la pizza —anunció la voz de Cristian.
Marian y yo intercambiamos una mirada. Había una herida abierta entre nosotros tres. La llegada de Anya no solo fue una sorpresa; fue una traición a nuestro pacto de seguridad. En este juego, los extraños son variables que no puedo controlar, y Cristian lo sabía mejor que nadie.
—Ya vamos, Gocho —alcé la voz, forzando un tono neutro que ocultara mi irritación.
—Mami... —Marian me detuvo mientras guardaba sus colores—. ¿Hasta cuándo estaremos molestas con tito Cristian? No me gusta que la casa se sienta tan seria.
Acaricié su mejilla, maravillada por su intuición.
—Depende de qué tan rica esté la pizza, mi amor —respondí con una sonrisa cómplice que no llegaba a mis ojos.
La cena fue un ejercicio de actuación. Marian y Cristian mantenían una conversación animada sobre el colegio, mientras yo me limitaba a intervenir con monosílabos, analizando cada gesto de mi "socio". Cuando él se ofreció a llevar a la niña a la cama, aproveché para recoger la mesa con una rapidez nerviosa. Necesitaba aire. Necesitaba a alguien que me recordara quién era yo antes de ser este rompecabezas de secretos.
Me di una ducha rápida, dejando que el agua caliente lavara el rastro de la jornada. Me puse un conjunto deportivo negro, ajustado como una segunda piel, y salí de mi habitación con las llaves en la mano. Me detuve frente a la puerta de Cristian y toqué con firmeza.
Él abrió casi de inmediato, ya vestido con ropa cómoda, pero con esa mirada intensa que últimamente me costaba sostener.
—¿Dime, nena? ¿Necesitas algo? —preguntó, barriendo mi atuendo con curiosidad.
—Saldré a caminar por el condominio. Necesito despejarme. ¿Puedes estar pendiente de Marian? —Mi voz sonó más distante de lo que pretendía.
—Claro que sí, Miranda. Estaré atento —respondió, su tono volviéndose serio al notar mi barrera—. Pero ten cuidado. La noche no es tan tranquila como parece.
No respondí. Me alejé sintiendo su mirada clavada en mi espalda como una marca de fuego.
Al entrar al ascensor, el espejo me devolvió la imagen de una mujer que apenas reconocía. Eran las ocho de la noche en Caracas, lo que significaba que en Madrid era la una de la mañana. Marqué el número de la única persona capaz de sostener mi mundo cuando el suelo temblaba: mi hermano Alan.
—¡Qué milagro que mi bella hermana me llame! —La voz de Alan, vibrante y cálida, me trajo una paz instantánea—. ¿A qué debo el honor de este drama transatlántico?
—Bello... —Mi voz se quebró antes de empezar.
—Cosa succede, bella? —cambió al italiano de inmediato, detectando mi fragilidad.
—De todo, Alan. De todo —suspiré, saliendo del edificio hacia las áreas verdes del condominio—. Discutí con mamá, sigo en guerra con el pasado, y Cristian.... Cristian aparece en cada rincón. He leído cosas que no debía y mi cabeza es un caos. Papá decidió que hoy era el día perfecto para desenterrar los fantasmas de hace cinco años.
—¿Todo eso en un mes? —Alan soltó una risa seca, pero cargada de preocupación—. Sabes que a papá le aterra que esa verdad te destruya. Y toda la familia se pregunta si ocultar ese embarazo perdido fue la decisión correcta. Pero dime... ¿qué es eso que leíste y que te tiene tan alterada?
Me mordí el labio, sentándome en un banco de cemento frente a la piscina iluminada.
—Entré en la habitación de Cristian a buscar una muñeca de Marian y... leí su cuaderno personal. Alan, él está empezando a sentir cosas por mí. Lo escribió. No son sospechas, es una realidad documentada.
—¡¿Qué él escribió qué?! —El grito de mi hermano casi me deja sorda—. Accidenti! Miranda, seré honesto: se veía venir desde su último cumpleaños. La forma en que te mira, cómo protege a Marian... la única ciega eras tú.
Me cubrí los ojos con el brazo, sintiéndome estúpida. Los detalles pasaron por mi mente como una película en cámara rápida: las flores en mi consultorio, las cenas "de negocios" que se sentían como citas, la forma en que su mano rozaba la mía más tiempo de lo necesario.
—La venganza me tiene ciega, Alan. Y esa misma venganza amenaza con quitarme a Marian. Laura quiere una reunión con la dueña de la fundación... quiere saber de "su" hija. La hija que yo le arrebaté legalmente para salvarla de su toxicidad. ¿Qué haré cuando tenga que decirle a David que su hija ahora es mía?
—Marian es tu prioridad, bella —sentenció Alan con su voz de abogado—. Pero escucha: mantente alejada de Cristian. Estás confundida y él ha cruzado una línea peligrosa. No dejes que ese amor se confunda, o destruirás la confianza del hombre que realmente amas, a pesar de todo el odio.
—Haré mi mejor intento —susurré, sintiéndome al borde de un abismo emocional.
—Eso me basta. Trataré de cerrar este caso y volaré a Venezuela en un par de semanas para rescatarte. Te quiero, bella. Descansa.
Colgué y dejé caer el brazo, mirando hacia las estrellas. El silencio de la noche venezolana era engañoso. Suspiré, disfrutando de la brisa fresca, hasta que un instinto primario me erizó el vello de la nuca. Alguien me observaba. No era la mirada protectora de Cristian; era una presión fría, un peso familiar.
Sin moverme demasiado, saqué mi celular y envié un mensaje rápido a mi contacto de seguridad. Luego, me incorporé lentamente en el banco, fijando mi vista en la sombra que se desprendía de los árboles.
—Sabes que odio que invadan mi tranquilidad, David —solté con una frialdad que ocultaba el martilleo de mi corazón.
De la oscuridad emergió su figura. El azul de sus ojos brillaba bajo la luz de los faroles con una intensidad depredadora.
—Nos volvemos a ver, Miranda —respondió él, y su voz, cargada de una mezcla de nostalgia y furia contenida, hizo que el aire se volviera irrespirable—. ¿O debería decir... la mujer de los mil secretos?
Sentí el frío de la noche calarme hasta los huesos, pero no era por el clima de Caracas, sino por la mirada de David. Él se quedó allí, de pie, con esa arrogancia que solía desarmarme hace años, pero que hoy solo me producía náuseas.
— Me pregunto cuántos secretos guardas en esa cabecita tuya.
—Sabes que odio que invadan mi tranquilidad, David —respondí, poniéndome de pie con una elegancia gélida. Mi corazón latía con fuerza, pero no por amor. Mi mano, oculta tras mi espalda, ya había enviado el mensaje de alerta. Él vendría.
—Te vi en la oficina de PDVSA, te vi con Cristian... —David dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio personal—. Pero no me trago el cuento. Esa niña, Marian... tiene algo que me resulta familiar. ¿De quién es realmente, Miranda? ¿Qué hiciste en Madrid durante cinco años?
—Lo que hice en Madrid no es de tu incumbencia —siseé, manteniendo la frente en alto—. Pero si buscas fantasmas, David, mejor mira debajo de tu propia cama. Laura tiene más de uno escondido.