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367 Días Con Invierno

367 Días Con Invierno

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Batalla por el trono / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Romance / Romance paranormal
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.

NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap 14

Narrado por: Aura

—¡Golpea otra vez! —gritó el Custodio, flotando a una distancia segura del yunque de obsidiana—. ¡El núcleo de la escama se está enfriando, Aura!

Levanté el martillo de asedio, un bloque macizo de hierro enano que pesaba más de treinta kilos, y lo dejé caer con todas mis fuerzas.

El impacto contra el yunque hizo temblar las paredes de la Forja Inferior. Una lluvia de chispas doradas y verdes saltó por los aires, quemando los bordes de mi delantal de cuero negro. El calor en la caverna subterránea era asfixiante. Las paredes, recubiertas de escarcha milenaria, lloraban ríos de agua hirviendo.

—¡No se dobla! —jadeé, levantando el martillo por encima de mi cabeza de nuevo—. ¡La escama del Engendro repele mi fuego!

—¡Es un monstruo nacido del cero absoluto! —replicó el espíritu, su niebla agitándose en el aire denso—. ¡Tienes que inyectar el fuego del solsticio directamente en las fisuras de la piedra antes de golpear! ¡No lo calientes desde fuera, caliéntalo desde dentro!

Solté el martillo. El hierro repicó contra el suelo de piedra con un estruendo sordo.

Me arranqué los gruesos guantes de cuero de un tirón y los tiré al suelo. Caminé hacia el yunque. Sobre la superficie negra descansaba una masa caótica de obsidiana, hielo negro y las escamas de la bestia que habíamos matado en las catacumbas. Era un amasijo inerte, frío y terco.

—Atrás, Custodio —ordené.

Extendí ambas manos desnudas sobre el metal.

No busqué una llama controlada. Busqué la rabia. Recordé a los asesinos de la Primavera en los pasillos, las amenazas de Caelum sobre los ejércitos que marchaban hacia nosotros, la cuenta regresiva en el Pilar de la Raíz.

Abrí las palmas de las manos y las apreté directamente contra los bordes afilados de las escamas del Engendro.

El dolor fue instantáneo, agudo y cegador, pero no aparté las manos.

—¡Aura, te vas a mutilar! —advirtió el Custodio.

—¡Silencio! —rugí.

Dejé que mi sangre manchara el hielo negro. En el momento en que mi sangre tocó la piedra, desaté la válvula de mi pecho. El fuego esmeralda y dorado estalló de mis palmas, inyectándose a través de mis heridas directamente en las venas microscópicas de la escama de la bestia.

El yunque emitió un alarido.

No fue el sonido de la piedra rompiéndose. Fue un grito agudo, casi animal. El metal y la escarcha comenzaron a brillar, primero con un rojo cereza, luego naranja, y finalmente con un blanco cegador teñido de vetas verdes.

Retiré las manos rápidamente. Agarré el martillo del suelo con un movimiento fluido, ignorando las quemaduras y los cortes en mis palmas, y comencé a golpear.

¡CLANG!

El primer golpe aplanó la masa hirviente.

¡CLANG!

El segundo estiró la escama, fusionándola con el hielo negro.

¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!

Perdí la noción del tiempo. El fuego en la Forja Inferior rugía al compás de mi respiración. El martillo subía y bajaba en un frenesí mecánico. Cada vez que el metal amenazaba con oscurecerse, yo soltaba el martillo, apoyaba mi mano sangrante sobre la hoja y le inyectaba otra ráfaga de pura magia del solsticio.

—La forma... —murmuró el Custodio, acercándose lentamente, hipnotizado por el brillo—. Está tomando la forma de una hoja curva.

Di un último golpe en el centro, perfilando el filo.

El arma estaba terminada. Era una espada bastarda, de hoja ligeramente curva, diseñada para ser empuñada con una o dos manos. Pero no era de acero. Era de un cristal negro absoluto, escamoso cerca de la guarda, liso y mortífero en el filo. Y en el interior de ese cristal, como sangre corriendo por venas de vidrio, latía un fuego esmeralda constante.

Dejé el martillo a un lado. Mi pecho subía y bajaba con violencia. El sudor me empapaba el cabello, pegándolo a mi frente.

Extendí la mano derecha hacia la empuñadura, que estaba forjada de la misma obsidiana oscura.

—No la toques sin guantes —advirtió el Custodio—. Acabas de fundir magia primigenia con sangre humana. No sabemos qué...

Agarré la empuñadura con fuerza.

Una onda expansiva detonó en la habitación.

La onda de choque no era de viento, era de puro poder. Me levantó los pies del suelo por una fracción de segundo. Los braseros de las paredes estallaron, arrojando carbón ardiendo por toda la caverna. El yunque se agrietó de arriba a abajo.

La espada en mi mano emitió un latido grave, un pulso que resonó directamente en los huesos de mi brazo.

La hoja cobró vida. El fuego esmeralda del interior se encendió con una ferocidad cegadora, proyectando sombras monstruosas en las paredes de la forja.

—Se ha vinculado —susurré, levantando el arma. No pesaba. Era como sostener una extensión de mi propio brazo. Podía sentir el calor latiendo en el filo, pero la empuñadura estaba fresca, protegiendo mi piel.

Las puertas de bronce de la Forja Inferior se abrieron de un golpe violento.

Caelum entró a grandes zancadas. Traía la túnica de escarcha negra manchada de nieve y su rostro era una máscara de furia pura. El aire a su alrededor estaba tan frío que congeló instantáneamente el vapor que flotaba en la caverna.

Se detuvo en seco al ver la espada en mis manos.

Sus ojos azules del Cero Absoluto se clavaron en el brillo esmeralda de la hoja. Por un segundo, vi genuina conmoción en su rostro inexpresivo.

—Has despertado un núcleo primigenio —dijo Caelum, su voz retumbando en la caverna—. Sentí la onda de choque en el atrio principal. Creí que Elian había cruzado el Velo con la Espada Verde.

—No es la espada de Elian —respondí, bajando el filo curvo hacia el suelo—. Es la mía.

Caelum caminó hacia mí, ignorando los carbones encendidos que pisaban sus botas.

—Dame eso —exigió, extendiendo una mano envuelta en un guantelete de hielo.

—No —di un paso atrás, aferrando la empuñadura con ambas manos—. Me dijiste que si Elian ponía sus manos sobre mí, me drenaría. Necesitaba algo más que mis puños para defenderme.

—No eres una espadachina, Aura. Eres una batería humana. Y acabas de forjar un arma que irradia la misma frecuencia destructiva que la hoja que me maldijo. ¡Dámela!

Caelum acortó la distancia en un parpadeo. Lanzó su mano hacia la empuñadura de mi espada para arrebatármela.

No pensé. Actué.

Levanté la hoja negra y verde, bloqueando el movimiento de su brazo.

El impacto fue cataclísmico.

Cuando el guantelete de hielo absoluto de Caelum chocó contra el filo de mi espada del solsticio, el aire entre nosotros literalmente estalló. Una nube de vapor a presión salió disparada con un silbido ensordecedor, empujándonos a ambos un metro hacia atrás.

Caelum se miró la mano. El guantelete de hielo milenario, el mismo que había despedazado la armadura de los gólems horas antes, tenía una fisura profunda. El borde de mi espada había cortado su magia.

Levantó la vista hacia mí. Sus ojos brillaban con una intensidad nueva. Peligrosa.

—Te ha cortado —dije, bajando la espada, sorprendida por la fuerza de mi propio bloqueo.

—La espada te ha reconocido como su señora de la fragua —murmuró el Dios del Invierno, bajando el brazo—. Se alimenta de tu fuego para mantener el filo, y usa el hielo del Engendro para mantener la estructura sólida. Has creado una aberración alquímica, humana.

—He creado una oportunidad —repliqué, dando un paso hacia él y acortando el espacio—. No voy a quedarme sentada en el Ala Oeste esperando a que la muralla sur colapse. No voy a esperar a que tu hermano venga a degollarme en la cama.

Caelum apretó la mandíbula. El frío a su alrededor se intensificó, creando pequeños remolinos de nieve en el aire caliente de la forja.

—No voy a esperar a mi hermano —dijo él, su tono repentinamente plano, táctico y cortante—. La muralla sur es una distracción.

Fruncí el ceño.

—¿De qué estás hablando? Derretimos el Pilar de la Raíz para colapsarla sobre su ejército.

—Y Elian lo sabe. Sus magos de sangre han estado rondando la Puerta Ciega en el norte. Sabe que la muralla es una trampa mortal. Está moviendo a su vanguardia hacia el Paso Estrecho. Planea rodear el castillo y atacar por la retaguardia mientras esperamos en el frente.

El Custodio flotó hacia nosotros.

—¿El Paso Estrecho, Señor? ¡Ese lugar está dentro del Velo de la Niebla Blanca!

—Exactamente —Caelum me miró directamente a los ojos, ignorando al espíritu—. Elian cree que puede usar la niebla para ocultar a sus batallones y asediar el patio de armas sin alertar a los gólems.

—Entonces reforzamos el patio de armas —dije, levantando la espada—. Ponemos a la Vanguardia en posición defensiva y los masacramos cuando crucen los muros.

Caelum soltó una risa seca, un sonido áspero como el hielo resquebrajándose.

—Tú piensas como una humana sitiada, Aura. Yo no defiendo mi casa escondido detrás de las paredes.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta destrozada de la forja.

—La Vanguardia ya está marchando fuera de la fortaleza —dijo por encima de su hombro—. Trescientos gólems de hielo negro ya han cruzado el puente y se están adentrando en el Velo. Vamos a emboscar a Elian en la niebla antes de que sus soldados siquiera vean las torres de mi palacio.

Corrí tras él, mis botas repicando contra el suelo de piedra.

—¡Voy contigo! —grité.

Caelum se detuvo en el pasillo oscuro. Se giró lentamente. La luz esmeralda de mi espada iluminó su rostro pálido y sus facciones afiladas.

—Allá afuera no hay muros, Aura. El Velo altera los sentidos. Los soldados de la Primavera están entrenados para matar sin piedad. Si sales de este castillo, no podré protegerte en medio del caos.

Levanté la espada hasta que la punta quedó a un palmo de su pecho. El calor del arma hizo retroceder la escarcha de su túnica.

—No te he pedido que me protejas —dije, sosteniendo su mirada gélida—. Te he pedido que me dejes pelear. Hicimos un trato en esa catacumba. Yo derrito tus pilares. Tú mantienes el norte a salvo. Somos un equipo.

Caelum observó la espada, luego miró las quemaduras sangrantes en mis manos desnudas, y finalmente clavó sus ojos en los míos.

—La espada necesita un nombre —dijo él, girando sobre sus talones para reanudar la marcha hacia las escaleras superiores.

Sonreí, sintiendo la adrenalina purgar el dolor de mis quemaduras.

—Se llama Deshielo —le respondí, siguiéndolo de cerca.

—Qué nombre tan dramático —masculló Caelum, subiendo los escalones de tres en tres.

—Aprende a vivir con ello, témpano.

Avanzamos por los niveles inferiores de la Fortaleza a un ritmo frenético. El palacio estaba desierto. No había gólems patrullando los pasillos; todos habían sido movilizados. El silencio arquitectónico era ensordecedor.

Llegamos a las grandes puertas principales del patio de armas. Las inmensas hojas de obsidiana estaban abiertas de par en par, revelando la furia de la tormenta exterior. El viento aullaba, arrastrando una niebla tan densa y blanca que no se veía el suelo a más de dos metros de distancia.

Caelum se detuvo en el umbral. La ventisca azotó su capa negra, pero él ni se inmutó.

Invocó su arma. No era una espada. Era una lanza larga, forjada en hielo del Cero Absoluto, que emitía una neblina azulada y congelante.

—La niebla del Velo está viva —dijo, sin mirarme, con la vista fija en la blancura opresiva que nos esperaba—. Si te separas de mí, la niebla jugará con tu mente. Verás cosas que no están ahí. Escucharás a personas muertas. No confíes en nada que no sea el calor de tu propia espada.

—Entendido —apreté la empuñadura de Deshielo. El fuego en su interior latió en respuesta, proporcionando una esfera de calor de un metro a mi alrededor que derretía los copos de nieve antes de que tocaran mi ropa.

—Y Aura... —Caelum giró la cabeza levemente hacia mí.

—¿Qué?

—Si te encuentras cara a cara con mi hermano, no intentes ser un héroe. Grita mi nombre y yo le arrancaré el corazón por ti.

Sin esperar respuesta, el Dios del Invierno se adentró en la Niebla Blanca.

Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire helado, y me lancé tras él, cruzando el umbral de la Fortaleza y sumergiéndome en el abismo blanco. La guerra había comenzado.

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...Nota de autor. ...

Espero que estén bien.

Quiero agradecer por haber estado leyendo mi epopeya.

Agradezco todo tu amor y interés en ella, y también te pido que deje tu calificación me ayudas bastante a seguir mejorando.

Os quiero.

1
Yerlis Ramos
Muy Muy buenas las imágenes 🤭🤭🤭 la del custodio ni hablar.🤣🤣🤣🤣
Yerlis Ramos
muy buenas las imágenes .
Yerlis Ramos
buenísima la imagen .. 10/10
Yerlis Ramos
hermoso Capitulo. 🥰👏👏
Yerlis Ramos
Excelenteeee..
Yerlis Ramos
🥰🥰 Excelente comienzo 🥰🥰
Katy
Muchas felicidades fascinante historia ,gran imaginación 😘😘😘
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