Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.
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Capítulo 20: El arte de la rendición
La pequeña Clara se había quedado profundamente dormida en su cuna de madera tallada, abrazada a un muñeco de trapo con forma de hoja silvestre que Alexander había mandado a confeccionar especialmente en Milán.
En el piso de abajo de la residencia, el silencio de la noche solo era interrumpido por el crepitar pausado de la chimenea y el sonido del vino sirviéndose en dos copas de cristal fino.
Alexander descorchaba una botella frente a la barra cuando escuchó el arrastrar perezoso de unos pasos sobre el piso de parqué. Al girarse con la copa en la mano, se le escapó un ahogo que casi lo hace atragantarse con su propio aire.
En el marco de la puerta de la biblioteca estaba Elena.
Pero no era la científica aclamada de los congresos internacionales ni la mujer de vestidos de alta costura que deslumbraba en las galas. Llevaba puesto un suéter de punto marrón, tres tallas más grande, con las mangas cubriéndole los nudillos, unos pantalones holgados de algodón gris y, sobre el puente de la nariz, unos anteojos gigantescos de marco negro que hacían que sus ojos esmeralda parecieran dos esferas inmensas y desorbitadas. Llevaba el cabello dorado recogido en un rodete torcido del que escapaba un mechón rebelde.
Alexander dejó la copa sobre la barra con una lentitud milimétrica. La recorrió de arriba abajo, parpadeando dos veces como si estuviera frente a una alucinación del pasado.
—Doctora Morel... —dijo él, con una ceja arqueada y una media sonrisa peligrosa curvándole los labios—. ¿Acaso me he subido a una máquina del tiempo o es que mi esposa ha decidido disfrazarse de mi peor pesadilla judicial?
Elena avanzó con pasos desgarbados y pesados, imitando a la perfección la postura tímida y encorvada con la que había entrado al Juzgado de Familia dos años atrás. Se detuvo a medio metro de él, acomodándose las gafas con un dedo huesudo.
—Buenas noches, señor Foster —soltó ella con una vocecita aflautada y fingidamente apocada—. Vengo en representación de la parte actora a notificarle que su presencia en esta cocina interrumpe mis investigaciones farmacológicas. Además, tengo entendido por fuentes confiables de la terraza de Vértigo que usted ni ebrio tocaría a un palo de escoba como yo.
Alexander soltó una carcajada ronca, limpia, de esas que le sacudían los hombros y le iluminaban la mirada con un fuego irresistible. Dio un paso hacia adelante, pero Elena retrocedió fingiendo espanto:
—¡Mantenga la distancia, señor del aire! Mi abogada, la temible doctora Álvarez, ya tiene redactada una demanda por acoso visual.
—Tu abogada está en Hawái de vacaciones pagadas por mí, mi amor —respondió Alexander con voz sedosa, acortando la distancia en un solo movimiento felino.
Antes de que ella pudiera dar otro paso de comedia, Alexander la tomó por la cintura a través del suéter gigante y la levantó en el aire sin esfuerzo alguno, sentándola de golpe sobre el borde de mármol de la barra de la cocina.
Elena soltó una risita ahogada que se convirtió en un suspiro cuando las manos grandes de Alexander se deslizaron por sus costados, aprisionándola entre sus brazos firmes.
—Eres un monstruo despiadado, Elena Foster —murmuró él, con los ojos grises brillando con una mezcla deliciosa de deseo y burla—. No tienes piedad de este pobre pecador redimido. ¿Tienes idea de la taquicardia que me dio cuando te vi salir del juzgado con ese trapo marrón y me di cuenta de que te habías burlado de mí como a un colegial?
—Te lo merecías enterito —replicó ella, intentando mantener la compostura mientras le ajustaba las gafas falsas con altanería teatral—. Te pasaste años llamándome 'ratoncito' y diciendo que tenía la gracia de una piedra. Alguien tenía que darle una lección a ese ego inflado de piloto de avión.
—Ese ego quedó estampado contra el asfalto de los tribunales aquel martes a las diez y cuarto de la mañana —admitió él sin el menor pudor, inclinándose hacia adelante hasta que el calor de su respiración rozó los labios de Elena—. Y desde entonces, no hay nada en este planeta que me vuelva más loco que este ratón de laboratorio.
Alexander levantó las manos con infinita ternura. Con los dedos que aún conservaban las finas marcas plateadas de la tormenta, le retiró despacio los anteojos y los dejó sobre la encimera. Luego, tiró de la horquilla que sostenía su cabello, dejando que la cascada rubia cayera sobre los hombros del suéter.
—Además —agregó Alexander en un susurro ronco, acariciando la línea de su clavícula a través del cuello ancho de la prenda—, este suéter viejo tiene una ventaja enorme sobre los vestidos de gala.
Elena enarcó una ceja, con los ojos brillando de picardía:
—¿Ah, sí? ¿Cuál, señor genio de la logística?
—Que sale mucho más rápido.
Elena soltó una carcajada que terminó en un jadeo suave cuando Alexander tiró del dobladillo de la prenda hacia arriba, despojándola de la tela holgada para dejarla únicamente en un camisón de seda esmeralda que contrastaba de manera salvaje con la blancura de su piel.
El juego de bromas se disolvió en el aire denso de la habitación como azúcar en café hirviendo.
La mirada de Alexander cambió de golpe. La risa dio paso a esa devoción primitiva, hambrienta y protectora que a Elena siempre le cortaba el aliento. Apoyó la frente contra la de ella, respirando el mismo aire, tomándole la nuca con una mano firme.
—¿Sabes qué me aterra todavía? —confesó él en un hilo de voz, con una vulnerabilidad tan cruda que hizo temblar el pecho de Elena.
—¿Qué?
—Soñar que me despierto en Ginebra o en Fráncfort, y que todo esto fue una ilusión en la bodega de ese avión mientras me congelaba —susurró Alexander, clavándole los ojos grises empañados por una emoción desbordante—. Que me despierto y tú sigues allá afuera, libre, inalcanzable... o en los brazos de Vance.
Elena sintió una punzada dulce y dolorosa en el corazón. Le acarició la mandíbula con ambas manos, sintiendo la barba recortada y la tensión en sus músculos.
—Alexander, mírame —le pidió con dulzura inquebrantable. Él obedeció—. Bastián Vance fue un caballero brillante y le desearé siempre lo mejor en su castillo suizo. Pero jamás, escúchame bien, jamás tuvo mi corazón. Mi corazón se quedó atrapado en una selva con un muchacho insufrible que odiaba el barro. Y no hay nadie en esta tierra a quien yo ame como te amo a ti.
Alexander tragó saliva, conmovido hasta la médula.
—Aunque debo admitir —agregó Elena de pronto, con una sonrisita traviesa y mordaz asomando en los labios— que el microscopio que me mandó Bastián tiene una óptica superior a los que compraste para el laboratorio dos.
Alexander bufó, rodando los ojos con un reproche fingido que la hizo reír:
—Mañana mismo compro la fábrica alemana de microscopios entera, doctora. No pienso tolerar que ese suizo gane en resolución óptica bajo mi techo.
—Pagarías una fortuna por pura soberbia, Foster —se burló ella, enredando los brazos alrededor de su cuello.
—Pagaría el mundo entero por ver cómo te brillan los ojos cuando te ríes de mí —sentenció él, atrayéndola con fuerza contra su pecho hasta que no quedó un solo milímetro de distancia entre sus cuerpos.
La alzó en brazos directamente desde la barra, mientras Elena enterraba las uñas en sus hombros con un suspiro cómplice. Caminaron hacia la penumbra del gran salón, iluminado únicamente por las llamas doradas del fuego.
Alexander la recostó con una lentitud reverente sobre la alfombra suave frente a la chimenea, cubriéndola con su cuerpo caliente, quitándose la camisa con desesperación para que la piel desnuda de ambos se encontrara sin barreras.
Los besos de Alexander no tenían prisa. Eran profundos, cargados de una ternura exquisita que recorría su cuello, sus hombros y la curva de su vientre, deteniéndose en cada cicatriz invisible que el pasado había dejado para borrarla con fuego nuevo. Elena arqueaba la espalda bajo sus caricias, enredando sus piernas con las de él, respondiendo a cada caricia con una pasión que no guardaba secretos ni deudas.
En ese rincón de calor, entre suspiros que se confundían con el crujir de la leña y risas cómplices que se apagaban contra la piel, no había contratos, ni juicios, ni aviones de carga. Solo dos personas que habían aprendido a reírse de sus propios errores, amándose con la certeza infinita de que ninguna tormenta, ningún orgullo y ningún disfraz volvería jamás a separarlos.